Los años que siguieron al fin de la dictadura militar significaron para el cine argentino un momento en el que los realizadores pudieron expresar con libertad los temas y preocupaciones sociales que tenían.  Algunas de esas preocupaciones fueron el exilio, tanto interior como exterior, en títulos como Tangos, El exilio de Gardel o Sur de Fernando Solanas, Plata Dulce y Pasajeros de una pesadilla de Fernando Ayala;  la crueldad de la represión con títulos como  la premiada Historia Oficial de Luis Puenzo o la Noche de los lápices de Héctor Olivera;  la metáfora de los años de la dictadura en Darse cuenta, de Alejandro Doria.

Hubo también, en este clima de libertad  recién adquirida, lugar para trabajos históricos como Camila, de María Luisa Bemberg  (descendiente del fundador de la Cervecería Quilmes); coproducciones como La amiga de Jeanine Meerapfel; ensoñaciones y lecturas poéticas como los trabajos de Adolfo Aristarain; e incluso para el drama de ciencia ficción, con Hombre mirando al sudeste de Eliseo Subiela

Son muy diversas las lecturas  de esta última cinta, que cumplió 30 años en el 2016.  Podría afirmarse que la película es plurisignificativa, en la medida en que el espectador identifica varios propósitos, a lo mejor no tenidos en cuenta por el autor: la narración de la manera  indiferente y carente de afecto en la que son tratados los pacientes en un hospital psiquiátrico; la crítica de la sociedad ante la indiferencia del sufrimiento de los otros  (expresado de manera magnifica en la escena del doctor que escucha al paciente con displicencia y reconoce que no le importa ese sufrimiento); las injusticias que se encuentran todos los días.  Incluso puede leerse como un cuestionamiento del carácter racional de la ciencia, incapaz de aceptar razones más allá de su propia lógica.

La historia principal ocurre en un sanatorio mental de Buenos Aires, donde un psiquiatra, un hombre separado que toca el saxofón por las noches, descubre de un momento a otro que en vez de 32 pacientes, tiene 33.  El nuevo paciente, que dice llamarse Rantes, no tiene antecedentes y los intentos de identificarlo resultan fallidos. El doctor escucha a Rantes decir que es un extraterrestre, que está en el manicomio para entender la estupidez humana, según él, el arma más asesina que tiene el ser humano, y lo ve cada tarde parado en trance en el patio del asilo mirando al sudeste, según él enviando y recibiendo mensajes de su gente.

Ante la insistencia del doctor, Rantes le dice que es un holograma perfecto, similar a un humano salvo por el detalle de que es incapaz de sentir. Este episodio desencadena una serie de recuerdos que lo llevan a la Invención de Morel, de Bioy Casares, por lo que descarta que el paciente es un extraterrestre.  Entretanto, los internos comienzan a seguir a Rantes como si fuera Jesus. Hábil con la música, crea su propia escritura con un sistema de jeroglíficos, y da muestras de nobleza ayudando a otros enfermos. Trabaja en el laboratorio de patología disecando cerebros para entender su funcionamiento.

Con el tiempo la sensación de que el mas cuerdo en ese manicomio es Rante. Aunque niega tener sentimientos su capacidad de empatía se manifiesta cada vez más y lo expresa de forma magnifica en un monologo:

La naturaleza solo permite un desarrollo muy lento, favorece más fácilmente un cambio de especie que un cambio de conciencia, yo soy más racional que ustedes, respondo racionalmente a los estímulos, si alguien sufre lo consuelo, alguien me pide ayuda se la doy, ¿por qué entonces usted cree que estoy loco?”

Un día una mujer joven e igualmente misteriosa, Beatriz, La Santa, viene a verlo. Ella le dice al doctor que conoció a Rantes cuando hizo un trabajo para una iglesia. Ellos llevan a Rantes a un concierto donde se interpreta la Novena de Beethoven, y Rantes, poseído por la música, sube al atril para dirigir la orquesta mientras en el manicomio los enfermos hacen una fiesta con sonido de la música. Rantes tiene éxito, pero también escándalo; el doctor es presionado por sus superiores para que lo medique y termina accediendo. Desesperado, el doctor acude a Beatriz buscando una explicación;  tienen relaciones sexuales y en la escena ella bota un líquido azul por la boca, lo que parece decir que ella también es un ser extraterrestre.

A Rantes se le comienzan a aplicar sedantes, lo que provoca finalmente su muerte debido a un ataque al corazón, dejando al doctor y a todos con un misterio sin resolver acerca de su identidad. El médico, por haber “dado muerte a Rantes” ha quedado como un “Pilatos del presente”.

La idea de utilizar un psiquiátrico le sirve a Subiela para hacer una crítica de la sociedad argentina que ha vivido años de represión y locura. Todo ello contado con elementos poéticos, la asfixiante música de Pedro Aznar, las imágenes laberínticas y minimalistas del hospital, el papeleo burocrático, que son para el autor atraso, dependencia y subdesarrollo.

Todo eso en un tono de melancolía, quizá heredada de la infancia del autor,  vivida en una casa a oscuras durante el día, con una madre que sufría de fuertes dolores de cabeza y un padre que evitaba expresar sus sentimientos porque sufría del corazón. Ese niño buscó refugio en el cine; ese niño que fue Subiela, quizá por esa infancia triste, se acomodó tan bien en una sala de cine o en un teatro.

La película recibió el elogio unánime de la crítica de su país, que observó la carga simbólica del relato y sus complejidades. Uno de los elogios que menos le gustaba definía bien el relato: “No pareces haber hecho una película argentina”. Pasó algo desapercibida internacionalmente, en buena medida por el éxito arrollador de La Historia oficial.  Sin embargo, a Subiela le permitió embarcarse en proyectos como No te vayas sin decirme adónde vas, (con mucho de homenaje al cine y el teatro) y alcanzar el reconocimiento internacional con El Lado oscuro del corazón, donde, a través de la poesía de Oliverio Girondo, con elementos surrealistas, narra la historia de un poeta que busca una mujer que lo haga volar.

Eliseo nos dejó el 25 de diciembre pasado; minutos después nos enteramos de que George Michael se había ido también.  Los elogios de los periódicos inundaron las redes. Como La historia oficial y Hombre…, una cosa opacó a la otra. El mundo recordó a Eliseo con un titular similar a “Murió el director de El lado oscuro del corazón”.  Sin embargo, en Argentina lo  recordaron de otra forma: “Murió Eliseo, el director de Hombre mirando al sudeste”.  Se fue como vivió, discreto, dos días antes de cumplir los 71 años. Ayudó a volar al cine argentino, mientras miraba al sudeste.

(Imagen tomada de http://www.elciudadanogba.com/