Luego del desastre que supuso nuestro más reciente ejercicio democrático, pletórico en bajezas y emociones oscuras, surgieron no pocas voces provenientes del bando perdedor que entre lágrimas anunciaban su irrevocable decisión de abandonar el país que los había defraudado por última vez. No eran, los emigrantes inminentes, personas cansadas de la falta de oportunidades, decididas a buscar fortuna en otras tierras, dispuestas, por ejemplo, a embarcarse como polizones en algún barco de carga, y a apostarle sus últimas cartas a la concienzuda limpieza de baños en La Florida.

Por el contrario, los hastiados perdedores son miembros activos de la clase media pujante, aceptablemente educados y con la decencia moral suficiente como para haber votado por el Sí. Sus razones para largarse no serían entonces las mismas que tienen los polizones de Buenaventura: dinero, oportunidades de trabajo, dinero, tres comidas diarias y dinero. Este grupo que amenaza con atestar los terminales internacionales asume su próxima partida como una última posibilidad de establecerse en un país en donde el amor, la solidaridad, la igualdad, la tolerancia y la paz sean lo más importante.

¿Adónde se van?, me preguntaba en medio de mi propio estupor de fracasado electoral. ¿A Estados Unidos, un país cuya mitad absoluta eligió a Donald Trump como candidato presidencial? ¿A Europa, la vieja madre cansada de tanta civilización, en franco camino a encerrarse de nuevo en la xenofobia, el nacionalismo y la barbarie? ¿Al Cercano Oriente y sus bombardeos, sus mujeres lapidadas y sus guerras santas? ¿A África, sus genocidios, su inviabilidad institucional y su pobreza sin nombre? ¿A América Latina, lamiendo sus heridas abiertas desde siempre? ¿A Argentina, tal vez, con su economía destrozada por la megalomanía de los líderes que eligen y reeligen? ¿A México, infectada por el talante del narco impune? ¿A Brasil y sus millones de pobres defraudados y robados por los gobiernos que decían representarlos? ¿A El Salvador? ¿A Guatemala? ¿A Bolivia? ¿A Haití, el paradigma del infortunio?

Si los deseos de fuga de los descorazonados se convirtiesen en un virus irreversible, los cuatro gatos que nos quedemos, por convicción o por sensatez, vamos a ser apresados, torturados y lanzados a los perros por los uribistas furiosos, con sus culos pegados a las sillas del poder para siempre y sin ninguna oposición.

Así que les pido que no se vayan, que den la cara que le piden dar a sus contradictores, que no conviertan su ira en una inútil diáspora de cobardes, que no se conviertan en una triste caricatura de los niños que patean el tablero.

Pero, si definitivamente no pueden reversar su decisión, si ya comenzaron a hacer las maletas, les ruego que no le digan a nadie en Miami, Kabul, Marsella, Tegucigalpa o Puerto Príncipe, que se fueron de Colombia buscando un destino mejor, un mejor país, una mejor gente para compartir la vida; háganse el favor de mentir, díganles a quienes los reciban en sus nuevos terruños que arden en deseos de reconstruir bastantes casas en un barrio devastado, de dar clases de cívica en un colegio de barrio o de lavar, bien lavaditos, los baños de alguna casa grande.