El martes pasado el presidente Santos anunció en una alocución televisada que el nuevo acuerdo con las Farc, que se firmará hoy en el Teatro Colón, no será sometido a refrendación popular, sino que será tramitado directamente a través del Congreso. Teniendo en cuenta no sólo lo que se juega el país en eso, sino también las razones que llevaron a más de seis millones de colombianos a votar por el No el pasado 2 de octubre, esa era la única decisión sensata posible: volver a dejar el final de la guerra en manos de personas a las que convencen de que un armisticio está relacionado con la orientación sexual de sus hijos no podía ser nada distinto de una idea estúpida.

Pero no bien terminaron las declaraciones del presidente empezó el noticiero del canal RCN, informativo que -como se sabe- fue un feroz detractor del Sí en el plebiscito. Como era previsible, después de registrar fugazmente el anuncio de Santos los presentadores empezaron a editorializar por medio de una frenética ronda de preguntas a conocidos opositores del proceso de paz.

A Martha Lucía Ramírez, una de las inmóviles momias embalsamadas que rodean al senador Uribe cada vez que éste sale ante las cámaras a ponerle palos en la rueda a los acuerdos, le preguntaron que si ella opinaba que la posiciones de los 'representantes del No' eran, como aseguraba el presidente Santos, demasiado radicales. Ella opinó -vaya sorpresa- que no, que oponerse a la elegibilidad de los cabecillas de las Farc en las próximas elecciones presidenciales no tenía nada de radical.

Igual cosa expresó a renglón seguido su jefe, o a quien ella trata como tal: Álvaro Uribe. Lo cual es curioso, porque si Martha Lucía y Uribe y todo el resto de esa Familia Monster estuvieran en realidad interesados en que terminara la guerra, y no en sus futuros electorales, aceptarían sin tantos melindres y trabas el punto de la elegibilidad política. Porque da la casualidad de que esa es justamente la razón que esgrimen esos viejos guerrilleros como la principal y primitiva para haberse alzado en armas: las nulas posibilidades que otras opciones, diferentes a las acaparadoras élites de siempre, han tenido para acceder al poder.

Razón no les ha faltado: ni siquiera habría que rebuscar en pesados tratados de política para comprobarlo, pues cualquiera que lea una simple lista histórica de los presidentes colombianos se dará cuenta de cómo cada tanto se repiten los mismos nombres: los dos Alfonso López, los dos Mariano Ospina (y la ñapa de Pedro Nel), Carlos y Alberto Lleras (y ahora Germán Vargas), Misael y Andrés Pastrana...De hecho, otro de esos pocos apellidos que se han repartido el erario tiene herederos en los dos bandos que se disputan hoy el poder: Juan Manuel de un lado y 'Pachito' del otro, sobrino-nietos de Eduardo.

Pretender que se extirpe ese punto de los acuerdos causaría que todo el trabajo de los últimos cuatro años desembocara en la tan mentada 'paz mal hecha' de la que habla el senador Uribe. Resultaría una paz que niega la solución del problema que originó la guerra. Una paz que se muerde su propia cola. No hace falta ser Einstein para darse cuenta de eso.

Y tampoco se precisa ser Newton para entender que de lo que se trata es de firmar unos acuerdos que de ninguna manera podrían dejar contento a todo el mundo, porque lo que se está negociando es nada menos que el final de una guerra de 50 años. O para aceptar que el presidente no es el senador Uribe (él sólo representa a sus electores), sino Santos, y que fue Santos quien obtuvo el mandato del pueblo para negociar con la guerrilla. Si Uribe quiere derogar o cambiar los nuevos acuerdos a su capricho, primero debe ganar unas elecciones presidenciales, así sea a través de una de sus marionetas momificadas. Y entonces sí impulsar una reforma legislativa.

Porque es un hecho que Santos considera fundamental el punto de la elegibilidad, así haya aclarado muchas veces que no votaría por Timochenko. Él sabe que ahí está la sustancia del acuerdo. Sabe también que Timochenko, debido a sus reprochables métodos, no tiene el menor apoyo popular. Y esto último no sólo lo sabe Santos, sino todo el país. Incluido Uribe y su corte de zombis malencarados, quienes han argumentado una y otra vez que el pueblo rechaza masivamente a esos cabecillas.

Pero entonces es ahí donde surge la pregunta: si Uribe y sus secuaces están tan seguros de esa animadversión generalizada hacia Timochenko y los demás jefes guerrilleros ¿cuál es el problema que ellos ven en que se puedan presentar a la consideración del voto popular con tal de terminar la guerra?

Para no repetir aquí que en realidad no les interesa el final de la guerra, sólo se me ocurre una respuesta a esa pregunta: quizás el problema que verían es que mediante una campaña sucia y llena de mentiras y falacias el nuevo partido político de las Farc lograra darle la vuelta a la tortilla de la intención de voto, y su candidato se convirtiera en un serio aspirante a ocupar la presidencia.

Es que, como ya se sabe, el que las hace se las imagina.