Cuando inicie mi andadura profesional, uno de primeros trabajos fue realizado en una empresa cartagenera. Allí se ejecutaron dos trabajos de aluminio, y después de año y medio fuimos invitados a una tercera licitación; esa vez, pese al favoritismo, quedamos de segundos. El encargado de la licitación nos citó a mí y a mi jefe y sin mediar oferta de ninguna clase nos mostró la cotización de la competencia:

Yo no me voy a poner a inventar: Ahí está la cotización de la competencia, pasa una oferta más baja, y el trabajo es tuyo

Sobra decir que así se hizo, y el trabajo nos fue adjudicado.

He recordado esta anécdota pensando si ese fue mi primer contacto con la corrupción -o quizá alguno posterior donde se nos hicieron ofertas que, imitando al Padrino, “No pudimos rechazar”- al leer todo el escándalo alrededor de los pagos de coimas efectuados por la brasileña Odebrecht en Colombia por 11 millones de dólares para la obtención de contratos, la detención del ex viceministro Garcia Morales y el exsenador Otto Bula, acusados de cohecho, enriquecimiento ilícito e interés indebido de contratos.

Más allá de las acusaciones que terminan involucrando a senadores, líderes políticos, funcionarios públicos y toda una serie de personajes posiblemente deshonestos, la sensación que tengo es que nos indignamos con la corrupción, pero la realidad es que tenemos una idea vaga de lo que es; si miráramos nuestros actos descubriríamos que muchos tienen formas aceptadas de corrupción.

Si usted, frente a un trámite que desea efectuar, acude a un amigo que está bien conectado y éste le ayuda a agilizarlo, estamos ante un hecho que constituye tráfico de influencias, lo cual, si hemos de seguir la definición de corrupción, que es el uso “del poder para obtener de una ventaja ilegítima”, es una de sus formas.

Si usted presenta una hoja de vida de un recomendado, así sea con la mejor intención, a un funcionario público, está buscando darle ventaja a su protegido frente a otros candidatos y está realizando una forma de patrocinio, lo cual es una forma de corrupción.

En la novela Babbitt, de Sinclair Lewis, el protagonista decide apoyar económicamente a un candidato a un puesto público; éste sale electo y ofrece puestos para pagar el favor, pero Babbitt rechaza el ofrecimiento y solo pide información sobre ciertos proyectos públicos. Estamos ante una forma de corrupción: el acceso a información privilegiada. El protagonista siente alguna pequeña incomodidad moral, pero al final concluye que no ha cometido ningún delito.

En el año 2008, una serie de grabaciones hechas al entonces Gobernador de Illinois, Rob Blagojevich, mostraban su intención de vender, mediante dádivas, una serie de puestos públicos que estaban vacantes en el estado, entre ellos el puesto de Senador que abandonó Barack Obama; Blagojevich se defendió señalando que era solo una forma de hablar. Ni un jurado, ni el Senado estatal le creyeron: fue destituido y condenado a prisión por cohecho. El cohecho, que no es más que una forma de soborno, es tal vez el más conocido de los actos de corrupción.

La cooptación, una especie de “yo te nombro, tú me nombras”, hizo carrera en la rama judicial colombiana. Era algo normal que los magistrados se designasen entre ellos; aún hoy hay quien piensa que no hay nada impropio en ello (“rosca”, lo llamamos coloquialmente), pese a que la cooptación es una forma de corrupción.

Pienso que a la gente no le indigna tanto la corrupción en sí misma; una persona sensata entenderá que siempre existen hoyos negros, sectores grises, donde muchas conductas estarán al filo de actos corruptos. Siempre existirá la duda sobre si algunas de nuestras decisiones en ocasiones están dentro del límite de lo ético y lo legal y la tendencia general es proceder de acuerdo con nuestro juicio parcial. Pienso que lo que les indigna, en realidad, es el valor de la ventaja obtenida. Alguna vez escuché a un conocido afirmar que “la política es para hacer dinero”, y las personas que estaban con él asintieron; alguno agregó: “y no dejarse atrapar”. Nadie se indignó, solo era una frase que reflejaba una forma de pensar aceptada socialmente.

No quiero decir con ello que las conductas cometidas por los funcionarios públicos que constituyen corrupción no sean castigadas; la corrupción política y sus consecuencias en el saqueo de fondos públicos deben ser duramente perseguidas, entendido el hecho de que es dinero de todos, y debemos exigir transparencia en su manejo. Bien lo señaló el senador Robledo cuando indicó que Odebrecht no pagó los sobornos con su dinero, sino con dinero de todos los colombianos. No lo dimos para que un grupo de avivatos con conexiones o puestos claves se quedara con él.

De todas las reflexiones pienso que la corrupción seguirá existiendo, no porque sea inherente al ser humano, como señaló Miguel Nule, sino porque tiene un componente ético que no podemos soslayar, y que en últimas es individual: el deseo de mejorar nuestra vida, aprovechando las ventajas que se nos presenten; de allí que muchos piensen que los ejemplos expuestos no sean corrupción, sino costumbres aceptadas. Tal vez lo mejor sea, como dijo hace casi 40 años Julio Cesar Turbay, reducir la corrupción a sus justas proporciones. ¿Cuáles son esas justas proporciones? Cada quien se da la respuesta.

(Imagen tomada de http://cdn3.computerhoy.com/)