"Estamos hablando de una magistrada que sale con un disparate con base en las declaraciones de una persona que no estaba en sus cabales, porque nos dicen que el doctor Vélez estaba con tragos y se comporta como un mitómano”. Esas fueron las declaraciones que dio a El Espectador el senador por el Centro Democrático Ernesto Macías, refiriéndose respectivamente a la funcionaria del Consejo de Estado que admitió la demanda encaminada a invalidar los resultados del plebiscito y a Juan Carlos Vélez Uribe, gerente de la principal campaña por el No.

Declaraciones por medio de las cuales el Centro Democrático conservó intacta su sólida tradición de dar explicaciones estúpidas a las continuas fechorías que cometen sus miembros, las que con frecuencia incluso contribuyen a terminar de hundirlos. Porque sí, en efecto, así como lo asevera el senador Macías, Vélez Uribe debe ser un mitómano, pues sólo un mitómano podría inventar tantas mentiras en torno a un proceso de paz que busca acabar con una guerra que ha dejado más de dos millones de víctimas a lo largo de cincuenta años.

Pero Macías no fue el único de las huestes uribistas que brincó al conocer la decisión del Consejo de Estado: "Habría que anular todas las elecciones que se celebran en Colombia", replicó otro por ahí. Opinión que no hace sino fortalecer lo que afirmé en el párrafo anterior, porque mentir al electorado es un delito tipificado en el Código Penal. Y se castiga con cárcel. Sería equivalente a que un homicida exigiera no ser condenado argumentando que aquí en Colombia se asesina gente todos los días.

Es muy probable que lo que diferencie a este caso de las demás votaciones es que en esta oportunidad alguien interpuso una demanda. La cual, a su turno, pudo soportarse en el hecho de que por primera vez en la historia uno de estos vendedores de humo que prometen esta vida y la otra durante las campañas, o que auguran cataclismos sin nombre -como ocurrió en la del plebiscito-, incurrió en la estupidez de confesarle a la prensa sus patrañas. El Consejo de Estado está, pues, actuando conforme a la ley. Y sienta así una jurisprudencia que no puede ser sino beneficiosa para la democracia.

Todo esto me recuerda una nota de prensa en la que el italiano Umberto Eco cita a Jonathan Swift. Este escritor irlandés publicó en 1712 un panfleto titulado 'El arte de la mentira política' el cual, aparte de darnos luces sobre el tema que nos interesa aquí, deja en claro que Goebbels no es el artista del embuste que todos pensábamos. Si acaso es un pintor copión. (Y Álvaro Uribe, un caricaturista de poca monta). Dice Eco que dice Swift: “frecuentemente pasa que si la mentira es creída sólo por una hora, ya ha hecho su trabajo... La falsedad vuela, y la verdad va cojeando tras ella, de forma que, cuando los hombres dejan de estar engañados, es demasiado tarde”.

¿Suena familiar? Así, tal cual, se manejó una de las campañas dedicadas a echar abajo los acuerdos de paz, según confesó su propio gerente, el señor Vélez Uribe. Dependiendo del público y de la región, él diseñaba un engaño particular, cuidadosamente elaborado. Mentiras referentes al futuro venezolano que nos espera destinadas a costeños. Mentiras acerca de la pérdida de los subsidios y pensiones -que en adelante serían entregados a los guerrilleros- destinadas a pobres y ancianos. Mentiras sobre el pasado político de Juan Manuel Santos destinadas a la clase alta. Etcétera.

Mentiras, incluso, según las cuales había que proteger a los niños de una dictadura basada en la ideología de género, que a la postre los convertiría en homosexuales. (En cambio, cuando en realidad debieron protegerlos de la mórbida obesidad, firmando la ley que grava las bebidas azucaradas -bebidas éstas cuyo principal fabricante es el grupo empresarial que también es propietario del uribista telenoticiero RCN-, el Centro Democrático respondió con su proverbial 'no').

En el mismo artículo Eco parafrasea a la teórica política alemana Hannah Arendt, quien en “Mentir en la política: reflexiones sobre los documentos del Pentágono”, un ensayo de 1971 publicado en The New York Review of Books, argumenta que mentiras de ese tipo, sistemáticas y de grueso calibre, constituyen "un insulto a la realidad que, cuando llega a ser tan extendida, lleva a un estilo patológico de política."

Se queda corto, pues, el senador Macías al calificar de mitómano a Vélez Uribe, el hombre que los llevó al triunfo en el plebiscito y el también otrora flamante candidato uribista a la alcaldía de Medellín. Porque es un mitómano, sí, pero quizás también es un enfermo mental, un sádico que apuesta por la guerra. Se queda corto, repito, en ese calificativo que le endilga, pero definitivamente no se va de largo cuando afirma que en el momento en que Vélez Uribe dio esas declaraciones a la prensa estaba borracho. Hay que creerle: todo el mundo sabe que los borrachos siempre dicen la verdad.

Y esa, que engañaron al electorado, es quizás la única verdad que el gerente de la campaña uribista por el No ha dicho en mucho tiempo.