Resulta que Bogotá está enfrascada una vez más en la discusión sobre si la revocatoria del alcalde es procedente, útil o seria. Todo lo que tiene que ver con la persona que llega a gobernar la ciudad -su simpatía personal, los odios que suscitan sus ejecuciones y hasta su forma de peinarse- se ha convertido en un espectáculo ramplón e irresponsable, en la manera en la cual los ciudadanos quieren exhibir a toda costa su recién estrenado “empoderamiento”. Ya lo vimos cuando a Petro, un alcalde inepto y soberbio, quisieron tumbarlo sin éxito y sin razones. Lo vemos ahora con Peñalosa, mucho menos inepto e igual de soberbio, al que quieren revocarle el mandato 12 meses después de su posesión.

De manera que el bendito “pueblo soberano” elige a algún fulano para que gobierne y a las pocas semanas lo quiere echar a la calle. Parece un chiste. Ni pueblo ni soberano ni nada decente somos. Si acaso un puñado de alguna cosa jugando a los demócratas, como si la democracia supusiera poner y quitar alcaldes y gobernadores y presidentes y senadores cada seis meses.

Como en su momento fue un despropósito pretender revocar al anterior alcalde, lo es el querer hacerlo ahora con el actual. No porque sean buenos o malos, perversos o bondadosos, utopistas o gerentes, sino porque la herramienta de la revocatoria no puede convertirse en un instrumento de retaliación política, usado en clave de manipulación cada vez que se nos de la gana.

¿Dónde estaban los indignados cuando Samuel Moreno, su familia y sus amigos se llenaban los bolsillos? ¿Será que como el convicto exalcalde era tan apocado, tan poco carismático, una sombra, una cara inofensiva, no merecía la atención de la masa responsable que vigila a los servidores públicos con tanto celo, y por eso lo dejamos robarnos hasta la camisa?

Las personas que firmarán la iniciativa para revocar el mandato de Enrique Peñalosa, al igual que las que promovieron sin éxito la salida de Gustavo Petro, no tienen la más mínima idea de lo que hablan. No son capaces de analizar los bemoles de una gestión tan compleja, no están preparados para interpretar cifras, para interpretar planes de desarrollo y de inversión, para juzgar las dinámicas políticas implicadas en el manejo de una ciudad tan grande como un país. Se dejaron y se dejarán manipular por la nueva ola de la propaganda sucia disparada en Twitter por las manos negras que han comprendido lo fácil que resulta en este país conseguir seguidores al por mayor para sostener sus oscuros intereses.

Revocar a un alcalde un año después de haberlo elegido, basados en lo que algunos publican en Twitter, es impresentable. Ya veo a dos o tres diciendo, con la seguridad que da el saber: “Yo si sé de lo que hablo”, “Peñalosa va a destruir la ciudad”, “Todo es una conspiración para favorecer a un primo suyo que es socio de Volvo?“, “¿No se han dado cuenta que desde que subió al poder llueve más? Dos o tres lo dirán y diez o doce lo repetirán y en poco tiempo ahí estarán las firmas de la democracia, puestas sobre la mesa de los engreídos que creen que su estupidez servirá de algo.