Por Germán Arango Ulloa

Es un hecho: Hillary Clinton la esposa leal de su infiel marido Bill, famoso saxofonista de la Sexy Jazz Band, presidente y sexasonista de la Casa Blanca, volverá a la ídem en enero próximo. Claro, eso si no pasan cosas extrañas… que suelen pasar. incógnitas.

Hillary, sin embargo, no volverá en su papel glamoroso de primera dama, sino que lo hará como primera mandataria del primer país del mundo (al menos como figura en los códigos telefónicos internacionales: Estados Unidos: + 1). Y, por supuesto, llegará del brazo de su esposo Bill en su nuevo papel de primer caballero del país: todo un acontecimiento.

Yo, que me precio de haber sido cercano a Bill (Memín, para sus amigos de castellano hablar) —aunque no tanto de su esposa— y que supe de algunas de sus andanzas amatorias, pienso que, por encima de los presuntos correos extraviados y de otras minucias, se deberían aclarar las dudas que todavía flotan en el ambiente acerca del Bill amante furtivo e inconcluso (inconcluso, aclaro, porque según él mismo confesó, casi nunca terminó de venirse, de venirse, digo, a dar cuenta de lo que estaba haciendo.

En efecto, y para recordar un poco los antecedesntes, el más grande éxito editorial y publicitario en esa mar informativa que es Internet ha sido hasta hora el “Infame Starr”, perdón, quiero decir el “Informe Starr”. Me acuerdo como si hubiera sido hace un rato, aunque en realidad pasó hace bastante tiempo: el viernes 11 de septiembre de 1998, para ser exacto. Venía empacado en una aséptica y púdica cubierta blanca. Era el salaz reporte de 445 páginas donde el fiscal independiente Kenneth Starr describía en su máxima extensión, y hasta en los detalles más íntimos, mínimos y húmedos, valga la pena aclarar, los pecadillos sexuales del entonces presidente Bill Clinton. En ese entonces Clinton era mejor conocido, al menos en español y por este calumnista, que digo, columnista, como Memín el sexofonista. Memín como traducción de Bill, acope de William, así como Memín es el ídem de Guillermo que a su vez se traduce como William. ¿Entendieron mis distraídos lectores? Yo sí… un poco, y eso que yo lo escribí.

Nada: ni siquiera el famoso, poco púdico y muy púbico revolcón de la “súper” modelo Pamela Anderson y su Cristóbal Lee, ni la subterránea y por lo tanto encubierta muerte de Diana, la princesita rebelde y su cazador furtivo, ni tampoco –¿quién lo creyera?— los malabarismos epistolares de este humilde escribidor, han tenido tanta resonancia cibernética como la mentada infamia, perdón “información”.

No obstante, la expectativa creada alrededor de las concupiscentes, intrépidas y audaces maromas sexofónicas de “Memín” el exsaxofonista tenor de la “Sexy Sax Jazz Band” y luego sexofonista mayor de la oficina “ovular” de aquella casa de blanco matiz, escritas con lente de aumento y a todo color por el pornofiscal Kenneth Starr, no satisfizo del todo a tan interesada y numerosa audiencia.

Es cierto: los millones de ávidos pornolectores que corrimos a consultar las cacareadas “páginas” de Internet tan pronto como fueron publicadas por “Starr Enterprises Inc” quedamos igual a como ha dicho que quedaba la también furtiva aunque insaciable amante del Bill de marras, Mónica Lenguisca, después de cada sesión de tocata de flauta y gemidos en Do Mi Amor de pecho sostenido, y en Sí Ma Ma Re inconcluso: poco complacidos.

Antes de seguir aclaro para evitar peores sospechas, que si bien es cierto me apresuré a leer tan cacareado material, lo hice sólo con la intención de documentarme mejor. Así podría, a mi vez, escribir sobre el tema. No lo hice, como podría pensarse y como tal vez si lo hicieron otros, con la intención de venirme con ese texto a dar aires de erudito en materias sexopresidenciales o pornofiscales.

Era de esperarse en todo caso, que Starr, que había dado muestras de ser un fiscal aplicado y minucioso, se hubiera fijado en muchos detalles que –repito— han quedado flotando como mariposas en el limbo de lo desconocido. Detalles que bien podrían constituirse en elementos de juicio inapreciables y sobre los cuales quiero llamar la atención de ustedes, mis cómplices lectores, ahora que esta pornotragedia ha sido casi olvidada. Quiero, en cualquier caso, sembrarles la inquietud con algunos de esos detalles que tengo aquí a la mano:

