Hay revoluciones de revoluciones. Y no cabe duda de que el pasado domingo los votantes por el No en el plebiscito, comandados por Álvaro Uribe, protagonizaron una verdadera revolución en contra del aplastante favoritismo del otro voto, el del Sí, ese que pretendía acabar con la última de las grandes guerras que se han ido encadenando en Colombia, una tras otra, desde el mismísimo Grito de Independencia hace mas de 200 años.

El gobierno nacional, principal interesado en sacar adelante el a la postre derrotado voto del Sí, apeló a la vendedora palabra 'paz' como base de su campaña. Los promotores del No, en una hábil jugada, también se pegaron de la palabreja, aunque añadiéndole un pero: "Queremos la paz, pero no así". Ese nuevo sonsonete, repetido por muchísimos sin ningún criterio diferente al de haber sido pronunciado inicialmente por Álvaro Uribe, reemplazó a otros caballitos de batalla que se fueron quedando obsoletos a medida que el proceso de paz se convertía en una realidad: atrás quedaron el potro indomable de "Con terroristas no se negocia" y el paquidérmico percherón de "Están viviendo como príncipes en Cuba a costa de nuestros impuestos". De repente fue admisible y hasta deseable tomarse todo el tiempo del mundo en La Habana para renegociar. Cómo no, si ya lo había autorizado el patrón.

Todo ese sancocho de sinsentidos alcanzó su clímax a las cinco de la tarde del 2 de octubre pasado, cuando fue oficial la derrota del Sí. Después de los palos de ciego que dieron los desconcertados triunfadores en sus declaraciones iniciales, no alcanzaron a pasar 48 horas antes de que fuese quedando poco a poco en evidencia la gigantesca estupidez de esa decisión colectiva. Aún si olvidamos a quienes votaron No para que no se instaurara aquí una dictadura comunista homosexual -porcentaje de votantes que es más alto de lo que se cree- fue evidente que aquellos que también querían la paz 'pero no así' no tenían muy claro cómo era el 'así' con el que deseaban ardientemente esa paz.

Para empezar, el creador del dudoso pero efectivo eslogan -eslogan que, como dijo el ensayista Mario Jursich Durán, parecía referirse no a una paz esquiva durante más de medio siglo, sino a la compra de un champú en el supermercado- no tardó en desentenderse del asunto: "No podemos usurpar las funciones del presidente", tuvo el cinismo de declarar. Pero además de que en la práctica eso que afirma no poder hacer es lo que ha estado haciendo durante los últimos seis años, a renglón seguido lanzó, de todos modos, su primera propuesta de modificación de los acuerdos, la cual fue recibida por un absurdo pero esperable aplauso de sus seguidores: amnistiar de un plumazo a más de 5.000 guerrilleros y a todos los servidores de la Fuerza Pública implicados en crímenes de guerra. Es decir: paz con impunidad, uno de los principales "pero no así" que malograron la aprobación plebiscito.

A partir de ahí, el espectáculo risible y descarado no hizo sino aumentar. Al respecto escribió el cronista Alberto Salcedo Ramos en su muro de Facebook: 《El nefasto Ordóñez, por su parte, pide mantener el cese al fuego. Antes, cuando andaba en la campaña de desinformación, decía que el cese al fuego era la prueba de que el Estado se había "arrodillado ante las Farc"》. Asistimos, pues, a un show circense en el que presenciamos las más inverosímiles trapisondas políticas que sólo convencerían a una galería de niñitos ingenuos.

Mientras tanto al presidente, cuyo capital político terminó hecho añicos y a merced de una opinión pública entre enfurecida y maniática, no le quedó más remedio que ceder ante la surrealista demanda de la implantación de su propio acuerdo, pero firmado por otras personas. Y entonces aceptó -ni más faltaba- la cita que le pidió su némesis política para discutir unos asuntos en los que los dos terminarán estando totalmente de acuerdo. Salvo quizás por un asunto, que acaso sea la única razón por la cual la masa no rechazó los acuerdos pero que, por cierto, ha sido históricamente uno de los principales combustibles de esta guerra: la restitución de tierras.

Si Uribe, en esta serendipia política, logra que esa parte de los acuerdos se modifique, y si damos por descontado la posterior aquiescencia ciega de sus seguidores, su revolución del No habrá triunfado. Por supuesto, no me refiero aquí a 'revolución' como el 'cambio violento en las instituciones políticas de una nación', sino a todo lo contrario: a su acepción más primitiva, aquella que en términos mecánicos o astronómicos habla del giro completo que da sobre su eje una pieza o un astro. Lo que en plata blanca llamamos dar un giro de 360 grados. O lo que es lo mismo: volver al punto de partida.

Con lo cual Uribe estaría llevando a cabo la más colosal operación de gatopardismo de que se tenga noticia en este país de Lampedusas: cambiar el acuerdo de paz para que todo siga igual. Y para llevarla a cabo habría contado con el apoyo de -nada menos- 6'424.385 colombianos.

No se puede negar, pues, que si la cosa resulta así, la continuación de esta guerra será bastante democrática.