Una vez más se comprometen las espaldas de uno de los máximos dirigentes del Centro Democrático. Las dudas ensombrecen la credibilidad de este movimiento uno de los peores engendros que ha dado la política colombiana en toda su historia. Lo último que sabemos es que el asesor de la campaña presidencial de Óscar Iván Zuluaga fue recomendado y parcialmente costeado por la poderosa sobornadora brasileña Odebrecht.

El excandidato dice, como es lógico, que no sabe nada, que le pregunten al asesor, que le pregunten a los ejecutivos de la multinacional, que le pregunten a la revista que publicó la noticia, que le pregunten a la Fiscalía, que le pregunten, si es necesario, a todos los habitantes del planeta, menos a él, ni a su hijo –presente, según el publicista ‘Duda’ Mendoça, en las reuniones en las que se hizo el negocio– ni, por supuesto, al senador Uribe, su mentor, su líder, su padre político, su maestro de maquiavelismo.

Y la gente, la ciudadanía orientada por los medios cazadores de primicias, de nuevo se retuerce de ira momentánea, como si la corrupción y el tráfico de influencias fueran fenómenos desconocidos en Colombia; como si no fueran suficientes las decenas de altos funcionarios, colaboradores y familiares del senador expresidente que están involucrados, investigados, juzgados o condenados (prófugos o presos) por una gran variedad de delitos, para convencernos de que la indolencia, la ilegalidad y la amoralidad que alimenta las maneras de ese movimiento político no son una casualidad ni una persecución sistemática de sus “malvados enemigos santistas”, sino una realidad irrefutable.

Flaco favor le hace a su causa Óscar Iván Zuluaga al decir que no sabe nada, que si pasó algo fue a sus espaldas, que se fue a comer con el sátrapa de su jefe en un restaurante de Washington y que allí ambos decidieron que a partir de ahora sus campañas se harán con poco dinero y muchas ideas. Esas declaraciones erráticas, casi humorísticas, lo único que consiguen es que se le pierda el poco respeto que aún pueda inspirar, y que termine dejando en manos de alguno de sus correligionarios la candidatura, incluso en las de la esperpéntica María Fernanda Cabal.

Sería más hábil, si está tan convencido de su invulnerabilidad, que cambiase el discurso defensivo. A lo mejor si asume alguna porción de responsabilidad, así sea la torpeza de no darse cuenta de nada, puede salvar algo de su dignidad. Creo que no lo hará esta vez tampoco, como no lo hizo a propósito del sonado caso Sepúlveda, a pesar de que aparece en un video supervisando desmañadas conspiraciones.

Hay algo fascinante en el comportamiento de los uribistas: en su talante se amalgaman la ceguera de los fanáticos y la soberbia de quienes se asumen intocables por el destino, por la justicia, por la mala fortuna. No renuncian a esa lealtad de pandilleros obedientes tan característica de la Cosa Nostra que los obliga a no recular, a no delatar, a no confesar, ni siquiera cuando su casa, su oficina o su curul, se ha cambiado por una cárcel. En eso consiste una gran parte del éxito político del uribismo, su ascensión, su gloria y su resistencia: los colombianos sentimos una atracción sobrenatural por los comportamientos mafiosos: la insolencia, la viveza, la violencia, el alarde, la osadía y, claro, la ley del silencio.

Por lo pronto, los únicos argumentos en este nuevo caso de corrupción que involucra a un miembro principal del Centro Democrático es una espalda muy ancha, unos oídos sordos y unos ojos ciegos. Ya veremos si esta vez los señalados se salen con la suya, provocando el aplauso de los millones que creen que tener unas descomunales espaldas es la más admirable de las virtudes.