Por John William Archbold

Siete años después de irrumpir en el panorama literario nacional con “Locas de felicidad” (2009), John Better le apuesta nuevamente a la narrativa, en esta ocasión con una novela titulada “A la casa del chico espantapájaros”, publicada por Emecé Editores. Un regreso bastante esperado a decir verdad, después del éxito de su obra anterior que lo ha consolidado como uno de los autores más prometedores de la escena regional, especialmente para la crítica y la audiencia interesada en producciones de temática queer y homoerótica.

A lo largo de casi ochenta capítulos diminutos, Better realiza una ampliación de “Viaje en motocicleta al centro de la noche”, uno de los relatos que componen su libro anterior. Así permite que nos acerquemos a Greg, un escritor que empieza a cosechar los primeros éxitos de su carrera, y que, tras encontrar una vieja fotografía de su juventud, empieza a saltar entre las orillas del tiempo y las páginas de sus viejos cuadernos de notas. Greg se remite a una infancia y adolescencia en las que la incomprensión fue una constante que trató de ignorar; conflictos interiores, creativos, familiares y sociales emergen una y otra vez, al tiempo que son interrumpidos por la aparición de sus primeras creaciones, historias que no cumplen una acción en la trama, excepto la de brindar una acertada perspectiva de la forma en la que el contexto del autor llega a penetrar su obra. Esta misma novela es prueba de ello, ya que no es difícil detectar unos claros sesgos autobiográficos en los hechos narrados.

En sus crónicas y su obra de ficción anterior, la cual incluye sus poemarios, Better ha demostrado ser un narrador hábil, enérgico y equilibrado, con una capacidad implacable para atrapar la atención del lector. En esta novela no ha hecho menos: la estructura de textos cortos y concisos permiten una aproximación ágil y amena que en ningún momento se ve entorpecida por la particular estructura del libro. Better crea una atmósfera nostálgica y cercana, en la que resplandecen elementos del paisaje caribe y la década de los ochentas, un espacio y un tiempo que confluyen en medio de patios arbolados, casas que se alquilan por piezas, leyendas de brujas metamorfas, cintas de casettes enredadas en walkmans, láminas de historia natural con olor a cacao y, por supuesto, la icónica carátula de los cuadernos Jean Book.

Sin embargo, la novela presenta características que nublan la posibilidad de un beneplácito absoluto por parte del lector. Al inicio nos presenta a quien en algún momento prometía ser el personaje más interesante de la historia: la madre de Greg, una anciana enferma, carcomida por el azúcar en su sangre y mil rencores injustificados, que acosa a su hijo inquisitivamente, buscando confirmar unas sospechas de las que hace mucho está convencida. En ese momento no es difícil establecer una empatía con el protagonista, quien sufre silenciosamente tratando de eludir la persecución de su progenitora. Pero esa impresión palidece en el doceavo capítulo, titulado “Retrato sin alteraciones de madre e hijo”, en el que Better introduce con muy ligeros cambios aquella crónica publicada hace unos años en la revista Latitud de El Heraldo, donde cuenta la reacción de su madre cuando se enteró de su homosexualidad. En este escrito aparece un personaje muy diferente del que prometía dar con la verdad antes de morir: una mujer resignada, sufrida, sin la fuerza invasiva que había destilado antes, una cuya decadencia está marcada por la convicción de saber todo lo que entraña su hijo, no por una incertidumbre simulada, y mucho menos por la diabetes. Si bien el título insinúa el hálito verídico del relato, su inclusión implica un quiebre con la secuencia que había cimentado, tan atinada hasta ese instante. A partir de entonces, aquel personaje que parecía tan definido se torna dubitativo, con unas altas y bajas que, más allá de reflejar la ambivalencia de la naturaleza humana, demuestran las dificultades que el escritor de ficción tuvo para controlar al cronista que ha explotado su propia experiencia como insumo. En este punto es prudente recordar las palabras de Roland Barthes, cuando afirma que el único modo en que la obra puede tener lugar es cuando el escritor adquiere la capacidad de alejarse de su condición de autor y destruye las relaciones y perspectivas que anteceden su labor, dotando su nueva obra de total autonomía, lo cual sin duda es el punto problemático en esta instancia. Aunque es posible que Better quisiera ilustrar metaliterariamente la relación entre el sociotexto y el ejercicio creativo, como dice el crítico español José Manuel López de Abiada, la reflexión metaliteraria no admite interferencias frontales con el desarrollo de la obra, ya que esto artificializa su carácter y le resta armonía. Además, Better ya había logrado propiciar la discusión con las páginas de los cuadernos de Greg. No era necesario entonces explicitar el estímulo emocional que propició la creación de la novela; rastrear ese tipo de relaciones es la labor del crítico y del lector concienzudo.

