Una de las cosas que me impresiona de una red social es la capacidad de la gente para reenviar información sin detenerse a pensar, pero sobre todo, a verificar si es cierta, si es interesante, si es un cumulo de falsedades, o es una broma que se está tomando en serio, o incluso una información tendenciosa y de mala fe. Siempre hay alguno que reenvía la información sin detenerse a verificar su validez. Lo acabamos de ver hacer algunos días: tembló en el interior del país, llegaron las réplicas y el miedo. Comenzó a circular por redes de Whatsapp, y luego en otras, un supuesto mensaje del Sistema Sismológico Nacional donde invitaban a prepararse a un sismo de mayor intensidad. El bulo creció de manera exponencial, a tal punto que mucha gente prefirió pasar la noche en las calles esperando el temblor, pese a los desmentidos del gobierno.

De pronto estoy equivocado: pensar no es lo que busca un usuario de las redes; quizá solo le interese hacerse notar, permanecer en contacto con la familia y los amigos, vender –se nos olvida que las redes no son entidades filantrópicas, sino un negocio- ligar, hacer política o simplemente jugar a ser frívolos. E imagino que algunos, hacer daño.

Pero, ¿hasta dónde esta avalancha de información se nos vuelve la música de nuestro tiempo? En mi caso yo miro las actualizaciones y las últimas noticias y encuentro un coctel de notas que invitan a comentar o a compartidas. Si bien no es posible hacerlo con todas, muchas de ellas me dejan pensando si la información es cierta, si es pertinente, argumentada, pero ante todo, perfectamente válida.

¿Qué tiene que ver una noticia sobre la hija de Obama trabajando en un local de comidas rápidas con Tomás y Jerónimo, los hijos de Uribe? A mi modo de ver, nada; está bien argumentada, pero ¿cuál es su validez? ¿Atacar a Uribe? Tal vez, pero en mi opinión la verdadera noticia debería ser reflexionar sobre los privilegios que se dan en la sociedad colombiana por ser hijo de alguien, en contraste con la americana donde son –aparentemente- mucho menores. Si eso es así, entonces, ¿por qué solo los hijos de Uribe? ¿Por qué no los de Santos, o los de Pastrana, o los de Samper, por mencionar algunos casos? La respuesta, imagino, se da como resultado de la simpatía o aversión sobre la persona. Confundimos al mensajero, con el mensaje; si lo detestamos, simplemente rechazamos la información.

Más de una vez he opinado indicando la necesidad de verificar la información que se dice; por ello fui denunciado por fomentar la intolerancia, y algunos me bloquearon por uribista o santista.

Sorprende la cantidad de situaciones graves que no se discuten en serio, sino que generan afirmaciones y contra-afirmaciones sin soporte. Lo vimos en el plebiscito: “Si usted vota Sí, está entregando el país al Castro-chavismo y en el 2018 seremos como Venezuela”. “Si usted Vota No, eligió continuar la guerra”. Ambas afirmaciones eran cercanas a la mentira, si es que no lo eran.

Hay una gran variedad -aparente- de argumentar sin producir nada realmente coherente.

Décadas de entretenimiento en radio, cine y televisión de mala calidad, sin duda tiene algo que ver: la banalización de la violencia, la sensación de que los noticieros nos mienten, la idea de que la sociedad es corrupta, la carencia de verdaderos programas y periodistas de opinión, todo eso influye. Pero sobre todo, la calidad de nuestra educación, cada vez menor, que más parece un adoctrinamiento ideológico basado en suposiciones subyacentes y no examinado entre maestros e instituciones educativas.

Las redes se han llenado de la corrección política imperante. Al final, más gente entra al debate, pero sus ideas son las de la multitud moral. La perspectiva de este punto de vista ideológico es que las personas se ven a sí mismas como los defensores de lo bueno (lo de cada uno), contra las fuerzas del mal (lo de los demás). Sin importar el tema cada quien tiene su verdad: los derechos de los niños, la ecología, la minería responsable, el hambre en la Guajira, el bullying, el racismo; lo que sea. Al final, cada quien tiene el monopolio de la moral, del buen corazón. Por el buen corazón, enviamos mensajes alertando sobre un sismo, sin saber si ello es cierto, sin medir las consecuencias. Reenviamos imágenes de supuestos violadores, pasando por alto la presunción de inocencia. Magnificamos la noticia sin pensar en el daño que producen en las empresas y en la sociedad. Al final, nada coherente.

Un monopolio moral es la antítesis de un mercado de ideas. Existe en la llamada “inteligencia colombiana”, generalmente de izquierda (de allí que Nicolás Gomez Dávila lo expresara bellamente: “La izquierda es dueña de la correcta moralidad de las cosas”) y cualquier postura contraria es vista, en su forma más amable, como un desvarío momentáneo del autor.

Esta corriente moral es en últimas el fracaso de todos nosotros. No es exclusivo de Colombia: en España, la imposibilidad de llegar a acuerdos entre los partidos hizo que el gobierno durara 300 días sin funciones. Todo por vetos cruzados argumentando moralidad. Los laboristas británicos escogieron a un político como Jeremy Corbyn como su líder, sin tener en cuenta que votó al menos 300 veces en contra de las directrices de su partido. Para él la política es un asunto moral; suena bien, pero no da espacio al pragmatismo y la negociación; y la moral, en últimas, es un asunto individual. Goza del rechazo de sus compañeros, pero del respeto de las bases; hay quienes advierten que es una manera muy elegante de dirigir su partido al fracaso, desde un supuesto superior. Al final todo esto es un griterío interminable: las redes no dejan de ser una representación de nosotros mismos. Ya no pensamos en profundidad, nuestro razonamiento queda en la superficie y está permeado por la antipatía o simpatía de la causa. Somos dueños de la verdad, somos buenos y perfectos, la causa justa es la nuestra; somos lindos, somos solidarios y gritamos más duro.