Trabajar, trabajar y trabajar. Siempre he creído que la frase anterior y el repetido verbo que la conforma gozan de un excesivo prestigio. La acción que contiene ese verbo no entraña algo positivo en sí misma, y conjugar el verbo así, en infinitivo repetido, como si fuese a la topa tolondra y sin meterle a eso un poquito de sesos, suele desembocar en resultados desfavorables para el sujeto que convierte la palabra en acto.
Cuentan, por ejemplo -y para manosear una vez más el lugar común-, que Hitler era un trabajador infatigable. Sin embargo, la laboriosidad de Hitler no fue beneficiosa para sus abnegados gobernados, que terminaron arrastrados por su líder a una guerra suicida que puso fin a sus vidas. Y ni siquiera para el propio Hitler, quien por andar trabajando tanto acabó propinándose un disparo en la sien.
 
Pero no todo tiene que ser tan dramático, y es posible encontrar casos similares en la cotidianidad de nuestra modesta realidad, sin necesidad de que medien 80 millones de muertos. O al menos no tantos por ahora. Todos sabemos que desde que tomó posesión de su cargo como Presidente de la República en 2002, Álvaro Uribe reencauchó esa frase que -aunque muchos lo ignoren- ya había pronunciado en 1979 Gabriel Ochoa, el DT del América de Cali, para explicar la clave del triunfo de 'La Mechita': "Trabajo, trabajo, trabajo".
 
Recordamos también que después de que el presidente Santos anunció el proceso de paz con las Farc, Uribe montó en santa cólera, pues eso constituía un cambio radical en sus planes de titiritero mayor: durante sus dos gobiernos consecutivos no había podido sacar adelante un proceso de paz, pese a haberlo intentado, y pretendía que Santos siguiera sus órdenes de repartir plomo a discreción como toda fórmula de gobierno. Santos desobedeció y vino la molestia de Uribe, quien no se limitó a dar declaraciones acaloradas en los medios sino que emprendió una incansable campaña de desprestigio al proceso a través de lo que llamó su "pequeño periódico": su cuenta de Tuiter, que contaba con tres millones de laboriosos seguidores.
 
A partir de ese momento todos fuimos testigos de cómo, en una furiosa carrera de notas de 140 caracteres -que se fueron volviendo cada vez más delirantes y disparatadas-, Uribe despotricaba de cualquier asunto relacionado con el proceso de paz. También vimos que fue por medio de ese frenesí de trinos, que empezaba con los primeros gallos y terminaba bien entrada la noche, que Uribe puso a trabajar como burros de faena a sus diligentes simpatizantes: los presionaba para que recogieran firmas destinadas a entorpecer los avances del proceso, para que marcharan una y otra vez bajo un sol de justicia exigiendo la renuncia de Santos, para que organizaran conversatorios dedicados a recolectar votos por el No...
 
Toda esa actividad formidable pareció dar sus frutos el 2 de octubre, cuando por una mínima diferencia los acuerdos fueron rechazados por el voto popular. Pero, como digo, si el trabajo incesante no va acompañado de algo de cerebro suele terminar mal: oponerse con ese denuedo a la paz, un valor que en estos tiempos de hipercorrección política goza de mayor prestigio que cualquier otra cosa, no fue una buena idea, por más vigor con el que se pretendiera sacar adelante.
 
Apenas 96 horas después de la derrota en el plebiscito el comité noruego respectivo concedió el Premio Nobel de la Paz al presidente Santos. Y según declaraciones de Berit Reiss-Andersen, vicepresidente del Comité del Nobel, el galardón le fue otorgado al gobernante colombiano para "darle todo el apoyo internacional a un proceso que estaba casi muerto". Apoyo que le alcanzó a Santos no sólo para conseguir un nuevo acuerdo con las Farc en un tiempo récord, sino para que la Corte aprobara hace un par de días el llamado 'fast track'.
 
Así que todo ese trabajo de buey de yunta, todas esas fatigosas tareas a las que se dieron durante cinco años Uribe y sus seguidores, todas esas camisas empapadas de sudor bajo la canícula, aparte de que finalmente no lograron evitar la refrendación del acuerdo, sólo consiguieron darle el empujón que necesitaba Santos para obtener el premio.
 
Sin esa dedicación, sin esa pujanza, sin esa laboriosidad no habría ganado el No, y lo más probable es que el momento Nobel de Santos se habría perdido para siempre. Gracias, pues, al brioso esfuerzo del uribismo Santos, el personaje más odiado por esa colectividad, pasará a la historia de la humanidad, y quedará registrado en los libros como el presidente más importante de Colombia: el que acabó con la guerra más larga y sangrienta y el que, además, recibió la distinción mas alta que puede recibir un ser humano.
 
Los refranes sabios perduran en el tiempo, y en este caso luce especialmente acertado aquel que dice que "nadie sabe para quién trabaja".