Creo que fue el escritor italiano Cesare Pavese quien dijo que cada quien es el único responsable de la cara que tiene a partir los 40 años. Tiene razón Pavese. Lo digo ahora, después de ver en una entrevista televisiva la cara de Manuel Duque, el alcalde de Cartagena, y de oírlo declarar que los estudiantes más pobres de la ciudad que gobierna no necesitan ver Filosofía u otras materias similares. "¿Eso para qué les sirve", se pregunta. Y remata: "Lo que esos muchachos necesitan son herramientas para trabajar".

No obstante, 'Manolo' (así lo llaman) no aclara a qué herramientas para trabajar se refiere. Si seguimos al pie de la letra el espíritu de su discurso podríamos inferir que habla de escobas y traperos; o de serruchos y martillos. Vaya, que destino tan poco esperanzador tendrían muchos de esos muchachos si prosperase esa idea.

Pero vayamos más allá, y supongamos que usó la metáfora de las 'herramientas' para dar a entender que a esos jóvenes deberían impartírseles materias asociadas con carreras técnicas (electrónica, análisis de sistemas, mercadotecnia…). De todos modos el alcalde seguiría teniéndolos en muy pobre concepto, máxime si consideramos que por simple variedad de experiencias vividas o de configuración cerebral cada uno de ellos es dueño de una vocación y unos intereses particulares. ¿Qué tendría de malo que alguno quisiera ser historiador o escritor, para lo cual los conceptos filosóficos serían materia prima de primer orden?

Por lo visto el señor Duque no tiene ni idea para qué sirve la filosofia. Parece no saber que la filosofía sirve, entre otras cosas, para preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos. De hecho quizás, y pese a ser su alcalde, es posible tampoco sepa que Cartagena es patria chica de 'El Tuerto' López, que filosofaba por medio de agudos poemas satíricos, de Rafael Núñez, nada menos que el padre de la Constitución que nos rigió por más de un siglo, y de otras muchas personalidades de importancia nacional que por fortuna no despreciaban la actividad intelectual como lo hace él hoy.

Quizás no sabe todo eso Manolo. O tal vez lo sabe y en vez de preparar el terreno para producir a otros personajes de similares características se asegura de que todos esos muchachos conserven esa vocación de servilismo que se ha convertido casi que en sello indeleble de la ciudad.

Basta con ir a un Hay Festival o a cualquiera de los muchos eventos importantes que se desarrollan en Cartagena todos los años para darse cuenta de que los nativos perdieron el control de su ciudad desde hace años. Bocagrande, Castillogrande y El Laguito se han convertido en la ociosa inversión inmobiliaria de extranjeros acaudalados, cuando no en el fortín de peligrosos forajidos que pagan sus condenas en apartamentazos de miles de millones de pesos.

El centro de la ciudad y el sector de La Boquilla, mientras tanto, no son otra cosa que la enorme casa de veraneo de los miembros de la élite bogotana y antioqueña. Allí tienen ellos sus propiedades, cuyos trabajos de mantenimiento corren por cuenta de una servidumbre de cartageneros a la que con frecuencia tratan de una manera displicente y arrogante. El tradicional barrio Manga va por el mismo camino.

La poca dignidad de los lugareños se conserva, cada vez más acorralada, en pocos barrios de clase media y media alta, como Pie de la Popa, El Bosque o Torices. El resto de la ciudad forma un gigantesco arrabal en el que a veces ni siquiera existen los servicios básicos, y que recuerda al Getsemaní de los tiempos virreinales, donde se apelotonaban los esclavos negros.

Quien quita que el alcalde de Cartagena lo que busque al desincentivar la actividad intelectual sea eso: adormecer a la juventud. Evitar que las nuevas generaciones se cuestionen sobre sus orígenes como pueblo. Mantenerlas en la ignorancia acerca de ese pasado de grandes campanillas en el que Cartagena era la ciudad más importante del país, condición que fue perdiendo con el pasar de las décadas y la proliferación de dirigentes de la misma laya de Manolo hasta llegar a la triste situación de postración económica y humana en la que se encuentra hoy, cuando su mucho más joven hermana, Barranquilla, luce a su lado como una metrópoli del primer mundo.

Probablemente de esa manera, condenándolos a oficios que no requieran de muchos cuestionamientos acerca del sentido de la vida y otros temas trascendentes, sea más fácil manejar a las masas de estudiantes. A jóvenes que de otra manera no mostrarían esa proclividad a votar una y otra vez por los pésimos dirigentes que los gobiernan. Y mucho menos a mostrar esa sumisión ante el forastero, tan conveniente para feriar la ciudad -con servidumbre incluida- al mejor postor.

No queda claro, en todo caso, si el señor Duque es tan maquiavélico como para planear todo de esa manera. O si sus intenciones no son tan mezquinas, y es verdad que no sabe para qué diablos sirve la filosofía, como él mismo se lo preguntó en la entrevista. Su cara de chafarote -de la que sin duda es el único responsable- sugiere que se trata de la segunda posibilidad. Y quizás él mismo haya sido víctima del perverso sistema educativo de la ciudad que gobierna. Lo cual, si bien no lo exime de haber propuesto semejante despropósito, al menos es un atenuante.

Démosle, pues, el beneficio de la duda.