Así, tan ridículos como el título de este artículo, navegan a la deriva en el vasto océano de internet miles -o quizás decenas de miles- de otros artículos o videos documentales con títulos similares. ¿Qué información relevante para el mundo podría tener yo, por ejemplo, que no la tuvieran ya o que no quisieran divulgarla los grandes medios de este país o del mundo? Obviamente ninguna.

Sin embargo, si yo escribiese aquí una teoría bien descabellada, como que -digamos- Trump es en realidad de nacionalidad rusa, que es medio hermano de Putin y que el macabro plan de ambos consiste en unificar a Rusia y Estados Unidos en una sola nación comunista, para lo cual planean rellenar el estrecho de Bering, no faltarán los idiotas que se la traguen. Sólo necesitaría bajar de la nube un programa de edición de videos, impostar una voz trémula y conseguir dos o tres fotos amarillentas de la graduación de bachillerato de los dos personajes.

Para empezar, todas esas teorías conspirativas parten de un supuesto ridículo: que los poderosos conglomerados de medios -los cuales están por rating como Diablo por almas- van a encubrir una noticia sólo para salvarle el culo a alguien. No: pese a la enorme influencia mundial que tenga ese alguien (o quizás justamente por eso mismo), siempre tendrá respirándole en la nuca a otro enemigo tan poderoso como él que está ansioso de caerle como un buitre a una gacela agonizante. El mundo no funciona como una serie de dibujos animados en la que hay un solo villano que tiene todo servido, porque -a diferencia de los comics- en la vida real hay muchísimos villanos, y ellos también son rivales entre sí. Y los villanos suelen ser propietarios de grandes cadenas de medios informativos.

Pero además, esas teorías conspirativas que ruedan por ahí con sus títulos apocalípticos no resisten el menor análisis en sí mismas, porque fallan en un elemento crucial: el motivo de la pretendida conspiración. Vamos al ejemplo clásico del supuesto secreto mejor guardado por parte de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos desde la década del 60: los alienígenas (o los cadáveres de éstos) que tendría en su poder la NASA, cuya nave se habría estrellado aparatosamente en un desierto americano después de sortear distancias medibles en años luz.

El simple enunciado es una tontería del tamaño del mismísimo universo, pero ignoremos ese hecho por un momento y centrémonos en el motivo. ¿Cuál sería éste? ¿Para qué diablos la NASA iba a ocultar los cadáveres de unos seres extraterrestres de forma humanoide? ¿No le resultaría mejor a esa agencia abrir, por ejemplo, un museo para que la gente común y corriente pudiera apreciar esas formas de vida? ¿No habrían ideado ya montar un novedoso y rentable parque temático al respecto?

Ganaría mucho la NASA si le sirvieran en bandeja de plata esa inmejorable oportunidad de justificar los millonarios fondos que le destina el gobierno: ya nadie pensaría que todo ese dinero se está gastando en posar una nave sobre una roca helada que viaja por el espacio. En cambio, ocultar ese hecho no le reportaría absolutamente nada. ¿Por qué iba a hacerlo entonces?

Eso no se lo preguntan los devoradores de complots ficticios. Ellos simplemente le dan click al video que aparece en el muro de Facebook de otro de sus colegas cazadores de conspiraciones, ven la chapucera edición de las imágenes, oyen la voz de ultratumba que va narrando disparates y enlazando una estupidez tras otra y respondiendo a sus propias preguntas capciosas con las revelaciones más absurdas imaginables, y enseguida comparten el enlace en su propio muro, acompañándolo de un comentario de su cosecha: "Para los que todavía no creen", o imbecilidad semejante.

Todo eso no pasaría de ser un asunto anecdótico, propicio para reír un poco en la sobremesa de una cena con amigos. Lo malo es que ahora, gracias a ese fenómeno que nos ha legado la ubicua internet, cualquier desocupado o -peor aún- mercenario de poca monta de la propaganda negra puede fabricar, en minutos, una auténtica bomba nuclear mediática que arrase con el poco raciocinio de las millones y millones de mentes supersticiosas e ignorantes que acceden a la red. Por esa vía, por la vía de mercenarios que fabrican propaganda negra a la medida de las necesidades de las campañas, fue elegido presidente del país más importante y poderoso del planeta un ser humano arrogante e impredecible como Donald Trump.

De hecho, la metáfora que usé dos párrafos arriba no fue gratuita: hace poco la oficina de diseños rusa Makeyev publicó la primera imagen del misil balístico intercontinental RS-28 Sarmat, que será el reemplazo del misil de mayor capacidad destructiva de Rusia hasta ahora, el RS-36M Voevoda, (o SS-18 'Satan'). Según un artículo de The New York Post, expertos advierten que en comparación las bombas nucleares con las que Estados Unidos devastó a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 "eran simples pistolas de juguete", puesto que una sola ojiva del 'Satan 2' ruso podría acabar con la mayor parte del estado de Nueva York, mientras que cinco o seis destruirían toda la costa este de EE.UU. El 'Satán 2' tiene quince de ellas y, según quienes saben de eso, cuando entre en funcionamiento, en 2018, podrá burlar cualquier sistema se defensa de misiles.

Lo anterior, a diferencia de los videos delirantes que pululan en Facebook, es inquietantemente cierto. Y habría que pensar adónde nos podría llevar el hecho patente de que las dos superpotencias del mundo estén en las manos de quienes están: recordemos que hasta un presidente tan sensato como John F. Kennedy encontró un motivo para poner al mundo al borde del infierno nuclear.

Yo no sé ustedes, pero yo he empezado a asustarme.