Se ha dicho que la democracia es el mal menor de cuantos males se han inventado para hacer viable la convivencia de los conglomerados humanos. Aunque lo más deseable sería no tener Estado ni gobiernos, es justo afirmar que sin un sistema político construido sobre la autoridad pública, en lugar de la civilizada anarquía -en su acepción más veraz y positiva-, nuestra incorregible insensatez y nuestra sed de sangre terminarían extinguiendo a la humanidad en pocos años.

Habiendo comprobado la inconveniencia ética y pragmática de los absolutismos (la monarquía autoritaria y la dictadura, que dependen de la lealtad de los gobernados y la buena voluntad de los gobernantes) nos conformamos con este amasijo aritmético, injusto y superfluo, en el cual un grupo de gregarios imagina que tiene el control de su destino.

En teoría la democracia suena como un sistema perfecto: el pueblo tiene el poder, las decisiones son colectivas, los individuos deciden constituir mayorías para expresar su voluntad y acatan la superioridad numérica de sus contradictores cuando son derrotados en las urnas, se protegen los derechos humanos y los civiles, se promueve la convivencia pacífica. Todos felices, todos contentos, todos civilizados.

Sin embargo, como casi siempre, la realidad suele llevarse por delante cualquier pretensión surgida de las teorías sociales, las cuales no dejan de ser una bienintencionada ficción intelectual. Eso ocurre porque no existe perfección en la acción humana, no importa cuán virtuosa sea la idea que se quiera ejercer y qué tan alto sea el objetivo que se desee alcanzar.

Los defensores a ultranza de la democracia advierten que los países maduros que han optado por este sistema son los más desarrollados, los más ricos, los más aptos. Tienen razón en parte, sobre todo si se juzgan los resultados en países como Dinamarca, Suecia o Finlandia. Sin embargo, creo que si uno se da una vuelta por un barrio marginal de Detroit, New Orleans o Los Ángeles, o pasa un par de días en una cárcel de Texas o Arizona, no dudará en poner en entredicho las bondades de esta opción de organización social en el país que se autoproclama como el que más éxito ha tenido en implementar las bondades democráticas; eso sin contar el bochornoso espectáculo de la actual contienda presidencial.

Y por aquí, por estas tierras, el asunto se complica más. No somos daneses, ni suecos; ni siquiera somos estadounidenses. Aquí la acción democrática se reduce a unas cuantas conquistas pequeñas: alguna iniciativa popular que se convierte en ley, alguna movilización, alguna protesta, presión colectiva en redes sociales. No mucho más que eso. Elegimos a los mismos ineptos, a los mismos corruptos y a los mismos criminales, haciendo un alarde vergonzoso de nuestra ignorancia.

América Latina es el terreno propicio para que se desarrollen todos los vicios posibles de la democracia: la plutocracia, que tiene que ver con la influencia desmedida de las élites en las decisiones colectivas; la oclocracia, que no es otra cosa que la ignorancia de los ciudadanos acerca de los temas fundamentales sobre los cuales deciden, si es que los dejan decidir; la tiranía de las mayorías, que justifica persecuciones. La muchedumbre que toma las decisiones en este lado del mundo está compuesta por personas que se odian entre sí, que se quieren aniquilar, que jamás en sus vidas han pensado lo que significa en realidad su pertenencia a una nación, a un pueblo que decide, salvo para quejarse, para corretearse y para cometer los más irreparables errores.

Para no ir más lejos, en pocos días se realizarán elecciones excepcionales en la Guajira. El sistema, en este caso, permite que el pueblo se arrepienta del error que le está costando dinero, sosiego y vidas humanas. La Justicia echa a sombrerazos a un gobernante corrupto elegido por el pueblo y en su lugar el pueblo elegirá a uno de sus secuaces. Esto, que parece una caricatura cruel, es lo que hacemos con las herramientas que nos provee la democracia.

Y no hay nada que hacer salvo apretar los dientes y esperar a que maduremos, a que nos colonicen los civilizados finlandeses o a que terminemos de matarnos en la más sana de las fidelidades a nuestro talante. Cualquier otra solución sería un despropósito, un retroceso, una calamidad peor. A menos que alguien se invente un sistema menos malo, hecho a nuestra medida y no a la medida de los finlandeses que no están interesados en colonizarnos.