Un grupo de taxistas en Santa Marta confunde a un joven futbolista con un asaltante, lo golpean, lo vejan, lo amarran a un Taxi y lo arrastran varias cuadras; en Bolívar, un presunto violador es sacado de un carro de la policía y linchado por la multitud (versión local de Fuenteovejuna, todos a una); una mujer es agredida con ácido y la respuesta es pedir que le apliquen la Ley del Talión; cada tanto vemos en las redes imágenes de cómo presuntos ladrones son rescatados por la policía de ser linchados por los vecinos, que repiten que están hartos de sus robos, y que la justicia los deja libre sin castigo.

Ahora, un supuesto “niño bien” bogotano secuestra a una niña de siete años en un barrio de invasión, la viola y la asesina, en un episodio que hace explotar las redes. Las feministas reclaman a Yuliana como víctima del estado patriarcal de las cosas, los defensores de la ideología de género achacan el crimen a la falta de educación sexual desde niños, hay quien atribuye la autoría del crimen al origen social del victimario, etc. Y antes que la policía o las autoridades confirmen la responsabilidad del presunto asesino se alzan voces pidiendo justicia, castigo, que al convicto no se le debe permitir ningún beneficio, que lo castren, que lo maten, y aparecen multitudes dispuestas a linchar al victimario, repitiendo como un ritornello: “Las autoridades son incapaces de proteger a nuestros niños, nosotros haremos justicia por nuestra mano”.

Eso es, tal vez, la queja común de todos estos actos: la sensación, real o no, de que la autoridad se encuentra desbordada, que la justicia en este país es ineficaz y selectiva en algunos casos, que una persona adinerada o con contactos puede comprar su libertad y salir libre mediante maniobras dilatorias, y después escapar. Si a ello le añadimos que estamos en medio de un proceso de paz donde se hacen generosas concesiones de justicia en la pena de crímenes horrendos, el clima no mejora. Hay que añadir que la sociedad percibe una permanente situación de impunidad que cada tanto vemos inflarse en los medios que viven en busca de la chiva. Siempre me he preguntado por qué el presidente, frente a un crimen atroz, exige a las autoridades policiales respuestas rápidas y pronta justicia. Suena bien, es un golpe de efecto, pero en mi entender el presidente no debe interferir en el trabajo de las otras ramas del poder público, en un claro favorecimiento que viola el principio de igualdad, y que deja la sensación de que solo si tienes a alguien poderoso detrás la justicia funcionará.

Hemos visto estas sensaciones en el caso de la niña Yuliana Samboni: voces que exigen justicia, voces que disfrazan la venganza, voces que tienen ideología y aprovechan este doloroso momento para hacer política barata, y voces que exigen mano dura con los criminales de niños, llamándolos monstruos, carentes de humanidad. Al margen del calor de los hechos, creo que lo único cierto es que hay una niña muerta e indicios muy graves que señalan la responsabilidad de Rafael Uribe Noguera en lo sucedido. Pero no perdamos de vista los hechos: se trata de un crimen, un hecho de abuso sexual infantil que está presente en todas las sociedades, ajeno pues a circunstancias como que la víctima sea mujer, el origen social del victimario o la educación recibida de las partes. La única realidad es la sevicia y asimetría del acto, la clara desigualdad en aspectos como edad y poder, propio del abuso sexual infantil, tema que debe ser tratado como lo que es: una conducta que ante las leyes colombianas es un delito

Me decía un psicólogo clínico que este caso el agresor no es un asesino serial: “La forma de actuar de los asesinos seriales es metódica. Estos piensan y organizan su delito, y en este caso, el acusado dejó muchos indicios que demuestran que actuó con chapucería. Pienso, más bien, que él tenía una serie de fantasías que quiso cumplir, y algo lo frenaba; en este caso, algo se le disparó y esas barreras desaparecieron, cumplió su fantasía y algo salió mal. Si miramos su pasado, es posible que no encontremos delitos, pero si conductas preocupantes (violencia contra la mujer, pornografía infantil, etc.). No es un asesino serial, estaba en camino de serlo, y es una persona con una serie de obsesiones enfermizas, incapaz de sentir compasión. ¿Un monstruo? Sí, el que todos llevamos dentro”

Sí, Rafael Uribe Noguera tiene mucho de monstruo, así como nuestra sociedad parece sacar en estos eventos el monstruo que lleva dentro. Escuchando las voces de protesta pidiendo justicia veía en esas opiniones más sed de venganza que justicia, dolor o frustración frente a lo sucedido, o la sensación de que el sistema de justicia no va a funcionar, y claro, temor. De allí que el caso de Yuliana revuelva ese monstruo informe que subyace en todas las sociedades, aquel que toma justicia por su propia mano porque cree que el estado no los protege, porque el estado es simplemente incapaz, y justificaran su accionar en su necesidad de defenderse. Lo vimos en Colombia con el fenómeno de los paramilitares, que justificaron sus acciones como “legítima defensa frente a un agresor y un estado incapaz”, explicación que aceptamos al desmovilizarlos. Lo vemos en Estados Unidos, con las milicias rurales que consideran al gobierno desbordado en sus competencias. Un Monstruo que subyace en todos nosotros, y que parece listo para salir.

Todo pueblo tiene sus monstruos: Noruega es posiblemente de los países más tolerantes y de mejor calidad de vida, pero produjo a un personaje como Anders Breivik que asesino a 60 personas en protesta por la tolerancia y como señal de la pérdida de los valores noruegos. Alemania ha producido artistas y obras universales, pero también el Nazismo y sus crímenes. Colombia es un país de gente amable, pero dentro de ella habita un monstruo que de vez en cuando aflora. Lo vimos ahora, con las reacciones de la gente. Por el bien de todos es necesario controlarlo, calmarlo. En este caso, estar atentos, exigir que la justicia actúe con eficacia.