Si las elecciones se llevasen a cabo en mi cuenta de Facebook, Claudia López -que se lanzó al ruedo presidencial antes de ayer- ganaría la contienda en la primera vuelta. Pero desgraciadamente, y pese a que yo agrego a mi lista de amigos a cualquiera que lo solicite, para así ampliar el radio de acción del debate -que es lo que a mí, en últimas, me interesa-, la mayor parte de mis contactos comparte gran parte de las ideas que intento afirmar a través de mis posts de carácter político: ideas liberales, inclusivas, pacifistas y tolerantes. Cosas del algoritmo que controla esa red social, según he leído por ahí. Pero -otra vez por desgracia- Colombia no es así.

Ahora bien, no se trata de que la mayoría de mis contactos de Facebook y yo seamos mejores personas que quienes profesan ideas diferentes o contrarias a las nuestras, sino que simplemente vamos más a tono con los avances sociales que se basan en una visión mas científica y racional de la realidad (nazismos y otras yerbas cientificistas aparte), en contraposición a quienes se identifican con la visión que se sustenta en la religión, la superstición y las creencias mágicas. Es la dialéctica de la historia, según Hegel. No pretendo descubrir aquí el agua tibia.

Es, pues, el viejo enfrentamiento, la tesis y la antítesis (reaccionarios y progresistas en este caso), que debe dar como resultado una síntesis. Y la bandera de la campaña de Claudia López bien podría calificarse así: después de dos décadas de estar dando bandazos entre las balas y la salida negociada como soluciones alternadas a la situación del país, la lucha sin cuartel contra la corrupción -que es la principal causa del conflicto armado- parece ser la clave que concilie a esos dos extremos. Es, en apariencia, el punto de común acuerdo entre los dos bandos, el que provocaría un avance social.

Sin embargo, como dejé entrever arriba, y por muy acertado que parezca su tema de campaña ante los ojos de todos, sus posibilidades de triunfo son nulas. Y esto, que parece una paradoja, es en realidad la historia repetitiva de este país: por un lado está la inveterada y encubierta habilidad de la clase dirigente colombiana para desplazar al enemigo verdadero (la corrupción) hacia un chivo expiatorio (la guerrilla, que en realidad es una consecuencia de la corrupción). Pero además, en el caso de Claudia López entran a jugar dos ingredientes adicionales: el hecho de ser mujer y el hecho de ser gay.

Ante ese escenario, la fuerza que tira hacia adelante se ve superada con creces por la otra, la que pone el freno, la que busca que las cosas se queden como están. Es en ese punto en el que toda la abrumadora evidencia científica que indica que no hay seres humanos más capaces que otros -independientemente de su género, su raza, su orientación sexual o su origen social- se estrella de frente con algún fragmento de un libro contradictorio e inmutable escrito dos milenios atrás.

No creo, por ejemplo, que haya en Colombia más de 100.000 mujeres que voten por Claudia López. Las mujeres de este país son mucho más homofóbicas y machistas que los hombres. Y si ella ni siquiera puede esperar algo de discriminación positiva por parte de su propio género -en aras de equilibrar un poco la balanza- es evidente que esa candidatura empezó a hacer agua desde el mismísimo momento en el que zarpó.

Más aún: un país que acepta realizar el referendo homofóbico y retrógrado propuesto por Viviane Morales (¿lo ven?), el cual con toda seguridad ganará ella, no tiene espacio para que una mujer gay sea elegida presidente. La primera descarga de profundidad que recibirá esa endeble embarcación irá por cuenta de la risible pero efectiva teoría conspirativa que habla de una dictadura comunista-homosexual, la cual ya jugó a favor del No en el plebiscito.

Así las cosas, se esfuma la posibilidad de que salga elegida una candidata que ha demostrado ser honesta y transparente, y que además no tiene pelos en la lengua para cantarles las cuarenta a los intocables de este país. Ella ganará sólo en mi cuenta de Facebook, como dije arriba. Pero en el resto del país arrasará otro. Otro que, como van las cosas, saldrá del cajón de los muñecos de un maléfico titiritero, o que en el 'mejor' de los casos se personificará en un abusivo señor feudal que corrige a cocotazos a las personas que arriesgan sus propias vidas para salvar la de él.

Que entre el Diablo y escoja.

(Imagen tomada de http://www.rcnradio.com/)