Desde un par de horas antes de que se diera inicio a la ceremonia de posesión de Donald Trump era evidente que ésta sería muchísimo menos concurrida que cualquiera de las dos de Barack Obama. Comentaristas que habían cubierto otras transferencias de mando en Estados Unidos elaboraban sus extrapolaciones: "Hace cuatro años a esta hora la 'explanada' (que es como llaman al enorme espacio que hay entre el Capitolio y el obelisco) estaba muchísimo más llena", repetían. Las fotos posteriores les dieron la razón: imágenes panorámicas que se viralizaron en las redes sociales mostraron la gigantesca diferencia entre el nutrido público que acudió a presenciar una de las investiduras de Obama y el famélico grupo que hizo lo mismo con la de Trump.

Sin embargo, y como si fuera poco el hecho de que quien asumía el cargo más importante del planeta era ese estrafalario y arrogante empresario, la realidad nos tenía reservada otra sorpresa: al día siguiente de la posesión -¡al día siguiente!- el recién estrenado gobierno de Trump salió con un embuste del tamaño del ego del nuevo presidente: el secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, aseguró, sin que le temblara un solo músculo de la cara, que la multitud que fue a ver la toma de posesión Trump había sido la mayor de la historia.

No contó para nada la abrumadora evidencia fotográfica. Valiéndose implícitamente del paradójico argumento de la propaganda negra (lo que equivaldría a que el Lobo Feroz acusara de agresión a Caperucita Roja), Spicer presentó una serie de "hechos alternativos" que pretendían demostrar la veracidad de sus afirmaciones, pero que en realidad no produjeron otra cosa que risa. Al menos en las mentes sensatas.

Al respecto informó la cadena Univisión: 《Spicer dijo que el uso por "primera vez" de cobertores plásticos para proteger el césped del Mall frente al Capitolio de Washington, fue el responsable de que resaltaran los espacios vacíos de una manera como no se vio en pasadas ceremonias.

Pero esos cobertores fueron usados en 2013, para la segunda juramentación de Barack Obama. Además, esas superficies se mantuvieron el sábado durante la Marcha de las Mujeres. En ninguno de los casos las fotos muestran los espacios que se ven en el acto del viernes.》

No sólo el argumento es ridículo, como lo fueron todos los demás que esgrimió Spicer, sino que además es una simple y llana mentira: los cobertores sí se habían usado antes. No era "la primera vez". Empero, lo novedoso en este caso no es que alguien diga una mentira. Y mucho menos si quien la lanza es un político. Lo novedoso y preocupante es que la haya dicho el secretario de prensa del hombre más importante del país más poderoso del mundo, y que tenga que ver con un hecho que presenciaron con sus propios ojos millones de personas alrededor del planeta.

Y es además extraño que de ese hecho no se derivase ninguna consecuencia negativa para el nuevo presidente, máxime tratándose de un país en el que hasta hace poco mentir era un acto mucho más grave que matar: a nadie, por ejemplo, le importó un 'penny' si Bill Clinton bombardeó y eliminó a más de 100.000 serbios, pero todos supimos que estuvo a punto de perder su puesto por cuenta de haber negado inicialmente una aventura extramatrimonial que después tuvo que admitir.

Pero, ¿para dónde voy con todo esto? He dicho varias veces en mis artículos que no soy de los que piensa que todo tiempo pasado fue mejor, o que las cosas tienden a empeorar a medida que pasa el tiempo. Es decir, no soy amigo de difundir esas ideas apocalípticas que gozan de tanto prestigio y popularidad. En cambio, creo en fenómenos cíclicos; creo en que cosas terribles ocurren en determinados momentos históricos, las cuales de hecho se convierten en el Apocalypse Now de alguna generación en algún lugar del globo terráqueo (como pudo haberlo sido para una aldea vietnamita de finales de los 60 un buen baño de napalm).

Me explico mejor: este fenómeno de los populismos y las mentiras descaradas y la propaganda negra y las cámaras omnipresentes -que han convertido a este planeta en un gigantesco panóptico- y la fe ciega en caudillos carismáticos que se sirven cínicamente de esas mentiras pese a que todo está a la vista de todos, este fenómeno que recorre el mundo y que ha encontrado su cúspide en la elección de Trump como presidente de Estados Unidos, guarda un inquietante parecido con 1984, la famosa novela de George Orwell.

Las similitudes incluyen al venerado y mentiroso y manipulador Gran Hermano, a sus fanáticos gobernados, a los delirios colectivos, a las omnipresentes telepantallas que todo lo ven pero que de nada sirven para representar a la realidad, a la utilizacion de una 'neolengua' controladora de los razonamientos y las emociones, a la satanización de chivos expiatorios cuidadosamente escogidos.

Y no olvidemos que, para escribir su novela, Orwell se inspiró en los acontecimientos acaecidos en la Europa de los años 20 y 30 del siglo pasado, que a la larga desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más espantoso de la historia.

No soy apocalíptico, repito. No creo que todo fluya hacia un final catastrófico. Pero sí estoy enterado de que una y otra vez, cada tanto, para algunos grupos de personas que viven en el momento y lugar equivocados el Fin del Mundo se convierte en una horrorosa realidad.