Era una criatura indefensa de apenas 7 años de edad. Era sólo una niña, a quien seguramente sólo le interesaba jugar con muñecas. Hasta que un día cualquiera abusaron sexualmente de ella, la mataron y escondieron su cadáver debajo de un mueble. Del nombre de su asesino y violador nadie se acuerda -si es que alguna vez lo supieron más de diez personas-, pese a que asestó nada menos que 14 puñaladas a esa frágil humanidad. Se trata de Rubén Darío Medina Rodríguez, quien en 2007, mientras visitaba la casa de su madre en el barrio Jardín Altosure de Ibagué, donde también vivía la abuela de la niña ultrajada, perpetró el espantoso crimen.

Un caso parecido acaba de ocurrir en Bogotá el fin de semana pasado. Se presume que Rafael Uribe Noguera hizo exactamente lo mismo a la niña Yuliana Samboní, también de 7 años de edad. Sin embargo, en esta oportunidad el nombre del perpetrador sí está en boca de todo el mundo -de hecho no se habla de otra cosa en las redes sociales-. ¿Por qué? Es decir, ¿qué tenía de particular Yuliana Samboní que no tuviera la niña de Ibagué para que no sólo ni siquiera recordemos el nombre de esta última sino que además nos tenga sin cuidado si su asesino y violador pagó por su delito?

No hay que ser Umberto Eco para advertir que si las ecuaciones mediáticas no están bien planteadas simplemente no le sirven a los intereses de los grandes medios de comunicación. Es evidente que la carrera de ratas para ganar clicks y likes es más intensa ahora que en 2007, cuando sucedió el crimen de Ibagué, pero ese factor por sí solo no alcanza para que se de tamaña diferencia entre los dos sucesos. La variable que en realidad influye, la que marca la diferencia entre ellos, es sin duda la situación económica y la clase social de los protagonistas.

Basta que la víctima o el victimario gocen de cierta prestancia para que los dos pasen de ser una olvidable estadística más a saturar los titulares de los medios y los time-lines de las redes sociales. Mientras que las dos niñas involucradas en los dos casos tenían niveles socio-económicos similares, sus victimarios (uno confeso, el otro presunto) no: el de Ibagué era un maestro de obra, en alto contraste con el de Bogotá, que es un arquitecto de familia adinerada, graduado del Gimnasio Moderno y hermano de un abogado perteneciente a uno de los buffetes más encumbrados de Colombia. Las hienas olieron sangre.

Obvio que ese es el negocio de los mass media. Obvio que esos poderosos conglomerados de medios no son entidades sin ánimo de lucro. Pero también es cierto que se supuestamente deberían cumplir una función social. Eso no sólo dice en la cháchara de sus tales misiones y visiones colgadas en sus instalaciones, sino que es lo que se espera de ellos, dada la inmensa responsabilidad que debería desprenderse de su enorme capacidad de influencia.

Sin embargo, la realidad es otra. Tengo cómo saber, por ejemplo, que hace unos pocos años el director de un prestigioso medio informativo presionaba a su equipo de trabajo para que número a número de la publicación, sin falta, apareciera al menos una nota relacionada con el caso Colmenares. ¿La razón? El estatus de los involucrados, por supuesto: el del principal sospechoso, el de sus supuestas encubridoras y el de la propia víctima. Todos ellos estudiantes de la Universidad de los Andes. ¿Qué habría pasado si fuesen habitantes de una comuna de Medellín? Lo mas probable es que nunca nos hubiéramos enterado del crimen.

Digamos que eso, darle más relevancia a las noticias que tengan que ver con sujetos adinerados o famosos, ha pasado siempre. Lo verdaderamente nuevo y preocupante es la inmediatez de la información y la permanente posibilidad de suministrar nuevos datos acerca del mismo hecho (es prácticamente imposible leer en un dispositivo electrónico una nota completa sobre el caso de Yuliana sin terminar accidentalmente en otra sobre el mismo tema, dada la cantidad de hipervínculos con los que inevitablemente tropieza el dedo).

Porque si a ese fenómeno conocido como retroalimentación positiva, que no es otra cosa que un sistema capaz de alimentarse a sí mismo, le sumamos la explosiva combinación de las redes sociales resultará en la enorme bola de nieve que se estrelló contra la puerta del hospital dónde estaba recluido Uribe Noguera. Allí, supuestos ciudadanos indignados terminaron convertidos en vulgares barras bravas que coreaban estribillos y que, incluso, llegaron al extremo de agredir e insultar a los agentes antimotines que sólo cumplían con su trabajo.

Nadie niega que un crimen de esas características deba despertar la indignación general. Y que ésta se exacerbe en caso de que haya indicios de una injusticia en el horizonte. Pero si ese no parece ser el caso sería mejor no seguirles el juego a esas grandes corporaciones que disparan las armas del sensacionalismo únicamente para incrementar su insaciable afán de lucro. Con lo cual no sólo convierten a gentes comunes y corrientes en feroces perros de presa, sino que los rebajan al mismo nivel de los monstruos que repudian. Si nos consideramos tan ciudadanos de bien lo mejor sería que dejáramos que la ley actúe.

Más aún: si nos consideramos tan atinados en nuestros juicios tendríamos que darnos cuenta de que sólo por el fortuito hecho de que su presunto asesino es un arquitecto adinerado, y no un albañil, RCN quizás pronto nos anuncie la novela de Yuliana Samboní.

Y en cambio jamás produzca la de aquella niña de Ibagué cuyo nombre ni siquiera conocimos.

https://www.youtube.com/watch?v=-HUOXGZlEk8&feature=youtu.be