Esto no significa que Better no sea un auténtico arquitecto de personajes. Sandy, la mejor amiga de Greg, con la que lleva una extraña relación de amor-odio, es sin duda uno de los grandes rasgos de autenticidad en esta historia. Es una chica que sabe enfrentarse a cada una de sus miserias y a la que le quedan energías incluso para pensar en el futuro y mantenerlo cálido a través de los giros de un globo terráqueo que siempre lleva con ella. Tras la muerte de la madre de Greg, ella se convierte por momentos en una figura materna sustituta, y aunque no se escapa de cierto ánimo misógino sostenido en toda la novela (todas las mujeres que aparecen en ella tienen posiciones antagónicas con respecto al protagonista), a Greg se le escapa una admiración que se resiste a admitir.

Locas de felicidad” fue un texto meritoriamente alabado, Better habilitó en sus páginas el acceso a un mundo sutilmente insinuado en “Fuego secreto” de Fernando Vallejo o en “Besacalles”, quizá el mejor cuento de Andrés Caicedo: la vida de esos travestis y homosexuales que se refugian en las calles, en el desenfreno y en la incertidumbre al no encontrar un espacio en nuestros esquemas de normalidad, una visión auténtica y necesaria de un mundo que a pesar de generar tanta curiosidad, está vedado para el observador común, algo muy diferente de lo que encontramos entre las paredes de la casa del chico espantapájaros, la cual parece el fogón en el que se prepara un estereotipo clásico de hombre homosexual: un chico afeminado, con un padre ausente y una madre dominante, que se enamora de hombres indefinidos y emocionalmente poco accesibles, un patrón que hemos visto repetirse una y otra vez en series y películas, desde las teorías freudianas hasta la segunda parte de la tristemente célebre obra de Carlos Cuauhtémoc Sánchez: “Juventud en éxtasis”.

Este tratamiento merece una atención especial, si tenemos en cuenta lo expuesto por el filósofo e historiador francés Didier Eribon en su libro “Reflexiones de la cuestión gay” (2001). Allí retoma los planteamientos que Michel Foucault plasmó en la primera entrega de su “Historia de la sexualidad: La voluntad del saber” (1976). Foucault analiza cómo los estereotipos en torno a la homosexualidad han tenido un papel fundamental en la historia de la represión y control de la misma, porque son precisamente los elementos que sitúan al homosexual como una alteridad con respecto a la sociedad. Es por esta razón que Eribon destaca la importancia de que las producciones culturales sean capaces de configurar representaciones que quebranten las nociones e imaginarios acostumbrados, de lo contrario se constituyen en meros reproductores que no ostentan nuevos alcances en la visión del mundo que proyectan.

Aunque Better dejó claro en una entrevista que me concedió en el año 2010 que no considera que el arte tenga obligaciones que vayan más allá de la configuración estética, es importante tener en cuenta lo dicho también por Foucault en su libro “Las palabras y las cosas” (1966), al destacar la manera en la que la literatura no sólo tiene una acción representativa e histórica, sino que llega también a construir compromisos activos y prácticos que rebasan los campos de la obra, el lenguaje y el tiempo. Por esa razón, y teniendo en cuenta la relevancia que Better reviste en un enfoque temático tan poco desarrollado en Latinoamérica, importa mucho la profundidad que pueden alcanzar las visiones que proyecta en su narrativa y la manera en que suman o restan a la interacción de los patrones culturales. Que Greg reproduzca los patrones típicos y no proyecte nuevas visiones del ser y el quehacer del hombre homosexual es una delicada confirmación de los imaginarios contra los que, según el ensayista Hugo Achugar, deberían luchar los autores en la construcción de un espacio para la literatura homoerótica latinoamericana.

Sin dudarlo por un instante, La casa del chico espantapájaros es un lugar en el que se puede pasar un momento tremendamente agradable, aunque su trascendentalidad sea en estos momentos el verdadero enigma que nos queda por dilucidar. No obstante, una nueva obra que afronte sin miedo este tipo de temáticas, y el que un autor periférico en todos los sentidos despierte el interés de las grandes editoriales, siempre será un mérito capaz de aplaudirse por sí mismo.

(Imagen tomada de http://cartelurbano.com/)