Leo en El Tiempo, con algo de alivio, que secretarios del despacho de la Alcaldía de Barranquilla, en compañía de personas relacionadas con la organización del carnaval de esa ciudad, le entregarán al alcalde, Alejandro Char, un paquete de propuestas encaminadas a que esa fiesta se desarrolle de la misma forma en que lo había venido haciendo hasta antes de que entrara en vigencia el -en muchos sentidos- escuelero nuevo Código de la Policía.

Aclaro que no soy de los que se sienten moralmente intimidados con el simplificador argumento según el cual si uno es un buen ciudadano no tiene por qué tenerle miedo al nuevo código; es decir: si uno no molesta a sus vecinos con fiestas estruendosas, si no usa el espacio público como si fuese un inmenso inodoro, si no trata a los agentes de la ley como Germán Vargas Lleras a sus escoltas…entonces ¿a qué le teme?

No me intimida ese hecho, repito, porque no se necesita ser un desadaptado para exigir que las cosas se hagan como se deben hacer. En lo tocante a las sanciones, éstas son tan incoherentes que parece que hubiesen metido -escritos en papeles- los montos de las multas en una canasta y las contravenciones en otra, para después hacer que un chimpancé sacara un papel de cada canasta y así ir formando las parejas.

Iniciar una pelea en la calle, por ejemplo, actividad que podría causar heridos o incluso muertos, sólo le cuesta $196.000 al infractor, mientras que echarse una orinada en un callejón, banalidad que a lo sumo ocasionaría la eventual mala cara de algún peatón, se penaliza con $786.000. Pero esperen: la sanción por agredir a un policía ($786.000) -¡por agredir a un policía!- es exactamente la misma que la correspondiente a lavar un carro en la vía pública, o a no sacar la basura a tiempo. No se entiende, porque la rigurosidad higiénica toca su fin con la multa de apenas $105.000 por no recoger los excrementos de las mascotas, penalidad que de todos modos es igual a la que se hará acreedor quien use a un niño o a una persona discapacitada para lucrarse. Cualquiera creería que en vez de modernizar el código existente hasta hace poco se hubiesen dedicado a actualizar los disparates que éste contenía.

Pero no es sólo en lo referente a los montos de las multas que el nuevo código parece una colcha de retazos cosidos a la loca: también lo parecen algunas de las infracciones mismas. ¿De dónde sacarían que era suficiente con importar las prohibiciones más parvularias de otros códigos de policía del planeta? Porque por lo visto eso fue lo que hicieron. ¿Se preguntaron quienes elaboraron el código si esa medida de consumir bebidas alcohólicas sólo en las casas y en los bares se podía simplemente transplantar aquí sin que generara importantes trastornos económicos y culturales?

No voy a escribir aquí nada sobre el bajonazo en ventas que ese hecho significará para miles y miles de tenderos que ya no podrán despacharle un par de cervezas a quien venga a aliviar las tensiones o a echar cuentos con un amigo, pero sí voy a referirme a la prohibición de tomar alcohol en la vía pública.

No me imagino, por ejemplo, casi ninguna de las actividades del carnaval de Barranquilla sin la presencia del licor. Y no me lo imagino porque el licor hace parte integral de la fiesta. Así lo registran abrumadoramente las canciones que por tradición se han bailado durante esos cuatro días. Y el carnaval -al menos el popular, el genuino- se hace y se vive en la calle.

Ver una Batalla de Flores 'a palo seco' sería reducir a un pueblo ya adulto en esas manifestaciones culturales -y que desde siempre ha demostrado saberse comportar a la altura de las circunstancias- a una masa infantiloide y cretina que ni siquiera es capaz de disfrutar de su esencia ni de vivir su propia historia.

Es como si el hecho de prohibir por prohibir les diera un estatus elevado -pero artificial- a unas personas que regularmente confunden autoridad con autoritarismo. Por supuesto, es mucho más complejo matizar esas normas de acuerdo a la idiosincracia de cada pueblo que prohibir de un tajo actividades supuestamente riesgosas o peligrosas. Pero justamente para eso están ahí esas personalidades que fungen de autoridades. Para eso las eligieron o las nombraron: para analizar las situaciones y marcar derroteros adecuados e inteligentes. Prohibir todo es algo que podría hacer cualquier idiota.

Por fortuna, al momento de terminar este artículo me entero de que el alcalde Char firmó un decreto por medio del cual se permite consumir alcohol en los sitios por donde se desarrolle alguna actividad relacionada con esa fiesta grande, inabarcable, deslumbrante y mágica que es el carnaval de Barranquilla.

Y ahora sí respiro aliviado.

(Imagen tomada de http://www.aldia.co/)