Hoy volví a llorar. No sé cuánto tiempo pasó desde la última vez. A lo mejor algunos meses. Me he ido ablandando. Cuando era joven, entre llanto y llanto pasaban años enteros. Llorar es difícil. También reír. No para todos, claro. Conozco gente que llora cuatro o cinco veces al día y que solo interrumpe sus mares de lágrimas con repentinos ataques de risa. Pero yo no. Tal parece que soy alérgico, por igual, a los gimoteos y las carcajadas.

Hoy el llanto se me vino sin avisar, con la fuerza de lo que ha estado largamente contenido. No es que lo estuviera esperando, pero tampoco hice nada para detenerlo, como prender el televisor o ver algo de porno en internet. Y así, con los ojos ahogados y agradeciendo la ausencia de los incómodos estremecimientos, me abandoné en silencio, a oscuras y con la cabeza hundida en la almohada, a ese misterioso recordatorio de la vida.

A diferencia de la gente que berrea con frecuencia, nosotros, los imperturbables, no lo hacemos casi nunca por algo concreto. Las pocas veces que lloramos, sin importar que exista algún detonante, es por nada y por todo: por este pobre mundo y por nuestras múltiples pobrezas individuales; por la conmoción del amor y por el desconcierto implicado en la soledad; por la casualidad de estar vivos y por el frío de la muerte en el cuello, que con el tiempo se vuelve más desvergonzado; por el afecto que sentimos hacia quienes queremos y por el desprecio que no evitamos sentir por quienes odiamos. El llanto de verdad es emoción pura que no admite razones, ni siquiera las que se enquistan en la memoria. Es por nada y por todo que se llora. Por nada y por todo.

Así, encogido en la cama, indefenso y sin pensar, lloré mis ojos por mucho tiempo. Dos horas, tal vez un poco más, y salí disparado a mirarme en el espejo. Hay cierta vocación masoquista en quienes han llorado. Van al baño con el pretexto de buscar papel para sonarse los mocos, pero en verdad quieren echar un vistazo a sus facciones hinchadas, a sus ojos vidriosos, a la boca que poco antes era una mueca en forma de puchero. Como el masoquismo es una manera de la egolatría –el sufrimiento tiene una dignidad que no posee la felicidad–, los llorones disfrutan viendo el reflejo del rostro enrojecido, de la hipertrofia de los párpados, de la vena brotada en la frente o en la sien. También yo, al mirarme en el espejo, me sentí orgulloso de haber llorado tanto, de haber padecido en la soledad de la desesperanza, de haber sobrevivido a la tristeza.

Y luego, con la levedad renovada, recuperé en pocos segundos mi ceño habitual de hombre imperturbable. Salí a la calle a caminar sin arrastrar los pies, economizando los pensamientos para alejarme lo más posible de las razones que pudieran arruinar la pureza de mi reciente aventura con la desventura. Supe que pasarían meses hasta la próxima lágrima, y que ya no tendría que esperar a luxarme la clavícula para llorar de nuevo, como un niño, por nada y por todo. Me he ido ablandando, y está bien.