Podría asegurar, casi sin temor a equivocarme, que en sus noches de desvelo el presidente Santos debe considerar el plebiscito del pasado 2 de octubre como el error más grueso de su gobierno. Nadie se las sabe todas, de acuerdo. Y ni el futurólogo más afinado iba a imaginarse con cuánta rapidez perderían peso en la opinión pública los grandes medios -y con ellos sus análisis serios y reposados- y lo ganarían, de forma dramática, las redes sociales -y con ellas el peligroso anonimato de sus memes frívolos y embusteros y las airadas opiniones de profesionales de la ignorancia-.

El caso es es que el siglo XXI, que en realidad empezó cuando Mark Zuckerberg agregó a su primer amigo a Facebook -y no cuando las Torres Gemelas recibieron la embestida de dos aviones comerciales, como todos creíamos-, nos pilló a todos fuera de base. Ya lo dijo Humberto Eco: internet le ha dado voz y -más de las veces que quisiéramos- caja de resonancia a todos los idiotas del mundo. Pero también, cómo no, a maquiavélicos criminales ideológicos. Ante una realidad inesperada así, pierde la mano hasta el mejor jugador de póker.

El problema es que, contra todas las apariencias, quien perdió en realidad no fue Santos, sino su gobierno. Y -para variar- Colombia. Nadie se lleve a engaños: el sueño dorado de Santos era ganarse el Premio Nobel de Paz (ese era, señores, así que vayan donde aquellos que les dijeron que era 'entregarle el país a las Farc' para que les devuelvan la plata). Ya lo cumplió. Y quizás le salió mejor de lo que esperaba, pues opinan los que saben que de haber triunfado el Sí el premio hubiera sido compartido con 'Timochenko'. Por si fuera poco, esta semana la vida de dio una ñapa: la reina Isabel II de Inglaterra lo recibió en Londres con salvas de cañón, a él ya su familia, honor con el que han soñado todos los rolos que han nacido desde que el 6 de agosto de 1538 Gonzalo Jiménez de Quesada pisó la sabana de Bacatá. De modo que, pese a que el plebiscito fue su error, Santos a la larga no perdió.

Su gobierno, en cambio, sí. Y por ende -insisto- Colombia. Lo que ocurrió durante el largo tiempo transcurrido entre el momento en que se anunció el plebiscito y el día en que se llevó a cabo, sentó un pésimo precedente: que había que dejar contento a todo el mundo. Y, como la sabiduría popular lo enseña, muchos cocineros pueden dañar la sopa.

Como consecuencia de eso, estos dos primeros años de su segundo mandato Santos estuvo literalmente maniatado, víctima de la soga que él mismo proporcionó. El temor a perder puntos en la intención de voto del plebiscito lo mantuvo dando la batalla contra toda suerte de chantajes que surgían desde múltiples frentes: los transportistas, las iglesias, los campesinos, los maestros, la rama judicial, los colegios… Todo el mundo se sintió con respaldo para sacar provecho y exigir que se le complaciera en los caprichos más disparatados. La evidente y ya confesa propaganda negra de los enemigos de la paz, ávida de capitalizar cualquier brote de inconformismo, se encargó del resto.

Eso nos costó echar para atrás medidas como la del enfoque de género, que en otras circunstancias, pese a los predecibles obstáculos, finalmente hubiese hecho su tránsito hacia la legalidad y habría puesto a la nuestra en la senda de las sociedades tolerantes y civilizadas. Otras medidas que se han retrasado, como la necesaria reforma tributaria, nos perjudica a todos (no a Santos, repito, que es millonario, ya tiene su premio y pasó a la Historia). No querer pagar más impuestos es infantilmente obvio. Pero si no los pagamos, las agencias internacionales nos bajarán las calificaciones. Lo cual hará que la economía se deteriore, y a la larga la pasemos peor que si hubiésemos hecho el inevitable esfuerzo, pagándolos cuando correspondía.

Y es que en este último punto es donde reside el quid del asunto: en que el ciudadano colombiano, la masa como tal, es mentalmente infantil. No se puede someter el futuro del país al criterio de unos niños. Y mucho menos la decisión del final de una guerra de 52 años. De hecho, de eso se trata la democracia representativa: de que estén a cargo unas personas deliberadamente escogidas para ello. Nada tiene que preguntársele a un pueblo que -a quién engañamos- no está capacitado para conducir su propio destino. Al menos no de esa forma.

El resultado es que ahora se querrá hacer una consulta popular para cualquier asunto (bastaría con preguntarle a la senadora Morales para comprobarlo). Más aún: a pesar de que el presidente dio un ultimátum para la recolección de propuestas para 'mejorar' los acuerdos de La Habana, Humberto de la Calle reveló ayer que recibió la bicoca de 410 propuestas. ¡410! Sólo faltó que los selenitas introdujeran las suyas ¿Cuándo se terminaría de discutir eso? Nos costaría mínimo 300.000 muertos más.

Por fortuna creo que Santos aprendió la lección, y no teniendo ya mucho que perder, parece que va a tomar con pinzas las propuestas razonables, desechará las absurdas, las que sólo buscan torpedear el proceso, y -como ya lo anunció- tramitará el producto final directamente en el Congreso, como debió hacerlo desde el principio.

Es que, menos mal, al perro no lo capan dos veces.