Nunca se dijo, por ejemplo, si los regalos para todos… no, que digo, solo para la Lenguisca, que le llevó el exsaxotenor de los países extranjeros que visitaba de la mano de su cornúpeta esposa y primera ídem imperial, fueron registrados como tales por los agentes de aduana del reino de la sacrosanta hipocresía. De haber sido así se podría probar que el infiel sujeto del placer moniqueico le ponía los cuernos a Hilaria, su mujer, en su propia cara y no en la frente o más arriba como por le regular les sucede a otras. Si no, el Bill sujeto ha debido ser acusado de contrabando, además de todo lo demás… Ni más faltaba.
Las “Hojas de hierba” de Walt Whitman, que también le obsequió el sexofonista a su moza pasante ¿eran en realidad de Whitman… o serían más bien de Mary Juana? El pornofiscal ha debido acordarse que había un precedente que el mismo “Memín” ha contado sin que nadie se lo haya preguntado: que en sus años mozos incursionó curioso pero sin éxito y más bien inducido por otros en el estupefaciente mundo de la hierba que según él jamás aspiró, pues él aspiraba era a ser presidente. Como quiera que sea, es imprescindible averiguar la verdadera procedencia de la tal hierba. Así se podría saber con certeza si la Lenguisca –y de pronto hasta el mismo Memín— interpretaban la flauta y el saxo bajo la influencia de Whitman o de Juana. Importantísimo saberlo.

De suma importancia es saber también la marca del famoso vestido marino azulmadrado que acunó la impúdica mancha aquella que dio al traste con la primera estrategia de Memín de ocultarle al mundo sus deslices “saxorales”. Como si él no fuera humano y de humanos no fuera el caer en tentaciones. Pero no. No lo son en el imperio –repito— de la sacrosanta hipocresía y por eso es menester descubrir al impúdico fabricante del famoso vestido de marras. Al hacerlo, se podría saber que desconocidas fibras y mezclas químicas se utilizaron en su tejido para hacer que no se deshiciera el vital líquido seminal que Moniquilla dejó chorrear. Esto bien pudo constituirse en una prueba fehaciente de que los vestidos de esa marca no son resistentes a ciertas manchas. Vital descubrirlo para que ahora Donald Trump, la misma Hillary y otros aspirantes a despachar desde la oficina “ovular” eviten el futuro que sus pasantes compren tan concupiscente y sospechosa marca de vestidos.

Bajo ningún punto de vista puede pasar desapercibido el uso de un cigarro de fabricación cubana en los actos investigados. Starr, aunque menciona con lujo de detalles el otro uso que se le dio al vaginal tabaco, no aclara muy bien como el “Bill” puro del placer desenfrenado fue a parar donde fue a parar. Al descubrirse por qué vía llegó a los grandes labios que llegó, se hubiesen podido tipificar, por ejemplo, graves delitos. Uno de estos sería también el de contrabando y, peor aún, el de violar con premeditación y alevosía la célebre más nunca bien ponderada Ley estadounidense Helms-BurtonBurton que continuó y reforzó el embargo estadounidense a Cuba. Esa Ley sigue vigente y prohíbe de manera expresa el comercio legal de productos cubanos en el imperio y todos sus feudos. También hubiera podido incluirse como una prueba más de las operaciones de espionaje que llevaba a cabo Fidel Castro a través de sus agentes “doble cero: con licencia para penetrar” hasta los más recónditos lugares, así sea disfrazados de cigarros. Al fin y al cabo, junto con Varadero, Guantánamo, todo el resto de la Isla, el ron Bacardi, el congrí, el mojito y las cubanas, los famosos cigarros cubanos es de lo que más les gusta de Cuba a los amos del imperio. Así que debió dejarse de enviar señales de humo y en cambio descubrir se cómo y por qué medios llegó ese cigarro a donde llegó. Esto es de vital importancia pues de comprobarse la hipótesis del tabaquista espionaje, se habría violado también la seguridad nacional, tan casta ella.

Para finalizar por ahora, mas no para siempre con esta serie de incógnitas que ponen en duda la verdadera capacidad investigativa del pornofiscal de marras, hubiese sido interesantísimo saber el efecto que tuvieron las famosas mentas “Altoids” (dulces “tapa olores y sabores”, como les llamaba mi compañera de catre y otras andanzas. En especial acerca del hecho de que Memín hubiera pasado del saxo al sexo sin fórmula de juicio ni explicación alguna.

En efecto, y si bien es cierto que en varias oportunidades se menciona el uso de las “Altoids” por parte de la flautista pasante, no se ha dicho si sólo lo hacía para disimular el penetrante aroma del “involuntario” pero deseado elixir que según Memín a veces derramaba sin querer, o el del tabaco aquel que por lo general se fuma es en otro tipo de corridas: las de toros.

Con casta preocupación,

Germán Arango Ulloa

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