De la muerte de Yuliana Samboní, lo que no me acabo de tragar es el asombro de los muchos que opinan, de quienes convocan plantones, de quienes linchan con letras escritas o intentan hacerlo con palos y piedras a la salida de hospitales y juzgados. Dicen que no pueden creer lo que ha ocurrido, que los desborda la estupefacción.

Jaime Granados, conocido defensor de políticos de dudosos procederes, afirmó que no defendería a alguien que realice una conducta que es la negación del ser humano”. Es precisamente el fondo de esa frase lo que contamina de falsedad cualquier juicio sobre las causas e implicaciones de éste y de los millones de episodios de violencia que pueblan nuestros días: que la barbarie, que la atrocidad, que la depredación, no son conductas humanas, sino propias de animales o de monstruos fantásticos.

Se entiende que la intolerancia hacia la muerte, la tortura y el ataque sexual hacia una niña pequeña e indefensa sea una muestra de que aún sobrevive en nosotros una mínima noción de moral. Pero la sanción social debe partir de la aceptación de que la humana es la única especie capaz del horror, en lugar de negarlo y después sorprendernos -como si fuese lo más excepcional del mundo- cuando el horror nos roza las narices.

No hay otra manera de contener nuestras ganas de matar al otro, de despojar al otro, de vejarlo, de humillarlo, de esclavizarlo, que renunciar a esa tendencia hipócrita a abrir la boca, como si acabáramos de llegar a este planeta, cada vez que ocurre un empalamiento, una masacre, una mutilación. Mirar para otro lado y voltear la cabeza solo para apedrear a un infractor, como si fuese un extraño engendro contaminado del virus de Lucifer, es seguir en el círculo vicioso donde los culpables son los demás.

La bondad humana es un sofisma. No existen los monstruos que violan y asesinan niñas de siete años. No existen los monstruos. Son hombres y mujeres los que matan, los que torturan, los que mutilan, los que masacran, los que descuartizan. Dirán quienes se ufanan de sus inocencias que se trata de manzanas putrefactas, de elementos dañados, podridos, y que es preciso eliminarlos. Me temo que entre asesinos, violadores, abusadores, rateros, estafadores, despojadores, secuestradores, corruptos (¿o no, doctor Granados?), la purga implicaría ejecutar a la mayoría de los habitantes de este puto mundo.

Engendramos el horror cuando como sociedad no somos capaces de identificar y neutralizar a un sujeto como Rafael Uribe. Engendramos el horror cuando obligamos a la familia de Yuliana Samboní a irse de su tierra para esta ciudad que no quiere a nadie, cuando la dejamos a merced de la maldad que acecha en una camioneta. Engendramos el horror cuando solo nos importan demasiado tarde las niñas pobres de siete años, cuando ya están muertas y rotas y vejadas por un hombre rico. Engendramos el horror y luego queremos lincharlo a plena luz del día.

Es un despropósito nuestro asombro. Es un irrespeto con la niña muerta. Nosotros, los que nunca hemos hecho nada para detener la crueldad de la que estamos hechos, somos los verdaderos monstruos.