Sigo sin palabras, negándome a que me arrastre la horda de linchadores de las redes sociales, consternada, infinitamente triste, sin poder pronunciar aún el nombre de esa pequeña, pensando en mis hijos varones, preguntándome qué tan bien o qué tan mal lo he hecho hasta ahora para que no sean unos monstruos y para que mañana, lejos de casa, vivan sin caretas, sin fachadas, sin máscaras. ¿El feminismo que se les ha inculcado en el hogar bastará? Rezo.

Nos están matando, mujeres. Nos están matando desde niñas. Nos están matando por tener vaginas y no penes. Nos están matando porque para muchos seres humanos seguimos siendo un florero, un cenicero en donde apagar las colillas, una pera de boxeo de desahogo, un escupidero de semen. Nos están matando porque no queremos ser propiedad de nadie, porque deseamos viajar solas, con el pelo suelto y la falda corta y la lengua larga. Nos están matando porque no soportan vernos libres.

En fuerza física nos superan, solo en eso. No lo olvidemos nunca. La grandeza no está ahí, busquémosla en donde realmente habita y aprendamos a decir ¡BASTA! ¡NO MÁS!

Un abrazo para todos esos hombres, que son millones, que sienten esta lucha por los derechos de la mujer como suya. Gracias de corazón. Y una invitación a todas esas mujeres que sienten que las activistas son nazis locas, viejas histéricas sin nada que hacer en la vida, odiadoras de hombres, a que lean sobre feminismo, a que se empapen, a que dejen los prejuicios atrás, porque la educación es la única forma de atacar el problema desde la base, especialmente si son madres. El círculo vicioso se debe parar a tiempo para que no germine (prevención), o pica y se extiende desde la misma casa.

Vuelvo a callar. Silencio.