Algunos se fueron porque no tenían cómo sobrevivir en éste, el país de las inequidades. Otros, decidieron hacerlo para probarse. No pocos salieron huyendo de algo o de alguien. Muchos, los conozco, fracasaron en su intento de partir para escapar de sí mismos; nadie puede hacerlo. Son los emigrantes colombianos que decidieron establecerse en Estados Unidos, alrededor de dos millones de personas con lo sueños puestos en el país grande, en el centro del mundo, en la tierra de las oportunidades.

La gran mayoría de los colombianos que viven en el recién inaugurado feudo Trump, son pobres. Lo eran cuando se fueron y lo siguen siendo ahora, a pesar de las fotos felices que cuelgan en las redes sociales. Aunque claro, no es lo mismo ser pobre aquí que allá. Lo cierto es que no es fácil abrirse paso, asimilar la nueva cultura, competir por los puestos de trabajo con los demás advenedizos (tan solo los mexicanos suman 35 millones), obtener la residencia, camuflarse en las calles, comportarse como un gringo promedio, creer lo mismo que ellos, pensar lo que piensan, comer lo que comen, reírse de sus bromas, convertir en suyos los anglosajones principios que han convertido a ese país en lo que es.

Dentro de esa muchedumbre de colombianos hay un grupo de gente extraña. Personas de clase media, más o menos bien educadas, que han logrado obtener su ciudadanía y que, iluminados por los proverbiales espíritus de Washington, Jefferson y Adams, se sienten, como no temen decir a quien pregunte, “americanos”, así, con el término soberbio que desconoce el nombre propio al resto del continente.

Lo extraño no es que quieran renunciar a su origen, a la herencia de sus ancestros; lo que sorprende es su afán por hacerlo público, con la más profunda convicción de que su número de seguro social los hace distintos a lo que eran cuando llegaron y, claro, muy superiores a sus ex compatriotas y al resto de los habitantes del planeta.

Desde aquí uno puede entender su pueril felicidad. Pero no deja de ser un poco caricaturesca esa postura que ni siquiera muchos estadounidenses quieren asumir (al menos quienes han entendido que a veces ser estadounidense es una vergüenza).

Estos nuevos gringos postizos se toman ahora la atribución de hablar en los términos del imperio decadente: “es que ustedes los latinos”, “es que nosotros los norteamericanos”. Da un poco de risa y de lástima también.

Hace pocos días, a raíz de unas de mis columnas acerca del desastre electoral que terminó eligiendo al esperpéntico Donald Trump como presidente de Estados Unidos, un viejo amigo del colegio me escribió para reclamarme por mis comentarios. En su condición de ciudadano estadounidense está “sorprendido” de que “nosotros”, los colombianos, nos preocupemos tanto por el destino de los demás cuando aquí estamos metidos en problemas tan grandes. Con la seguridad que le otorga su pasaporte azul argumentó, pontificó, criticó, defendió (a Trump) y nos mandó a los colombianos, a la mierda.

Miguel, que así se llamaba mi amigo cuando lo conocí en Bogotá y no paraba de comer Chocoramo y Ponymalta, firmó su nota con su nuevo nombre: “Mike”.