Un canalla puede salvar una vida de insensatez con una acción sensata. En Venezuela se busca por cielo y tierra a un villano sensato, a un Diosdado temeroso de un futuro sin cabellos, a un Vladimir Padrino buscando convertirse en ahijado del porvenir que está por venir, o a un Vielma Mora que actúe más pronto y sin demoras. ¿Aparecerá un Dietrich Von Choltitz?

El 24 de Agosto de 1944 fue liberada París del yugo nazi y también ese día un criminal se consagró como salvador de París, salvando de ñapa su cabeza. Si hoy podemos entrar al Louvre, subir a la torre Eiffel, contemplar el Arco del Triunfo o el rosetón de Notre Dame, y cruzar con tranquilidad sus espectaculares puentes es gracias al vil Choltitz. Este general alemán gobernaba militarmente París en ese verano del 44 y, consciente de lo que se le venía pierna arriba ante la inminente derrota, desobedeció la orden del Fuhrer y no presionó el botón que sumiría en sombras a la Ville lumiére (ciudad de la luz).

Cuenta la leyenda que Adolf Hitler se enamoró tan profundamente de la capital francesa que adoptó como suyo aquel viejo refrán de que “si no es para mí, no será para nadie” y ordenó que solo ruinas recibiría aquel que le privara de controlar la joya del Sena. Algo parecido parece estar ocurriendo con el régimen de Maduro, el cual -herido de muerte- se niega a dar paso a un costado que se vislumbra inevitable. Los chavistas parecen preferir que quien venga a gobernar encuentre solo tierra arrasada; de otra manera no se entiende la multitud de tretas, marañas y tramoyas empleadas por Nicolás y sus secuaces para aferrarse a un poder que ya no tienen, para atornillarse a una silla que solo la capacidad destructora de las balas les permite medio sostener. Solo así se explica esas ganas infinitas de confrontar a un país, de irrespetar al otro indefinidamente, de torcer todo, de condenar a los bandos a dirimir sus fuerzas en un choque sangriento y no con la altura y la tranquilidad de la opción democrática que la constitución preveé.

Este es otro capítulo de la repetida maldición que recae en nuestros ricos y fértiles países, el servir para el expolio de élites extractivas que -sin importar si por el flanco izquierdo o derecho- terminan haciendo suyo los cuasi infinitos recursos naturales que dispone el terruño, sometiendo a sus ciudadanos a los vejámenes más ingratos, como la grotesca escasez de papel higiénico que ha atormentado a la patria de Bolívar.

Nuestras repúblicas bananeras no tienen límites y ahora resulta que la oposición venezolana ganadora de las últimas elecciones parlamentarias de diciembre del 2015 tiene que inventarse cédulas y poner a firmar a muertos para recoger un pírrico uno por ciento que es lo que exige la ley electoral venezolana para poner a andar el camino legal hasta llegar a un referendo revocatorio. ¡No tienen límites!, han secuestrado casi todas las instituciones, y las pocas que escapan a su control como la Asamblea Nacional (Congreso) son privadas de su autoridad y del ejercicio de sus funciones. El camino lo había mostrado el mismo Comandante Hugo Rafael cuando perdió la alcaldía de Caracas, despojando al elegido alcalde Ledesma de sus funciones.

Hasta Henrique Capriles, experto en controlar sus “arrecheras”, está fuera de control (probablemente con razón) y no ve otro camino que la calle y el correspondiente choque de ciudadanos, de ejército contra turba insatisfecha. Flaco favor ha hecho estos meses Unasur, a través del inútil expresidente español Zapatero, dando largas a la defunción de un gobierno sumido en sus propias contadicciones, que se hundió fruto de su ceguera e incapacidad, dilapidando uno de los capitales políticos más grandes de la historia latinoamericana y una de las bonanzas petroleras más caudalosas y sostenidas que hemos vivido.

¿Arderá Caracas? ¿Arderá nuevamente? ¿Se impondrá la tesis de las Machados y los Leopoldos en que la calle es el único camino para salir de estos bárbaros?. ¿Se rendirá Capriles ante la evidencia del fracaso de su búsqueda del cambio por caminos constitucionales?

Los militares -élites que se han beneficiado del régimen- tienen un papel protagónico en toda esta tragedia, creo que son los llamados a mantener la calma en esta efervescencia. Sí irónicamente ellos, los de las pistolas. Se necesitan villanos con sensatez, ahora más que nunca, que garanticen una transición sin muertos. Se necesitan canallas chamozolanos que piensen en su pescuezo, se necesita que sigan el ejemplo de Choltitz, a quien su “humanitario” gesto le ahorró una visita a Nuremberg, muriendo viejo y libre a pesar de sus múltiples crímenes. Esperemos que cuando Maduro en su exilio cubano llame a preguntar si arde Venezuela le respondan que no y que escuche en la bocina del teléfono ese “Gloria al Bravo Pueblo”. ¡Aguanta Venezuela!