Por Carlos de la Hoz Albor

INFORME SOBRE MIOPES

Resulta alarmante el alto índice de miopía que se registra por este tiempo entre los habitantes de la ciudad. Cuánto quisiéramos que fuera sólo literalmente, pero lo cierto es que la gente de esta villa “no ve más allá de sus narices”. Y lo que más preocupa a las autoridades es que el hecho ha provocado, por igual, una creciente ola de monotonía, de cruel y atroz tedio en nuestros conciudadanos. O sea que la gente –– según las frías estadísticas –– está pereciendo a causa de un mal que, una vez instalado en el cuerpo, y sobre todo en el alma de un ser humano, trae letales consecuencias: el aburrimiento.

Consultado sobre el tema, un experto del Instituto para la Visión de la Realidad ha hecho el siguiente análisis. Algunos lo juzgarán demasiado crudo, severo e incluso inhumano, pero es contrario al Código de Ética del Periodista alterar las declaraciones de los entrevistados: “De ningún modo nos sorprende la situación. Es más, era de esperarse. Dígame, joven, ¿qué puede ver un hombre que, precisamente, no ve más allá de sus narices. La respuesta, como usted ya ha podido deducir, es de una elementalidad flagrante: la nariz. Cualquier intento de observar otro paisaje, de deleitarse con formas diferentes en el horizonte, tropieza, en quienes padecen de este mal, con esa visión. Lastimosamente, lo que sigue para la víctima es un grave ataque de “absoluta ceguera”, la inevitable monotonía y el desenlace que de sobra conoce la opinión pública: la muerte en vida, singular forma de perecer en la que el paciente continúa por tiempo indeterminado ejerciendo algunas funciones, entre las cuales, por supuesto, no se cuenta la de sentir, pues ésta está vinculada en forma estrecha con la visión.”

Acerca de las medidas que se están tomando para contrarrestar el temido flagelo, esto fue lo que manifestó nuestro experto (reitero: no faltará quien lo encuentre demasiado crudo, severo e incluso inhumano, pero es contrario al Código de Ética del Periodista alterar las declaraciones de los entrevistados): “Lo habíamos prevenido en nuestra pasada asamblea anual, cuyo tema central se ocupó en estudiar, de una manera sistemática y profunda, la visión del hombre. Allí, con oportunidad, lanzamos una agresiva campaña que advertía: Es urgente que amplíe su visión de las cosas. También fuimos enfáticos cuando preguntamos: ¿Tiene usted una visión reducida de la realidad? ¡Está a tiempo de corregirla! Pero, como bien se sabe por la abundante información que circula por estos días, parece ser que nuestras advertencias fueron a dar a oídos sordos.”

A ojos miopes, hubiera sido mejor decir, pero ya se sabe: es contrario al Código de Ética del Periodista alterar las declaraciones de los entrevistados para con ellas hacer juegos de palabras que pudieran herir su sensibilidad y la del hipotético lector.

Las lapidarias palabras del entrevistado antes de perderse por los atiborrados pasillos le pusieron el punto final a esta entrevista, y parecen apagar las pocas luces de esperanza respecto a tan capital asunto:

– Ahora, nada es más inútil que lamentarnos– fue su exacta conclusión.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

El hombre se dispone a hablarle a la concurrencia del asunto que, a través de carteles ubicados en diferentes puntos, ha sido voceado desde hace varias semanas por toda la ciudad: la libertad de expresión.

De modo que, apenas llega, se monta en la tarima y da un vistazo al público que se muestra expectante. No cabe duda que el tema concita la atención de muchos y que la coyuntura política, el momento histórico, los tiempos que corren, las circunstancias tales y él mismo, un periodista que acaba de salir de la cárcel tras casi una década de reclusión, forman un conjunto irreprochable para el anunciado evento.

Es cierto que se le ve en extremo delgado, que su indumentaria no es precisamente la de un Cicerón, pero les ha insistido con tanta vehemencia a sus amigos (algunos de ellos funcionarios del Ministerio de la Difusión y la Propaganda Estatal, otros académicos, estudiantes los más) que le busquen una tribuna donde desahogarse y contar su experiencia, que estos no han podido negarse. Han debido tocar varias puertas, acopiar recursos y convencer a altos miembros del gobierno de que no hay ningún riesgo y en el fondo vale la pena prestar por un momento (a lo sumo una hora, ha argumentado uno) los oídos de algunas personas interesados en el tema para que nuestro personaje hable ante ellos.

– Señoras y señores – dice con voz prefabricada el presentador –, está con nosotros (detalla el nombre), quien va hablarles del… (ha pensado para decir el adjetivo) espinoso tema de la libertad de expresión.

Entonces el hombre se levanta de su silla, camina con parsimonia hasta el atril donde se encuentra el micrófono y, tras aclarar la voz llevándose a la boca la mano derecha en forma de puño, lanza un ay lastimero.

El prolongado y estentóreo lamento cala hasta en los huesos de quienes se encuentran allí reunidos y los enmudece.

– ¡Ay, ay, ay! ­– repite el hombre hasta el delirio.

Después, baja con rapidez inusitada los escalones de la tarima, busca la puerta de salida y se pierde de vista.

(Imagen tomada de http://www.elviejotopo.com/)