La vieja con el muchacho se mantiene entusiasmada

Y el viejo con la muchacha, aunque pague y no haga nada

Iván Villazón, El Mundo al Revés.

Y qué importa la edad si, al final, se persigue la felicidad. Esto se diría Marcel Amphoux, a sus 67 honrados años, cuando en 2011 contrajo matrimonio con la citadina Sandra Devillard, 25 años menor que él. Los tórtolos sellaron su unión contra viento y marea, a pesar de la oposición de los vecinos del pueblo de Marcel, quienes nunca vieron con buenos ojos la alianza con la agente inmobiliaria parisina. Suspicacias y maledicencias, dijeron unos pocos, amor comprado, murmuró la mayoría.

Sandra llegó a Puy-Sant-Pierre, Francia, como una aparición mariana a salvar la pobre alma atormentada del millonario y austero señor Amphoux. Arribó con la excusa de comprar una de las propiedades del ermitaño personaje. Este se negó. A lo que no se negó fue a iniciar una relación con la dama. Un vino tras otro y la imponente orografía de los Alpes franceses hizo que germinara la llama del amor en el hogar (desprovisto de luz y agua) de Marcel. Ella se presentó a la ceremonia vestida con lujosas ropas rojas de diseñador y él asistió con corbata, saco y sombrero y desvestido de su dentadura, caída por el paso de los años.

La luna de miel fue en París y el viejo Marcel se vino antes de tiempo buscando consuelo, buscando paz y tranquilidad, no soportaba la ruidosa y trepidante capital francesa. Ella se quedó a vivir en la Ciudad Luz, su hábitat natural, atendiendo sus múltiples negocios y ocupaciones. Ocasionalmente venía a ver a su marido, en medio de los abucheos y ojos de reproche de los 500 vecinos de la población alpina. Algunos habitantes de Puy-Sant-Pierre comentan que para limpiar su nombre, la polifacética Devillard grabó un video y una canción dedicada a su marido. La canción se llama “La Llamada del Sol”, donde capturó la magnificencia y virilidad de las montañas cubiertas de nieve y donde también podemos observar todo lo que se amaba la controversial pareja.

Decía Lavoe que todo tiene su final y nada (ni nadie) dura para siempre, tampoco iba a ser eterno Marcel. No murió de viejo, ni envenenado, menos víctima de una sobredosis de Viagra, murió en un accidente automovilístico, escasamente un año después de que el amor tocara su puerta. Ella cumplió a rajatabla el papel de viuda embriagada de tristeza; vestida impecablemente de negro hizo escenas de dolor frente a la tumba del pobre viejito rico. El pueblo no le creyó.

El destino tiene giros macabros que entristecen a unos y alegran a otros. Marcel premió a su abnegada esposa con el recuerdo de los besos de su boca descosida, no le dejó nada más. En el testamento dejó cinco de sus cabañas a vecinos de la localidad, el resto de las propiedades y del patrimonio a una prima. La fortuna del ermitaño ascendía a varios millones de euros.

La cosa no quedó ahí. La viuda argumentó que el testamento de Marcel era fraudulento y que se había cometido un “abuso de autoridad”. Después de 3 años de lucha de tinterillos, tinta derramada en folios y palabras vanas en los estrados, la justicia francesa determinó que Marcel estaba en sus cabales y desestimó las pretensiones de la Señora Devillard. No pudieron quitarle el recuerdo de los labios ermitaños y acaramelados.

Matrimonios por interés han existido siempre; aún recuerdo el afamado caso de la conejita playboy Anna Nichole Smith, quien a sus 26 voluptuosos abriles se casó con los 1.600 millones de dólares y los 89 años del magnate J. Howard Marshall. Marshall, al igual que Amphoux, sólo sobrevivió un año a la felicidad de su casamiento, falleciendo en Agosto del 95. Mostrando el camino, J. Howard dejó todo a su hijo, incumpliéndole la promesa a su esposita de dejarle 300 millones de los verdes. El litigio estuvo de aquí para allá en múltiples cortes y apelaciones, muriendo en el camino ambas partes del pleito. El hijo Pierce en el 2006 y la otrora bailarina de striptease al año siguiente. Al final, en el año 2013, la justicia determinó que la hija de Smith tenía derecho a 49 millones de Euros.

Otros se casan por menos, algunos por unos papeles migratorios o simplemente por un techo y tres comidas diarias. Así es el mundo desde que se lo inventaron. Ya veremos si la viuda Sandra continúa persiguiendo la justicia que cree merecer; el embaucado Marcel resultó embaucador, la astuta parisina perdió su tiempo con el anciano pueblerino, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Al final, no dejo de imaginarme la placidez mortuoria en el rostro del viejo ermitaño, evocando a su esposa con un gesto que en su boca incompleta parecería para algunos una mueca, pero que, en verdad, es una risa socarrona.