El domingo pasado tuve que pasar, muy temprano en la mañana, por el Parque El Virrey, a la altura de la carrera 15. La coincidencia de que a esa misma hora también pasaran por ahí, justo frente al caño que atraviesa el parque, un par de disfrazados que con seguridad apenas salían de alguna celebración anticipada de la Noche de Brujas, me hizo caer en cuenta de que el domingo se cumplirán seis años de uno de los casos sin resolver más sonados de los últimos tiempos en Colombia: la muerte del estudiante Luis Andrés Colmenares.

Me di cuenta también de que, pese al impacto mediático que ha tenido esa noticia durante todos estos años, yo nunca había escrito ni una sola línea al respecto. Creo que en el fondo no lo hacía como una forma de respeto a la presunción de inocencia de los sospechosos y acusados. Sin embargo ese día, en vez de seguir mi camino, me acerqué al sitio desde el cual Colmenares supuestamente se lanzó, y donde ahora hay una pequeña lápida en su memoria. Me quedé largo rato mirando la corriente de agua que por allí corre y la boca del túnel que forma el puente vehicular de la Carrera 15. De repente comprendí con claridad meridiana que el largo camino recorrido durante casi dos mil años por ese concepto tan respetable llamado 'presunción de inocencia', fracasaba miserablemente ante mis ojos.

En efecto: en un momento dado me pareció más fácil regresar el tiempo y volver a ser joven que creer ese cuento retorcido e inverosímil que todos los colombianos hemos oído tantas veces acerca de cómo murió el estudiante guajiro: el de su supuesto suicidio. La versión que dan las dos únicas presuntas testigos de lo que pasó es la historia más ridícula desde cuando Jonás le dijo a su mujer que estuvo perdido tres días porque se lo tragó una ballena.

Según ellas, Colmenares se tiró al caño a las cuatro de la madrugada, hora en la que ya está a punto de empezar a clarear en esta parte del mundo. Acto seguido una de ellas bajó a buscarlo, sin encontrarlo. Más tarde acudieron al sitio un par de policías que colaboraron en la búsqueda alumbrando con la luz de su motocicleta. Después llegaron los bomberos, quienes también se metieron al caño con sus instrumentos y revisaron el lugar durante más de 20 minutos. Finalmente, 16 horas después, el cadáver apareció allí mismo, con múltiples golpes y contusiones en diferentes partes del cuerpo,

Sin embargo, cuando se está ahí parado, frente al caño, se advierte con facilidad que es materialmente imposible no ver algo tan notorio como el bulto que formaría un ser humano adulto de tamaño normal. Y mucho menos si son varias las personas que están buscándolo. El fondo del caño está mucho más próximo de lo que puede mostrar cualquier fotografía o video. Su caudal, el cual he visto tantas veces en tantas diferentes épocas del año, no le llega a los tobillos a muchos de los arroyos que se formaban en las calles de Barranquilla cuando yo era niño, y en los que yo jugaba sin el menor temor de ser arrastrado. Por otra parte, el túnel donde posteriormente hallaron el cadáver es bastante estrecho, y se tendría que hacer un esfuerzo considerable para transitar por ahí dentro sin tropezar con el cuerpo de un hombre y advertir que está ahí, aún en el caso de que no se llevase una linterna.

Que hubiese fallado en encontrarlo una de las dos jóvenes que declaran haberlo visto saltar, la misma que según su propia versión descendió hasta el fondo del caño para intentar dar con él, resulta dificilísimo de creer. Pero que también hayan fracasado en la búsqueda la otra testigo, los dos policías que alumbraron con la farola de su moto no sólo el sitio señalado por ellas, sino decenas de metros más en ambas direcciones, y que tampoco hubiesen tenido éxito los bomberos que llegaron más tarde, equipados con todo lo necesario para llevar a cabo una actividad de búsqueda, sería francamente risible si no estuviéramos hablando de un suceso tan macabro.

Si a mí me preguntaran, diría que las hipótesis del accidente o del suicidio son insostenibles. No sólo la pruebas forenses indican que de acuerdo a los patrones de coagulación de la sangre la posición en que encontraron el cuerpo de Luis Andrés Colmenares fue la contraria a la que debería ser. No sólo, según expertos consultados por los fiscales, los golpes y contusiones no corresponden a los que produciría una caída de ese tipo. No sólo los testimonios de varios agentes de la ley dejan sin piso los alegatos según los cuales el cadáver siempre estuvo ahí. No sólo habría que revaluar a Newton para posibilitar la cadena de de eventos que permitirían sustentar el hecho de que el cuerpo del joven apareciera de la nada sin ninguna intervención humana. No sólo está todo eso, sino que la simple observación y el más elemental sentido común indican que no hubo tal accidente ni tal suicidio, sino que a Luis Andrés Colmenares lo mataron.

Ahora sólo espero que la Fiscalía le diga a todo el país, pero en especial a los valientes y compungidos padres de Luis Andrés, quién lo hizo y por qué.

(Imagen tomada de http://www.elcolombiano.com/)