Hasta hoy, el día que había definido el siglo y el milenio había sido el tristemente recordado 11-S. Quince años atrás los Boeing 767 chocaban contra el World Trade Center en Nueva York, colapsaban las estructuras de los esbeltos edificios y golpeaban a Occidente en el corazón financiero del mundo. Hoy, de manera similar, el avión Donald Trump colapsaba la esperanza de muchos que pensábamos que un mundo mejor es posible, o al menos no uno peor. ¿Será que la coronación del Aprendiz supera en importancia al ataque yihadista de Osama Bin Laden?

Lo que estaba en juego ayer no era un botín menor, se trataba nada más y nada menos del liderazgo de la potencia mundial, con las implicaciones que cualquier estornudo del gigante norteamericano tiene en la economía y geopolítica del orbe. Debo reconocer que la contienda estaba perdida desde que el simpático Bernie Sanders quedó fuera de carrera, Hillary Clinton es la villana tradicional de siempre, el establishment en su máximo esplendor; Trump, en cambio, es la demencia con consecuencias desconocidas, aquel que saca los sentimientos más oscuros del alma estadounidense, esos bajos instintos gringos (que siempre han estado ahí) pero que la vergüenza invitaba diariamente a controlar. Parece que ya no, que la caja de Pandora se abrirá y los demonios podrán circular libremente por suelo estadounidense; los inmigrantes, muy probablemente, no contarán con la misma suerte.

Desde finales del año pasado se han sucedido una serie de vergonzosos procesos electorales: el triunfo de los nacionalistas en Cataluña, el Brexit, la reelección de la derecha corrupta en España, el triunfo del No en Colombia y ahora la elección presidencial en la democracia más antigua del planeta son muestras evidentes que la racionalidad y la ilustración pierden terreno frente a la ignorancia, el miedo y el caudillismo infantil.

Hemos pasado de votar “a favor de”, a votar “en contra de”, hemos dejado de leer, pensar y formarnos una opinión a permitir que con memes y caricaturas nos manipulen, y en esto las redes sociales y los realitys tienen mucho que ver. Tanto el referendo por los acuerdos con las Farc en Colombia como la carrera por la Casa Blanca fueron campañas obscenas donde la desinformación, la tergiversación de los hechos, la cizaña y la caricaturización del otro predominaron por encima de la argumentación y las realidades. Creemos que da lo mismo votar por Maluma o J Balvin que por el sí o por el no, por los costeños o los cachacos en El Desafío de la Mencha que por un alcalde, un gobernador o un presidente. No, no es lo mismo. Si el Factor X lo gana Paul Potts o David Visbal no pasa nada, si queda Samuel Moreno de alcalde de Bogotá o la xenófoba Marine Le Pen presidente de Francia sí pasa.

Estos fenómenos denotan un asco de la ciudadanía frente a la política tradicional, una desaprobación generalizada frente a un sistema que no acaba de satisfacer las expectativas de importantes segmentos de la población. Esta desazón se debe canalizar en propuestas de mejora a las muchas cosas que están rotas y debemos arreglar, pero no puede convertirse en la expedición de un cheque en blanco a locos ególatras. Muchas veces el remedio resulta peor que la enfermedad y entre dos males siempre intentaré escoger el menos peor. El menos peor, sin duda y por mucho, era Hillary, una política que encarna la burocracia y los males del aparato gubernamental del tío Sam, pero que tiene el olfato, la experiencia y la sensatez para entender cada consecuencia de sus actos. Era una mala candidata, no se puede negar, pero una mala conocida y no un payaso demente.

Ahora falta ver cuanta sangre le costará al mundo los delirios del magnate, su afán de “hacer América grande otra vez”. La locura de Al Qaeda costó unas 3.000 vidas, pero la desproporcionada (e injusta) reacción del halcón George W. Bush costó más de 300.000 vidas en Afganistan e Irak. ¿Vale una vida estadounidense un centenar de veces más que una vida iraquí? Lo de Irak no deja de dar un escalofrío por todo el cuerpo dado que nada tuvo que ver Saddam Hussein en los ataques del 11-S y tampoco disponía de las tan mentadas “armas de destrucción masiva”. Pero igual, no importa, para eso la primera potencia tiene sus pistolas, sus drones, para ir por ahí apilando muertos, morenitos asiáticos que nadie llora.

¿Cuánto costará el triunfo del marido de la preciosa Melanie? ¿Cuánto le costará a México y a Cuba la victoria del racismo? ¿Pasará el 9 de Noviembre a la historia del milenio o el congreso será capaz de controlar a la fiera? No tengo la menor idea, por ahora toca esperar al próximo 20 de Enero y no para ir a la corralejas de Sincelejo; sino para ver sentado en su trono a Donald, arrellenado en la silla de Lincoln, arropado con su machismo, su histrionismo, sus malas y grotescas maneras. Ganó su particular reality aquel que niega el cambio climático, ganó muy a pesar de los barones de su partido (pasando por los Bush y Paul Ryan), muy a pesar de CNN y de todos los grandes medios estadounidenses. Ganó el aprendiz de político, perdimos todos y, de paso, perdimos la fe: We are fired.