Por: Ricardo Andrés Balcázar Giraldo

Hace cerca de 30 años Paul Kennedy publicó el libro titulado 'Auge y caída de las grandes potencias'. Allí afirmaba que Estados Unidos iría debilitando los cimientos de su hegemonía, como había sucedido con otras potencias a lo largo de la historia, situación que abriría una puerta para el desplazamiento del poder internacional hacia el continente asiático. La obra terminó siendo un reflejo de actual idea generalizada según la cual hoy hay una erosión del poderío norteamericano y un surgimiento de otro polo de mayor poder: China.

En efecto, muchos académicos han estudiado el supuesto declive de la hegemonía norteamericana: desde autores latinoamericanos como Martha Ardila y el presidente del Real Instituto Elcano, Emilio Lamo de Espinosa, quien ha afirmado que China es el nuevo centro del mundo, hasta el exsecretario de Estado americano Henry Kissinger, quien señala en su libro 'China' que desde los setenta la influencia de Pekín en el mundo se ha extendido de manera imparable.

Nadie niega la importancia planetaria que tiene hoy por hoy el gigante asiático, alimentada por el hecho de haberse convertido en la segunda potencia económica del mundo y en el primer exportador, así como por experimentar un crecimiento económico que desde 1991 no ha sido inferior al 6,9%. Sin embargo, en los últimos años Estados Unidos no ha hecho sino fortalecer su posición hegemónica como potencia económica, tecnológica, militar y política: ese país domina, en su mayoría, las industrias más significativas, desde todo lo relativo a las redes sociales hasta la biotecnología; al mismo tiempo la revolución del fracking transformó el país en el mayor productor de petróleo y gas del mundo, sin mencionar que el dólar ahora es utilizado para transacciones financieras internacionales incluso más que hace 20 años.

Las de arriba son apenas algunas de las razones por las cuales hay que preguntarse si en realidad Estados Unidos está perdiendo liderazgo frente al surgimiento de China. Dada la imprevisibilidad de la evolución de los acontecimientos mundiales, resulta imposible responder al interrogante de forma rotunda. Pero aunque es cierto que se acorta la distancia económica y militar de China respecto a Estados Unidos, la hegemonía estadounidense no parece estar en peligro.

A lo anotado antes debemos agregar que, en primer lugar, el índice Elcano de Presencia Global demuestra que, a pesar de las espectaculares cifras de crecimiento del PIB chino, Estados Unidos ocupa el primer puesto de la clasificación en todos los años en los que se ha calculado. Además, en línea con su protagonismo en el desarrollo de la globalización, es el país que mayores incrementos registra en términos absolutos desde 1990.

Por otro lado, aún si el PIB del estado asiático alcanzara una paridad con el de Estados Unidos, la composición de las dos economías no podrían equipararse: China presenta un alto sector rural subdesarrollado, evidenciado en que el ingreso per cápita urbano triplica los ingresos de la China rural. Adicionalmente, en términos de ingresos per cápita (utilizado como indicador de bienestar social) los ciudadanos estadounidenses ganan 74 veces más que los chinos. Sumado a ello, el informe UBS 2016 para el Foro Económico Mundial identificó a Estados Unidos como el quinto país con mayor capacidad de sacar ventaja de la llamada 'Cuarta Revolución Industrial', mientras que China sólo aparece en la posición 28.

Otro elemento a tener en cuenta es la 'riqueza inclusiva', medida que según los eruditos Stephen Brooks y William Wohlforth en Estados Unidos alcanza casi los 144.000 millones en 2010, frente a los 32.000 millones de China (4,5 veces mayor).

De igual forma China necesita acomodarse más que ninguno al sistema mismo, pues depende de los flujos globales para lograr su bienestar económico. Lo que es palpable, en primera instancia, en su rezago frente a Estados Unidos en cuanto a sumar valor a lo bienes y a crear nuevos productos. Al respecto Brooks y Wohlforth señalann que la mitad de las exportaciones chinas son partes importadas, las cuales son reunidas allí y luego exportadas al exterior, en su mayoría para las multinacionales estadounidenses.

Por si fuera poco China depende del mercado norteamericano para sostener su ritmo de crecimiento económico y sus exportaciones, situación que la obliga a financiar el déficit fiscal de Estados Unidos a través de la adquisición masiva de bonos del tesoro, para así impedir la caída del dólar y la consecuente pérdida de competitividad que ello significaría para sus exportaciones (la acumulación de reservas en dólares compromete a China con el sostenimiento del valor de esa moneda y mantiene su ventaja competitiva como país exportador). Además, según un estudio realizado por Li Cui la nación asiática es ahora más vulnerable a los shocks externos derivados de, por ejemplo, la desaceleración de la demanda exterior. Tiene lógica: es una economía basada en las exportaciones, y no en el impulso de la economía interna (mientras en Estados Unidos las ventas al exterior en 2015 representan apenas el 8,34% de su PIB, en China significan cerca del 20,35%).

Un aspecto más que explica la dependencia externa de China, es el actual desempleo masivo en las ciudades costeras ubicadas en sur del país. Lo anterior producto de la caída de las exportaciones, pues estas eran las zonas que, por su condición geográfica, habían experimentado un mayor crecimiento en la última década gracias al despliegue económico chino.

Por otra parte, aunque China quiera implantar nuevas reglas a favor de sus intereses, sigue sin asumir nuevas responsabilidades. Si bien China desafía el orden internacional mediante nuevos
acuerdos internacionales, como su pertenencia al grupo BRICS, su compromiso por apoyar a Brasil e India en la consecución de un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha quedado en papel mojado, pues existe una asimetría en política internacional entre Brasilia y Pekín frente a la posición conservadora del gobierno chino que impide a Brasil ser miembro permanente de ese organismo: a Pekín no le conviene que el bloque occidental.

Tampoco es coherente la promoción de China a un 'ambiente internacional pacífico' en el que se consolide su crecimiento económico con la realidad de que desde 2012 permite que sus farmacéuticas fabriquen copias baratas de medicamentos que están aún bajo la protección de patente.

Llegados a este punto sólo restaría analizar el aspecto militar, pero en este campo. el dominio norteamericano es inigualable. Existen diversas formas para medir esto, pero bastaría sólo una: los portaaviones (la forma más potente de proyección de fuerzas): Estados Unidos opera diez de ellos, mientras que China solo posee uno.

Mas aún: el presupuesto de defensa de Washington no solo es 6 veces mayor al de Pekín, sino que también equivale al gasto conjunto de todas las demás potencias militares. Pero además, Estados Unidos tiene una red de aliados alrededor del mundo, entre los que se encuentran Japón, Corea del Sur, Vietnam e Indonesia, países que circundan el Mar de China. En contraste, China posee sólo un aliado militar: Corea del Norte. La supremacía militar americana, pues, no admite la menor discusión.

De modo que después de analizados todos estos aspectos, aun teniendo en cuenta los rugidos del león que se despierta, e independientemente de las amenazas que le significan el terrorismo y el cambio climático a la sociedad americana (esos sí verdaderos problemas), todo indica que la supuesta pérdida de poderío de Estados Unidos frente al llamado 'Gigante asiático' no pasa de ser un cuento chino.