Después de escuchar a Donald Trump amenazar con desconocer los resultados de las elecciones y vociferar que era víctima de una conspiración de un poderoso lobby conformado por miembros del establishment de Washington con oscuros intereses, empresas internacionales, la gran prensa y sectores liberales que rechazan sus posturas, no supe si reír o echarme a llorar.

Siempre he considerado que las teorías conspirativas son un reto intelectual apasionante porque pienso que, en el fondo, hay un argumento poderoso que las descalifica: la necesidad del imperativo silencio de los participantes. Cuando leo sobre conspiraciones sonrío y recuerdo al líder mafioso Frank Costello quien decía: “Tres pueden guardar un secreto…, si dos están muertos”. (Esta frase también se la atribuyen a Benjamín Franklin). De allí que no sea muy creyente de las conspiraciones, y sus enrevesados argumentos.

Quienes se sienten víctimas de las personas o circunstancias comienzan a desarrollar un grado de paranoia que los lleva a la enfermedad; encuentran enemigos en todos lados, y creen que el mundo conspira contra ellos. Si ese fuera el caso de cualquier Juan Pérez, seguramente sería traumático para Juanito y sus seres cercanos, pero hasta ahí. Pero tratándose de Trump, un candidato con posibilidades de dirigir el país más poderoso del mundo, pensar que el liderazgo de EEUU estaría en manos de un paranoico que ve enemigos en todas partes y cree en supuestas conspiraciones a su alrededor, da para, al menos, sentir escalofríos o, más bien, dejarse invadir de un pánico tremendo.

Es cierto que una ligera alteración fisiológica nos puede poner cerca de la paranoia como enfermedad. Una alteración en la química de la sangre, es suficiente para hacernos creer que están detrás de nosotros. Los psicólogos evolutivos creen que al ser el origen del hombre las Sabanas de África, nos dejó el legado de la desconfianza con el ambiente que habitamos; de hecho, las consecuencias de no ser un poco desconfiados fueron considerables. La realidad es -creo yo- que todos somos en mayor o menor medida desconfiados; y esta desconfianza exasperada se transforma en paranoia, imponiéndose con cierta frecuencia a nuestra racionalidad.

Pareciera que la sociedad americana fuera el terreno fértil para las conspiraciones. Muchos sostienen que el hombre no llego a Luna, sino que se trata de una elaborada película dirigida por Stanley Kubrick; que a John F. Kennedy no lo mato un asesino solitario, sino posiblemente fue resultado de un complot urdido por la mafia (si hemos de creer a JFK de Oliver Stone) o el complejo industrial militar; también hay quien sostiene que Marilyn Monroe fue asesinada por el Servicio Secreto o la CIA, por sus relaciones amorosas con los dos Kennedy y no se suicidó accidentalmente. En años más recientes hay quien sostiene que el 11 de Septiembre no se estrelló un avión contra el Pentágono, sino que fue un plan elaborado de manera simultánea con el atentado de las Torres Gemelas, para así invadir Afganistán y desalojar un gobierno enemigo; o teorías de gran elaboración que señalan que el mundo está manejado por sociedades secretas (Skull and Bones, el Club Bilderberg) que cada tanto actúan y conspiran para proteger sus intereses. Es tanta la información (¿O desinformación?) que a veces no se sabe que pensar.

Las teorías conspirativas son gratificantes y populares, no porque realmente no haya conspiraciones a veces (como el asesinato de Lincoln, que fue una conspiración preparada para descabezar el gobierno americano), sino porque dan un sentido global a los eventos. Queremos -y esperamos- que todo lo que suceda sea controlable, especialmente si tiene un significado más amplio y trascendente, pareciera ser algo natural e innato en el ser humano. No dejo de asombrarme nuestra negación humana si la respuesta a las razones de un crimen resulta trivial, obvia o grotesca, preferimos no aceptar dichas razones dado que no satisfacen nuestras expectativas y salimos, de inmediato, a buscar teorías alternativas: ¿Se cayó por el caño y murió? No, imposible, es un caño por donde corre poca agua, fue una golpiza propinada por unos matones y hay gente poderosa ocultando el crimen. ¿Que lo mato en un acto repentino de violencia? No, eso fue que otros lo hicieron, y él está cargando el muerto; claro, le pagan por ello. Los eventos deben ser controlables y tener significado amplio. Queremos vivir en un mundo perfectible.

Otra ventaja de las teorías conspirativas es que quienes las defienden es que dan la sensación que ellos han entendido lo que otros no, que han penetrado y leído hechos y acontecimientos que personas inteligentes o bien informadas no son capaces de adivinar. De allí surge una superioridad imaginada en lo que sostienen: ven lo que los otros no ven.

La última gran ventaja de las teorías de la conspiración es que dan licencia y justificación al odio de quienes las creen; así pueden expresarlo sin sentir vergüenza. Los teóricos de las conspiraciones están insatisfechos con sus vidas, y llenos de resentimiento, o descontentos con el resultado que esperan. De allí que Donald Trump, esgrima la teoría de una conspiración en su contra, con el propósito de impedirle llegar a la Presidencia. Actuando sobre esta fantasía (creída por gran parte de sus votantes), ocasiona un daño gigante en la institucionalidad de su país, al cuestionar las votaciones del 8 de Noviembre y su limpieza. Los diferentes analistas señalan el enfado que subyace en la sociedad americana contra las autoridades; quizá ahí está la clave del éxito de Trump: se conecta con ese enfado.

Debo confesar que a Trump no lo soporto; su ostentación y vulgaridad me parecen odiosas; su discurso ególatra ha arruinado por completo al partido republicano, amenazándolo con la desaparición. Me asombra que Donald con sus credenciales haya llegado tan lejos. ¿Será que es una conspiración del gran capital que defiende a Hillary Clinton? ¿Será un invento para ponerla a competir contra un rival débil y relativamente fácil de derrotar? Esta conspiración, al menos y al final, sería algo bueno.