“Mi corazón y mis intenciones me dicen

Que es cierto, pero los hechos y las pruebas

Me dicen que no lo es

Ronald Reagan

En los medios académicos  internacionales dedicados a los estudios sociales y la política la palabra de moda es Posverdad (Post-Truth). De hecho, el diccionario Oxford la señaló como la palabra en inglés del año, en gran medida para explicar fenómenos como el Brexit, la elección de Donald Trump, el avance en Polonia del partido Justicia y Libertad o, en un terreno más local, el rechazo al acuerdo de Paz con las Farc en Colombia.

La Posverdad es una situación en donde el debate político se enmarca en una serie de apelaciones a la emoción, las insinuaciones, las medias verdades o la mentira, desconociendo los hechos fácticos, las verdades y los detalles y minucias de la política.  En esta situación las ideas similares se magnifican y las réplicas simplemente se minimizan o ignoran. Los hechos posteriores, que impugnan o contradicen nuestro punto de vista, simplemente se pasan por alto o se acomodan. Se trata de una relativización del papel de la verdad en la toma de decisiones.

Lo voy a explicar con un ejemplo personal: Participo en un chat  de Whatsapp con un grupo de compañeros de colegio,  algunos de ellos críticos con la gestión de Santos y el proceso de paz. La concesión del Nobel de Paz al presidente fue vista como un acto de intromisión en los asuntos internos, o como una negociación para que Noruega obtuviera algunas zonas para explotación petrolera. Los desmentidos públicos de la Primera Ministra ratificando la independencia del Comité del Nobel y el gobierno no convencieron a ninguno de ellos. Las reacciones fueron de dos clases: “Claro, no va a decir que negoció el Nobel”, o “Ese gobierno es de izquierda y el socialismo  internacional  uno de los más interesados en que siga la entrega del país a las FARC”. Al final, pese a los hechos y a la inexistencia de enlaces probados entre los dos hechos, no cambio la opinión de ninguno de los críticos, obsesionados en sostener su punto de vista.

Para muchos observadores, la elección de Donald Trump, o el Brexit, es una señal de que el mundo está entrando en una era de “Política posverdad”.  Donald Trump dijo una mayor cantidad de falacias y mentiras en sus declaraciones que cualquier otro candidato en la historia de las elecciones de EEUU (un 70 %, según las estadísticas); sin embargo, ello no hizo mella en la opinión de los votantes, que eligieron a un candidato que sabían que estaba  mintiendo o exagerando. Quienes lo apoyaron eran indulgentes con él y lo excusaban con frases como: “Exagera un poquito”, “Dice lo que muchos pensamos”, “Bueno, tal vez es cierto que todo lo que dice no es verdad, pero todos los políticos mienten de una forma u otra”.  Trump mismo se acomodó a los hechos afirmando que cuando habló de construir un muro entre México y EEUU, “lo decía de forma metafórica”, o que quizás, “si exagero un poco al afirmar que México solo nos envía violadores y asesinos”

Un aspecto importante de la  política posverdad es sonar veraz, en vez de la verdad misma, así sea escudado bajo licencias literarias, lo cual es de por sí grave. Ya interesan menos los hechos, las conclusiones independientes, las posibles realidades, ahora todo debe parecer verosímil.

Es difícil creer que en la política la verdad sea fundamental, de hecho pienso que no: Maquiavelo recomendaba que El Príncipe no debía dar tanta importancia a su palabra, y en cambio era necesario que buscara apoyos mediante la astucia o los halagos. Todos los políticos han mentido a la prensa y al pueblo en algún momento. Antes, sin embargo, se apoyaban en la verdad para reafirmar sus decisiones. Hoy, el poder de los hechos, y la verdad como herramienta para resolver los asuntos de la sociedad, se han reducido de forma preocupante.

