Una parte del país discute con cierto fervor, menguado a ratos por la necesidad de atender los asuntos cotidianos, sobre las razones y consecuencias de la pírrica victoria del No en el plebiscito del domingo pasado. Una parte, digo, porque la inmensa mayoría de ciudadanos de este país de ciudadanos a medias no entendió, no entiende y no le importará entender el tamaño de su responsabilidad en lo que ha ocurrido.

No sorprende. Sabemos de sobra de qué estamos hechos, así nos empeñemos en señalar de dientes para afuera que somos criaturas políticas con un inmenso sentido de patria. En el fondo somos conscientes de que nuestras armas son la insignificancia y la abyección; son lo que tenemos para blandir en nuestra lucha diaria contra gigantes y molinos, los enemigos reales e imaginarios de nuestra precaria estabilidad personal.

Un poco menos de 13 millones de nosotros votó bajo la lluvia. De ellos, la mitad lo hizo por el Sí, con la vana idea de que la esperanza lograría cambiar alguna de nuestras degeneraciones atávicas. La otra mitad votó No, impulsada por cuatro o cinco frases que no estaban en el acuerdo con las Farc, repetidas una y otra vez, en forma de estribillo publicitario, por el lamentable grupo de líderes de una derecha malsana y crepuscular. Los demás, la mayoría, la muchedumbre, simplemente no hizo nada.

La parte del país que sigue discutiendo se aferra a los argumentos prácticos. ¿Qué otra discusión es posible para nosotros si no tenemos la cabeza y el espíritu para hablar sobre lo fundamental? Se habla del capítulo, del artículo, del inciso. Se habla de las urgentes maniobras del presidente. Se habla de los intereses oscuros del uribismo. Se habla de quiénes deben ir a la cárcel, por cuánto tiempo y por cuáles delitos. Se habla del Estatuto de Roma. Se habla de las risitas cómplices intercambiadas entre el senador nefasto y alguna periodista servil. Se habla de las cejas de Zuluaga y de las calzonarias de Ordóñez y de los ojos desorbitados de Cabal. Se habla de los dineros congelados y de la subida del dólar y de la calificación de Standard & Poor’s. Se habla del silencio sospechoso del vicepresidente. Se habla de las renuncias protocolarias de los ministros. Se habla de los culpables. Se habla de la vergüenza que pasamos ante el mundo. Se habla de que el Papa ya no viene. La vida subordinada a la minucia.

Solo los votos, estadísticamente insignificantes, de las víctimas de esta larga vorágine de maldad disfrazada de razones, y su silencio estupefacto ante la desidia del país que dice querer protegerlas, encarnan la escasa sensatez de la que somos capaces. No quisimos escuchar los gritos de súplica de Caloto, Cajibío, Miraflores, Silvia, Barbacoas, Tumaco, San Vicente del Caguán, Apartadó, Mitú, Valle del Guamez, Macarena, Puerto Asis, Turbo, Toribío, Montelíbano, Tierralta, Puerto Libertador, Bojayá, porque estuvimos –y lo seguimos estando– muy concentrados en el inciso, en la implicación jurídica, en el estribillo repetido, en el chisme, en las íntimas riñas que se cuecen lejos de los menesterosos que han sufrido por cuenta de nuestro talante de comentaristas de farándula.

En todo caso, hubiese sido preferible una victoria aplastante del No, un mensaje contundente, una apuesta total por la resolución violenta al conflicto con las Farc. Pero ni para eso somos competentes. Es la mediocridad y la impudicia las que se asoman cada vez que se nos da la gana de votar o de no votar. Hace dos años elegimos a un presidente para que hiciera la paz, y cuando la hizo le quitamos el apoyo; dejamos viendo un chispero al candidato que prometía continuar con la matanza, y ahora le damos a su partido un aire renovado para que imponga su ideario en un proceso que agoniza. Jugamos a la ruleta rusa con el futuro, como el depredador que se divierte con su presa y no se decide a matarla de una vez.

Ni el llanto, ni la rabia, ni la impotencia de los ilustrados soñadores vencidos –la minoría de la minoría–, podrá cambiar este amasijo de espejismos que indefinen nuestro carácter; ni el grito de súplica de quienes que han sufrido la guerra medio siglo –la minoría de la minoría de la minoría–; ni las acciones de los políticos atónitos, ególatras o inmorales; ni mil plebiscitos; ni un millón de constituciones.

El 2 de octubre de 2016 pasará a la historia de Colombia como un día inútil en el que la esperanza, la mentira y la desidia, no sirvieron para nada. Si nos hacen el favor los amanuenses del tiempo, deberían registrar solamente, con llaneza y sin dar cuenta de la estupidez que cometimos, que ese día llovió a cántaros.