Han sido tres semanas de vértigo. Después del plebiscito, lo único claro es que estamos repitiendo muchos de los errores habituales de nuestra vida política.

El 2 de octubre a las 6 de la tarde nos dimos cuenta de que aquellos que esperaban ganar habían sufrido una derrota inesperada, y aquellos que fueron con el espíritu de la derrota habían obtenido, por pocos votos, es verdad, una victoria que no estaban en sus planes. Para ambos, en ese momento, se hizo realidad lo dicho por Humberto de la Calle: no hay plan B. El rostro de los vencidos, su indecisión, las declaraciones del presidente convocando a los vencedores sin tener una idea clara, mostraron a todas luces que no tenía Plan B. Los vencedores, menos aún. Porque ¿cuáles vencedores? ¿Quiénes eran aquellos que reclamaban el triunfo que no estaba en sus planes? En el carro de la victoria se montaron los partidarios de la mano dura, los enemigos del estado laico, los fieles del gran ciudadano, los miedosos, los contradictores de la igualdad de género, los camanduleros seguidores del ex procurador, las iglesias cristianas. Un fofo país de “charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, que tenía “su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta”. Tenía todo eso, pero no un plan B.

Los perdedores, pues, comenzaron a improvisar; y los vencedores a buscarse, organizarse y exponer sus ideas. Pero no se sabía cómo. Claro, no había Plan B. Se programaron reuniones. Uno de los convocados, un personajillo frívolo y mendaz que llego a ser presidente, dijo que se iba a reunir mañana “a tomar un tinto con el presidente”. Como si la paz fuera una reunión de amigos tomando café en un club social de la sabana. Otro llamo desde su celular a Palacio y pidió cita. El presidente dijo: "Claro, vengan", también, aún sorprendido por el resultado, improvisaba. Mandó a sus delegados a La Habana a dar parte de tranquilidad y prometer que el cese del fuego iba hasta el 31 de Octubre. Las FARC, curiosamente, parecían disfrutar. O quizá era el estupor. Timochenko se permitió ser magnánimo. Ofreció escuchar, pero a la vez pidió respeto por lo negociado. Se portó como un político colombiano, esperando su tajada. Pero igual disimulaba, porque no tenía Plan B

Hubo indignación de sobra: los estudiantes salieron a pedir la paz, acudieron a la Plaza de Bolívar en Bogotá a decir que éramos un solo país, pero sobre todo a fotografiarse en la marcha para subir la foto al Facebook, al twitter o al Instagram. Doris Salcedo elaboró una obra de arte que fue malinterpretada, y que buscaba visibilizar las víctimas, las grandes olvidadas de la votación. Fueron esfuerzos bienintencionados que mostraban improvisación, porque no había plan B. Se me olvidaba, uno de los líderes del No contó la estrategia usada en la campaña y generó indignación y furia. Las redes se llenaron de las condenas gratuitas de pantalla: hubo quienes pidieron anular la votación, pidiendo a la Corte que les diera lo que perdieron en las urnas. Palabras

Reuniones fueron, reuniones vinieron. El presidente escuchó al camandulero mayor, al frívolo del tinto y al gran colombiano, y prometió llevar a La Habana lo conversado. En el camino se ganó el Nobel de Paz. Aplausos de sus seguidores, nuevos vivas a la Paz y los vencedores respondieron felicitándolo aunque “no queremos acuerdos dañinos para el País”. Los perversos dijeron: "tiene su Nobel, pero no la paz". Nadie parecía saber qué hacer, no se avanzaba, nunca hubo Plan B.

Se oyen voces que señalan supuestas divisiones entre los del Np. El gran colombiano –según un canal de TV- entrega sus objeciones a la Paz y ofrece una reunión Tripartita. El presidente extiende el cese del fuego hasta el 31 de Diciembre y señala límites para la recepción de propuestas. Promete respetar la normatividad jurídica; sus enemigos señalan que desea que la Justicia le tire un salvavidas.

Al final, de todo este ruido, la realidad es una sola: el 2 de Octubre el acuerdo con las Farc murió, y las partes deben empezar casi que de cero. La gente escuchó lo que quiso, le mintieron, la indignaron, o le prometieron el Paraíso en la Tierra si decían Si o No. Cada quien decidió, y al final, el acuerdo “entre todos lo mataron y él solito se murió”. En el universo de mentiras, sobresalía una gran verdad: no había plan B, nunca lo hubo. Al final, volvimos a resolver las cosas como se hace habitualmente en Colombia. Decidimos de una manera frívola, sin escuchar al otro, sin tener en cuenta la historia y sobre la marcha; ahora nos toca improvisar. Al final en Colombia no pasó nada. Una oportunidad de paz arrojada a la basura, como tantas otras.

(Imagen tomada de http://www.eluniversal.com.mx/)