La política de la posverdad es más que una invención de ciertas élites que se ha desbordado. Aquí la verdad no es falsificada, ni disputada, sino que pasa a ser de importancia secundaria. El propósito de la mentira política era crear una visión falsa del mundo. Las mentiras de personajes como el Sr. Trump no funcionan así. No pretenden convencer a las élites, grupos en quienes sus votantes no confían ni quieren, sino reforzar los prejuicios. Todo ello repitiendo frases o ideas que suenan bien o que, creen,  “deberían ser verdad”.  Como por ejemplo, insinuaciones: “Muchas personas creen…..”.  “Ellos dicen que……” “Un gran porcentaje de los ciudadanos…..” “Debe ser que la gente……”. Si  la distancia entre los hechos  y lo que se “siente verdad” es grande, una teoría conspirativa puede ser útil para justificar cualquier cosa (recuerden a mis compañeros de Whatsapp).

Esto no es nuevo: La palabra Posverdad y su primera definición fue acuñada en 2010 en un blog, aunque su uso se remonta a 1992. Cabe preguntarse cómo ha sucedido tan rápido. La tecnología tiene mucho que ver. La creciente fragmentación de las fuentes de noticias ha creado un mundo atomizado en el que las mentiras, la información interesada, los rumores y los chismes se difunden con una velocidad alarmante. Las mentiras se comparten ampliamente en línea dentro de una red social, cuyos miembros confían más en ellos mismos de lo que confían en cualquier fuente de medios convencionales,  y pueden asumir rápidamente la apariencia de la verdad.

Hay otros aspectos: El desprecio a los expertos, por ser ajenos a la realidad cotidiana (como señaló un partidario del Brexit: “Estamos hasta aquí de expertos”); la desconfianza en los partidos y élites, por corruptos y poco representativos (buena parte del discurso político exitoso hoy es “Antisistema”: grupos como Podemos, o el Partido pirata en Islandia, se presentan como ajenos a la política partidista habitual). Otro aspecto, claro, son las mentiras descubiertas de los políticos: Bush Jr. e Irak, por ejemplo. La mentira, pero sobre todo la falta de verificación, ha sido fundamental para la creación de este clima.

Dados los sesgos, sigue siendo sorprendente cómo la gente puede todavía llegar a acuerdos sobre hechos, sobre todo en la política. O tal vez no: el ejercicio político sigue a pesar de la polarización de los hechos. Lo vemos con el referendo sobre la adopción de niños por homosexuales, o el No en el referendo; parte de la sociedad no queda contenta, y los hechos parecen acomodados a intereses particulares. Las sociedades maduras han desarrollado instituciones que permiten cierto nivel de consenso sobre lo que es verdad. Claro que esta infraestructura está lejos de ser perfecta y se presta para abusos o establecer verdades donde hay poca evidencia.

Lo que tenemos ahora es un sinnúmero de voces opinando sobre lo humano y lo divino. Esta pluralidad de voces no es mala en sí; sirvió para alimentar la Primavera Árabe, destapar la corrupción en Brasil o Malasia,  hacer caer al gobierno de Islandia en la crisis bancaria y propiciar cambios en los países. Lo importante es que las personas entiendan que la información que les llegue para tomar decisiones sea cierta, pertinente y verificable. Fruto de mucho de lo sucedido, redes sociales como Facebook han comenzado a desarrollar algoritmos para detectar noticias falsas y se desarrollan programas para detectar robots detrás de cuentas en redes sociales.

Es difícil no pensar que la aparición de una sociedad donde va a existir una  política posverdad es riesgosa porque relativiza el papel de la verdad. Una indiferencia real frente a los hechos. Nos estamos deslizando de algún modo hacia una sociedad en la que no se puede confiar ni en cuestiones de juicio, ni en cuestiones de hechos. No veo factible vivir en un mundo así. Nuestra civilización se ha construido sobre la evidencia (de la cual la ciencia es ejemplo acabado), los hechos y la razón, por encima de la magia o la espiritualidad. Abandonar estos pilares es volver a la oscuridad.

(Imagen tomada de https://observatoriodemediosicos.files.wordpress.com)