Por G. Jaramillo Rojas

Entre más inverosímil parezcan las cosas que pasan en Colombia hay que tener la plena certeza de que más ciertas y fehacientes son. La verdad es que esta fórmula es engañosa. Como la realidad en sí misma. No sé. Nadie lo sabe.

En Colombia estamos acostumbrados al sufrimiento. A la desconfianza. Al odio. También creemos ciegamente en el poder de la sangre. En el de las balas. En el de las bombas. En Colombia la violencia es una patología compartida. Una enfermedad terminal altamente reproductiva. Un modo inmarcesible de ser. Y sonreír. Y bailar. Somos el país más feliz del mundo. No hay duda. El más feliz porque nos reímos de la muerte con la jactancia del asesino.

No, mentiras. En Colombia, aunque parezca, nada de esto es cierto. Lo cierto es que a Colombia sólo llegará la paz el día en el que no haya colombianos. ¿A qué otra conclusión se puede llegar?

Colombia es una palabra. Los colombianos somos la práctica de esa palabra. La triste realidad de esa hermosa palabra. El No parece ficción, ¿no? Pero es lo que somos. La mancha indeleble en nosotros mismos. El golpazo en la cara. El hematoma en el ojo. La lágrima de sangre. La herida abierta, podrida e incurable.

Se dijo No a la paz. Se dijo No a esa palabra que es aún más bella que la de Colombia. La palabra paz es tajante porque termina con zeta, la última letra del alfabeto, mientras que Colombia concluye con a, la que lo abre. Nos encantan los comienzos y tememos las “terminaciones estables y duraderas”. Razonamiento estúpido. ¿Pero qué colombiano puede decir hoy que razona lúcidamente?

Quiero encontrar razones sensatas para justificar el No. A ver. Quizá no hemos llegado al umbral de la guerra. Ni del dolor. Es probable que aún nos falten otros sin-cuenta años de discordia. No podemos perdonar porque creemos religiosamente en el castigo. No sentimos culpa por las atrocidades que cometemos, ni por las que callamos. La culpa en Colombia es católica, cristiana, evangélica, y por tanto es de los demás. Nos gusta lavarnos las manos, menos si están untadas de víscera. No podemos asumir responsabilidades equilibradas. Reflexivas. Felices. Nos gusta el machete. Y también la infortunada ley del talión.

No había lugar para un No como respuesta a un acuerdo de paz. Pero pasó. Ganó el No. Así haya sido por un voto. O por medio. No hay que ser un genio para darse cuenta que si a alguien le preguntan si quiere la paz y la respuesta es No, es porque gusta de la enemistad, de la guerra, de la intranquilidad, de la mutilación. La discrepancia es axiomática. Qué poco nos conocemos. Y que optimizado está nuestro rencor.

¿Qué país después de una guerra y frente a la disposición de las partes de acabarla definitivamente dice que No? Un país arrogante, ignorante, violador, mentecato. Un país desvergonzado que niega millones de víctimas y que se ríe de ellas. ¿Un país del mal? Es increíble.

Vivo afuera y no me siento avergonzado. Me siento humillado. Degradado. Obsceno. Me preguntan por qué y no tengo ni la más remota idea de lo que debo responder. La realidad habla por sí sola. Digo. Saque sus propias conclusiones. O bueno, mejor opino, es mi responsabilidad: es un país de mierda. Como muchos colombianos cargo con la culpabilidad de mi inocencia. Ahora no me pararán en los aeropuertos sólo por sospecha de narcotráfico sino por certeza de violento. El No cercenó mis ilusiones y me puso a cargar el peso de una identidad que no me identifica pero que me fue atribuida violentamente. Democráticamente.

