Por Germán Arango Ulloa

Mi niña me lo dijo y me lo repitió varias veces: “Lo de los acuerdos de paz me huele a tongo". “¿A qué?”, le dije. “A eso, a tongo, a trampa… a engaño”, contestó ella, mi compañera de catre y otros menesteres; mi esposa y amiga durante 45 años y quien decidió irse a la vida eterna este pasado otro 11 de septiembre nefasto, 21 días antes de la votación del plebiscito. Esa consulta innecesaria que dio al traste con la aspiración de millones de colombianos de acabar con una guerra, de tener al menos un poco de paz.

“¿Por qué lo dices” ?, pregunté haciéndome el pendejo, un poco más pendejo de lo que ya soy.
“Ay niño, no te hagas el pendejo que a esa edad que tienes ya no te luce –dijo, y siguió de frente—, tu, precisamente tu que siempre has dudado de todo lo que pasa, de manera particular en la política y otras triquiñuelas, ¿vienes a intentar decirme que no se te ha ocurrido que todo esto es una farsa?”.

“Exactamente ¿qué es lo que crees que es una farsa?”, contrapregunté insistiendo en mi papelón de tarado”.
“Todo… o casi todo –replicó, sin darme tiempo a digerir— comenzando por la presunta pelea entre (Álvaro) Uribe y tu ex subdirector de corbata y pacotilla allá en El Tiempo (Juan Manuel) Santos, a quien tu mismo bautizaste como Chucky. Y –prosiguió sin pausa y con prisa— por supuesto que también esto de someter semejante acuerdo tan trascendental a la decisión de una población de ignorantes imbuidos por la televisión, los púlpitos, el mismo Uribe, el mismísimo Santos y demás politicastros que en Colombia han sido. ¿O es que ahora sí crees que a (John F.) Kennedy y a Bobby (Kennedy) lo mataron un par de locos solitarios, y a (Martin) Luther King y a (John) Lennon, dos fanáticos despistados? Entonces creerás también que a (Luis Carlos) Galán, y a (Bernardo) Jaramillo, y a (Carlos) Pizarro, y a Jaime Garzón los liquidaron solo los que dispararon. Que los falsos positivos (asesinatos extrajudiciales) fueron obra de las famosas “manzanas podridas”, y ¡ah sí, claro!, y que nosotros salimos cagados del susto a exiliarnos porque tu les tenías miedo a los cucarrones, yo a los ratones y nuestros hijos al coco ¡no me creas tan pendeja!

Sin darme tiempo a balbucear y –solo por esta vez— sin un tris de misericordia franciscana, se me vino encima a recordarme el genocidio al naciente partido político de la Unión Patriótica, que resultó de otros acuerdos fallidos de cese del fuego y que según se ha dicho causó la muerte de entre 3.500 y 5.000 mil de sus afiliados. De los asesinatos selectivos de ex miembros de las guerrillas del Movimiento 19 de abril (M-19) y del Ejército Popular de Liberación (EPL) previamente amnistiados, y hasta de los presuntos auto ataques a las Torres Gemelas, al Pentágono y otras teorías de la conspiración surtidas y muchas de ellas bien documentadas.

“Mira niño –me dijo mi niña con su sabiduría acostumbrada y cierto aire de profeta de hechos sospechados y al final cumplidos—, Uribe, ni (los también ex presidentes Andrés, Belisario, César) Pastrana, Betancur, Gaviria, ni Santos, y menos aún los militares retirados y/o activos, los empresarios que los eligieron y que se prestaron para financiar a los paramilitares; tampoco los terratenientes feudales, ni los grandes ganaderos, ni otros de sus cómplices, se iban a sentar a esperar tranquilos los alcances de los acuerdos sobre la justicia transicional, el problema agrario, la restitución de tierras, la reparación a las víctimas y otras minucias por estilo de las que ellos saben que son culpables”.

Menos aún –ahora lo pienso— iban a aceptar lo que ellos saben que es cierto pero que sus borregos ignoran o también niegan: que todas las guerrillas que en Colombia ha habido no han sido la causa, sino el efecto de todas las contiendas que no le han permitido a Colombia tener unos minutos de paz relativa desde la misma conquista por parte de los españoles. ¿O será que esa es otra teoría de la conspiración?

Decida usted, lector amable que acaba de llegar a este fin…