En la mañana del Lunes 5 de Marzo de 1984, en medio de las festividades de Carnaval, la ciudad de Barranquilla se despertó con la noticia del triple homicidio de tres mujeres de la familia Kaled: la abuela Lucía, la hija Nina y la nieta Lucía Fernanda, de 16 años. Habían sido asesinadas a trancazos. Partículas de masa encefálica y sangre quedaron esparcidas en varios cuartos de la casa, que además había sido saqueada.

El horror del crimen despertó pronto las habladurías de la gente, que se resumieron de manera magnífica en un titular de El Heraldo que indicaba que el horrendo crimen solo podría haber sido cometido por “drogadictos y aberrados”. La policía acometió a la investigación y pronto resolvió el caso: fue capturado el estudiante de medicina Miguel Ángel Torres Socarrás, amigo de la señora Nina, quien confesó haber cometido el crimen drogado, “de repente y sin ningún impulso”, con una de las trancas de madera de la puerta de la casa.

La noticia de que había sido un crimen cometido de repente, bajo los efectos de los alucinógenos, dejó a la sociedad estupefacta y pronto comenzaron a correr historias que daban una versión diferente de los hechos. Se habló de una relación de carácter íntimo entre Nina y Miguel Ángel, la gente señaló que era imposible que el muchacho de 20 años pudiera matar por su cuenta a tres personas, por lo que seguramente había otras personas implicadas; sin embargo, Torres ratificó que el crimen lo cometió solo, pero eso no aplacó las habladurías. Se dijo que ocultaba a personas poderosas, supuestos amigos suyos, compañeros de estudios de universidad, o que consumían drogas con él, que le pagaban dinero para que el cargara con el muerto.

Las noticias volaban. Se escarbó en la vida de Miguel Ángel y se encontró que había sido abandonado por su padre, que consumía desde hace años drogas, que un comerciante le pagaba los estudios universtarios (lo cual dio pábulo a habladurías sobre la supuesta naturaleza de esa relación: que el muchacho y su benefectaor eran amantes, que amante de su madre, que era su verdadero padre).

Hubo también lugar para los chistes crueles: “Te vas a ganar un socarrazo”, en alusión a un golpe, se hizo popular en esa época; “Premio para hoy: una noche de amor con Campo Bornacelly en compañía de Torres Socarras” (1). La Universidad del Norte, donde estudiaba Miguel Ángel, fue rebautizada Unitranca, cosa que llevó al rector a emitir un mensaje a la comunidad universitaria pidiendo encarecidamente evitar esos bromas.

Años más tarde Torres fue juzgado y la ciudad se conmovió con ese joven de gafas, de apariencia estudiosa, que se presentaba al juicio como abandonado por su padre, como un luchador de la vida, que estudiaba con grandes dificultades. La simpatía los llevó a pensar que Torres tenía que ser inocente. En un episodio que tiene mucho de circense, las emisoras locales retransmitían el juicio, contando cómo el defensor, un abogado famoso por su gordura, debía consumir dulces para controlar la hipoglicemia que padecía mientras pedía la absolución envuelto en la bandera de Colombia, condimentando su alegato con citas de grandes juristas como Lombroso o Ferri, mientras los periodistas encuestaban a la audiencia preguntando si el caso tenía “cañaña jurídica”.

Al final, después de un juicio que duró varios meses, las evidencias perseveraron: Torres Socarrás fue encontrado responsable de la muerte de las tres mujeres y sentenciado a 24 años de cárcel, la pena máxima de la época. Cumplió algo más de 12 años de condena y salió libre. Se había retractado de la confesión inicial, proclamando su inocencia, y jurando que otros habían cometido el delito. Sin embargo, jamás señaló a alguien con nombre propio, y al final para la justicia él fue el responsable de este horrendo crimen. Para muchos, aún hoy, algo quedó oculto en el caso.

Todo esto que describo lo viví. En esos años estaba en la Universidad del Norte y caí, como todos, en la maraña de rumores, chismes y maledicencias que surgieron. Sin embargo, cambié de opinión de forma radical después de leer A Sangre fría, de Truman Capote. Más allá de la gran calidad del texto no pude dejar de pensar que Holcomb, el pueblo donde se cometió el crimen de los Clutter, había reaccionado de forma similar a Barranquilla: negándose a creer en la sinrazón del crimen o en lo fútil que sonaba la explicación. Para la justicia había sido un asesinato a sangre fría, por unos pocos dólares y un radio, que mostraba un acto ocurrido de manera fortuita, sin mayor explicación. No, no podía ser, se decía la gente, los vecinos; debía haber algo más: se encubría a alguien, es una venganza, hay un cerebro detrás del crimen. ¿Pero lo había? Para la justicia, al final, no. Para las autoridades todo crimen tiene una explicación, casi siempre las más obvia, y no necesariamente enredada, o compleja. A los ojos de la mayoría, puede ser trivial el motivo, eso solo aumenta el horror.

Por eso, cuando hay casos que llaman la atención de la sociedad, como el caso de Luis Andrés Colmenares, estoy en contravía de esa opinión que juzga y condena a las acusadas. Es cierto que es un caso diferente que creemos encierra grandes enigmas, pero es ncesario preguntar si existen esos enigmas. ¿Sí fue asesinado Luis Andrés Colmenares? ¿Quiénes son los supuestos asesinos que encubren Laura y Jessy? ¿Tan poderosos son que estas muchachas han preferido guardar silencio y soportar el chaparrón jurídico, renunciar a posibles beneficios, esperando un incierto resultado jurídico? ¿Son tan hábiles los asesinos en no dejar huellas, que la justicia ha sido incapaz de encontrarlos? A estas preguntas, la respuesta que me doy es que no existe ningún enigma. Luis Andrés se emborrachó, tuvo un desafortunado accidente y quedó una familia que necesita un culpable para sanar, y en busca del culpable que explique lo sucedido han enredado a esas mujeres en una maraña jurídica interminable.

Como en el caso de las Kaled hay una nube de expertos que elaboran diversas teorías, algunas opuestas; chistes y memes crueles; se escarba en la vida de las familias de las acusadas; se habla de presiones de “gente poderosa”; abundan los testigos y las pistas falsos; hubo un juicio seguido con avidez por los medios; noticias fuera de lugar; e incluso un libro titulado Nadie mató a Colmenares, de José Monsalve, como en su momento se editó una novela basada en el caso de las Kaled: El pez en el espejo, de Alberto Duque López. Hay evidentes similitudes en la reacción de la gente: cada quien tiene su opinión formada y poco importa lo obvio, las pruebas. Lo trágico aquí es que la gran mayoría piensa que las mujeres son culpables, como en su momento creyeron en la inocencia de Torres Socarrás. Sea cual sea cual sea el fallo (en un post de Facebook que vi, de los 390 comentarios solo uno ---UNO—sostenía que esas muchachas eran inocentes) la sociedad ya ha condenado a las sospechosas. Pero igual que hace 30 años, condena de por medio, nos vamos a quedar con la duda. ¿De verdad actuó solo Miguel Ángel Torres? ¿Cómo murió Luis Andrés Colmenares?

Nota del autor:

  • El caso de Marco Campo Bornacelly fue otro crimen celebre en Barranquilla, ocurrido en 1983.