Con los eventos del pasado 2 de Octubre, por esas misteriosas asociaciones de la conciencia, he recordado la lectura que hice hace algún tiempo de la novela Ruido de fondo (White Noise), de Don De Lillo. Publicada en 1985, la obra recibió el aplauso unánime de la crítica, que la calificó como una de las 100 mejores novelas posmodernas.

El libro es una cruel sátira de los estudios y cursos universitarios, a través de la figura del profesor Jack Gladney, cuya exitosa carrera se basa en estudios sobre Adolfo Hitler (pese a que no domina el alemán), en una universidad que busca que sus estudiantes entiendan la complejidad de la sociedad donde viven, mediante cursos especializados en Hitler, Elvis Presley o accidentes automovilísticos en el cine, todo ello con gran éxito.

Aparte de hacer una feroz representación de los estudios posmodernos universitarios, De Lillo analiza otros aspectos de la sociedad, como la conexión de las personas con las compras, y la posibilidad de evitar la muerte comprando. Además de cómo la publicidad desorienta al comprador: mediante la propaganda te hace sentir único, cuando al final estás comprando el mismo objeto que los demás.

Pero quiero detenerme en un aspecto fundamental de la novela. Publicada en 1985, antes de la masificación del internet, la obra analiza el efecto que los medios de comunicación tienen en el comportamiento humano. Los personajes dan por cierto lo que se anuncia en radio y televisión, por encima de lo que muestran sus sentidos, con consecuencias funestas. “Él cree que todo lo que se transmite por radio es verdad” –dice la hija de Jack de un personaje. El universo de Ruido de Fondo está tan abrumado por los medios masivos que hace cada vez más difícil entender el mundo que nos rodea. Quienes están en los medios se comportan como profetas, que cuando hablan, lo hacen ex catedra. Para De Lillo “hay una conexión entre los avances que se realizan en la tecnología y el sentido de la gente que desarrolla respuestas primitivas a la misma.” Yo entiendo que De Lillo señala que existe mucha más tecnología, pero nuestras respuestas son más primarias. O, para decirlo de otra manera, tenemos tanta información que nos desorienta, de tal forma que nuestras respuestas son más viscerales e irracionales. Hay que recordar que el título en inglés, White Noise, en traducción más literal es Ruido Blanco, un tipo de sonido plano que sirve para desorientar a las personas en técnicas de interrogación.

He recordado la novela por las reacciones viscerales que se han producido a raíz del triunfo del No en el pasado plebiscito. Parecen personajes que se niegan a aceptar lo ocurrido. Los derrotados, partidarios del Sí, han exhibido su reacción de dolor, calificando a los vencedores de borregos, ignorantes, estúpidos asesinos e HP. Por ejemplo, un amigo mío, culto como pocos, residente en EEUU, escribió que él renunciaba a la ciudadanía colombiana porque sentía no tener nada en común con Colombia y se despidió con estas palabras:

“¡País de mierda!

P.D: ¡Este fue mi último post en Facebook por una buena temporada. No vuelvo a hablar de Colombia. Me acabo de dar cuenta que ya no tengo nada en común con ese país de mierda. Hagan con Colombia lo que les de la puta gana! Mátense hijos de puta, mátense!”

Cantos de dolor que expresan la frustración porque no obtuvieron la respuesta que deseaban. Son personas que tienen una buena formación, sé que se encuentran hiperconectadas, y al final sus respuestas son viscerales y primarias. Una reacción que en el fond muestra una reacción desde un supuesto moral superior: “Qué lejos está mi país de mis maravillosas y verdaderas ideas”. Una reacción que además de arrogante, se disfraza de buenos sentimientos, negándole al otro sus cualidades, tratándolo de ignorante, retrógrado, asesino o criminal.

Lo ocurrido en el plebiscito lo expresó de forma magnifica Cristian Valencia en su columna del Martes 4 de Octubre en El Tiempo: <<La gente de las ciudades es de Facebook, Twitter, WhatsApp y esas cosas. La mayoría tiene una idea maniquea del campo, de la guerra y de los guerrilleros, moldeada por redes sociales y medios de comunicación. Redes y medios que optaron por una dramaturgia básica de película de acción, inundada de malos muy malos recontramalos, y buenos inmaculados recontrabuenos. De esa forma de ver el mundo sacan provecho los dueños del campo en este país. La desinformación o la información errada favorecen cabalmente a las mansas palomas con garras. >> Todas estas redes sociales son un gran ruido de fondo que hace casi imposible entender el mundo que nos rodea. Muchos, por desgracia, se han contagiado de ello, y no se dan cuenta de que su verdad, por muy buena, honorable y justa que parezca, no deja en últimas de ser solo eso, su verdad, como tantas otras como personas hay.

En medio de la información de las redes damos por cierto lo que se parece a nuestra ideas, olvidando que todo ese exceso de información la banaliza y falsea de tal forma que no hay forma de saber si al menos era cierto en su origen. Hacemos de las opiniones verdades universales. En el plebiscito, votamos con orgullo, por revancha, no con la cabeza: “Qué bajito estaba Santos con la derrota, si hubiera ganado, a qué discurso altanero de horas nos hubiera sometido” me dijo un compañero de oficina. Me preguntaba yo si humillar a Santos era el tema de plebiscito. De un lado se dijo: “No hay plan B”. No lo escuchamos. Del otro se dijo: “Los acuerdos se pueden renegociar, solo es necesario unos retoques”. Suena bonito, pero nadie recordó que fueron 4 años de negociaciones con mucha dificultad, con desconfianza y momentos difíciles, que revisar esto pudiera encerrarnos en una incertidumbre de meses. No nos preguntamos si en verdad esos “retoques” valían esta incertidumbre. Untamos el proceso de tantas cosas buenas y honorables, que no nos dimos cuenta de que esto, al final, no era sobre la Paz, reparación, justicia y todas esas cosas maravillosas; en el fondo se trata de la desmovilización de un grupo de personas y su vuelta a la legalidad, con garantías, y un poco de las cosas maravillosas. Hoy, cuando se ven las dificultades para cambiar lo sucedido, no parece buena idea haber dicho No. Al final, en medio de tanto ruido, cada parte mintió, cada parte insultó, cada parte exageró, cada una se hizo la buena buenísima y le echó la culpa de todos los males a la otra. Quedamos tan confundidos que preferimos pegarnos un tiro en el pie que ser generosos.

De todo esto, lo que queda, es lo que siempre está: un inmenso ruido de fondo que nos desorienta, nos enferma y al final nos engaña, cual película barata de vaqueros, con buenos rebuenos (nosotros) y malos remalos (aquellos que no piensan como nosotros). Mientras sigamos así, mientras no aceptemos que el otro tiene su parte de verdad, no vamos a avanzar. Me resisto a ello, pero también recuerdo que hace dos siglos Francisco De Miranda nos describió: "¡Bochinche, bochinche! Esta gente no es capaz de hacer sino bochinche". El bochinche, al final, nuestro ruido de fondo.