Insisto: la gente alrededor del mundo suele creer que todos los colombianos vivimos en un verano eterno, que estamos acostumbrados a altas temperaturas y que, por demás, somos cien por ciento carisma y doscientos por ciento júbilo. Evidentemente quienes opinan así se han quedado atrapados en la imagen de un relativo trópico caribeño que, en la realidad, no alcanza a ser habitado ni por la cuarta parte de la población total del país. Lo cierto es que tal enfoque, así de extravagante y todo, resulta ser –a los ojos del mundo- toda una romántica abstracción que hermana al país entero -y a sus millones de habitantes- con el radiante poder de la dicha. Sin embargo, y muy a pesar de la alegre imagen internacional que tan escrupulosamente teje -hacia afuera- la venturosa marca Colombia, el país no ha dejado de ser -ni dejará de serlo- ese territorio hostil, chapucero e irracional, en todas sus aseveraciones, en especial en lo que refiere al particular exotismo de su ya congénito fanatismo por el terror que nos determina más como un pueblo de sangres frías y consciencias heladas que, ante su propia oscuridad, no tiene más remedio que sonreír y bailar con los campantes contrasentidos de la distracción y la barbarie.

En su visita a la Feria Internacional del Libro de Bogotá de este año el escritor Fernando Vallejo dejó dicho: “Colombia tiene la perversión de creer que lo grave no es matar sino que se diga”. Nada más cercano de la realidad. Nadie quiere bajar la guardia. Todos prefieren la venganza. En su obra El desbarrancadero describió agudamente una desoladísima imagen de lo que es Colombia por estos días: “Y hoy por mi pobre calle sólo transitan zombies y saltapatrases, que es en lo que se ha convertido esta raza asesina, cada día más y más mala, más y más fea, más y más bruta, más hijueputa, que camina con las dos patas metidas en el lugar común de unos tenis apestosos. ¿Por qué desperdiciará China en pruebas subterráneas tanta bomba costosa habiendo aquí donde tirarlas, a la luz del día y calentando el sol? ¡Ay, abuela, si supieras, si vivieras, pero no! Por fortuna no”. Bien por él, que por lo menos sobre el papel, hace mucho dejó de ser colombiano. Bien por él que es el crítico más acertado del país del sangrado corazón.

De cualquier manera, las víctimas que ha arrojado el manoseadísimo conflicto armado colombiano más que tener como culpables directos a la multiplicidad de guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, bandas criminales, estado, iglesia, fuerzas armadas y/o delincuencia común, tiene unos responsables absolutamente pródigos que todos nos empeñamos en ocultar: nosotros mismos, que siendo doblemente incapaces de homenajear la memoria de nuestros millones de hermanos asesinados, secuestrados, desplazados, exiliados, vulnerados, y básicamente después de reducirlos a simples objetos o latentes naderías, no se nos ocurrió otra idea más fenomenal e idiosincrática, que escupirlos y negarlos diciendo No. Aquí no hubo un silencio indulgente, hubo un grito cómplice que ensordeció y asombró a todo el planeta. Desnudamos nuestra insolencia frente al mundo y ahora todo lamento es patraña. ¿Qué pensarán, qué sentirán los ruandeses? ¿Logrará entender la mente de un palestino semejante payasada? No sé si reírme del drama o llorar con la comedia que todo esto representa.

Lo importante, de ahora en adelante, no es cómo se va a contar a las generaciones venideras lo incongruente e inverosímil que resultó el plebiscito, sino cómo es que se va a hacer para que un país -con preocupantes antecedentes de amnesia- no se vaya a olvidar de la afrenta que significó su respuesta negativa, y que por el contrario pareciera que se esfuerza por legitimar las bombas de Pablo Escobar, las salvajadas de los paramilitares y la multiplicidad de monstruosidades guerrilleras. Tengo veintinueve años y no supe lo que era la verdadera tranquilidad hasta que salí de Colombia. Pensé que iba a cerrar esa página, pero No. Es un karma.

Perdimos todos. Somos nuestros propios enemigos. Pero bueno, es lo que hay. ¿Es lo que somos? En fin. No hay que bajar los brazos. El Sí no se ratifica en un papel. Ni en un plebiscito que deja al descubierto lo impositiva e ilógica que es la democracia. El Sí individual, ante el No colectivo, se fortalece con trabajo serio y silencioso que nadie puede reconocer, excepto quien lo abandera. Dicen que la noche es más oscura justo antes del amanecer. Y si no fuera así recordemos que cualquier noche puede salir el sol que ilumine nuestra lamentable y asombrosa división.