Hará cosa de un par de semanas que, en parte gracias al expresidente Uribe, se viralizó un video de Andrés Felipe Arias en el que se le ve al exministro muy triste y acongojado explicándole a quien quiera oírlo la historia de lo que él llama 'su exilio y su destierro'. No voy a entrar aquí en los detalles de su caso, primero porque no los conozco, y segundo y más importante, porque no soy abogado, lo cual me deja sin los elementos de juicio necesarios para considerar si su condena de 17 años es injusta o no. Eso es asunto del juez respectivo. Lo que sí me llama la atención es la forma en la que, con el cinismo más grande, ciertos sectores políticos manejan un doble discurso.

Todos sabemos que Arias se encuentra detenido en una prisión de La Florida en espera de que se resuelva la solicitud de extradición formulada por la justicia colombiana, para que responda por el caso de Agro Ingreso Seguro.También es de todos conocido que Arias era el segundo de a bordo en la nave uribista, y que fue justamente el escándalo de AIS lo que impidió que Uribe lo escogiera como su sucesor en las elecciones de 2010. Finalmente, todos estamos familiarizados con la exigencia del uribismo en el sentido de que, para garantizar un castigo justo, los miembros de las FARC deben ser juzgados por la justicia colombiana, y no por el tribunal especial que se acordó en la mesa de negociaciones ¿Por qué, pues, si todo eso lo sabe todo el mundo, en el video Arias se da el lujo de esgrimir como su principal argumento de defensa el de que la justicia colombiana es una entidad politizada y criminal?

No se entiende. Arias en el video arranca informándonos que su detención, ordenada por un juez, se habría dado cuando su hijo menor 'tenía un mes de edad y el mayor dos años'. ¿Y? Sé que puede sonar un poco rudo, pero ese hecho, por muy conmovedor que parezca, no demuestra la inocencia de nadie. Acto seguido el exministro se dedica a revelarnos una especie de complot generalizado en su contra, versión según la cual todo funcionario que se tropezó con su expediente resultó ser un enemigo encubierto. Al parecer todo el aparato judicial colombiano estaba -y por lo visto sigue estando- lleno de guerrilleros y paramilitares que lo odiaban y buscaban venganza. ¿Imposible? No, pero pero convendrán conmigo en que sí es altamente improbable. Al final del video argumenta que de todos modos él no hizo una cosa distinta a lo que hicieron sus predecesores. Sin embargo, infortunadamente eso tampoco significa nada: si yo me paso un semáforo en rojo ese acto sigue siendo una infracción, más allá de que otros también lo hayan hecho unos segundos antes.

Es fácil ver la enorme incongruencia entre -por ejemplo- lo que ha reclamado su grupo político como una de las razones para oponerse a la firma de la paz y su defensa basada en la inoperancia de la justicia colombiana. Esa institución, a la que su grupo político -y él mismo- acusa de corrupta y criminal, de estar amangualada con el gobierno (o más bien de ser un apéndice de éste), resulta ser la misma a la que considera idónea e insustituible si de juzgar a los miembros de las Farc se trata. ¿En qué quedamos, sirve o no sirve? No se puede defender a capa y espada a las instituciones y al mismo tiempo acusarlas de podridas.

Tampoco encaja ahí ese indignado discurso uribista referente al respeto por la Constitución. Y no encaja porque el máximo jefe de esa colectividad se jacta de violarla repetidamente: por un lado Uribe declara que el tratado de extradición entre Colombia y Estados Unidos no está vigente, y por el otro, sin que se le derrame el tinto encima de la yegua, se vanagloria de haber extraditado a miles. Eso sin mencionar que califica habitualmente al periodista Daniel Coronell de 'extraditable'.

Sin duda es triste la situación de Andrés Felipe Arias. Sin embargo, ni por parte de él ni por parte de su padrino político existe ninguna coherencia entre lo que a su juicio debe ser aplicado en la vida de los demás y lo que pretenden que sea aplicado en las suyas.

Es probable que Uribe lo ignore (y si no lo ignora le importa muy poco), pero Arias, que es un tipo estudiado, debería recordar aquella historia de Crito, el discípulo de Sócrates. Crito, al enterarse de que su maestro había sido sentenciado injustamente a beber la cicuta, prepara su fuga de la cárcel donde espera la muerte. Incluso lo visita con el fin de convencerlo de que debe escapar de esa condena inmerecida. A lo cual Sócrates le contesta que no, que él es un ciudadano de Atenas, que por ese simple hecho esta obligado a aceptar las leyes de la ciudad, y que de no aceptarlas en las ocasiones en las que no le convinieran estaría siendo cómplice de su deslegimitización. Para Sócrates, hacer lo contrario sería echar por tierra la majestad de la justicia. Que es -ni más ni menos- lo que pretende hacer el exministro Arias.

Y que es lo que hace casi todos los días el expresidente y senador Uribe, con la excusa de defenderse de una persecución política.