Soy una sobreviviente. Estoy echando el cuento a pesar de que mi pediatra, cuando tenía dos años, sentenció que no llegaría ni a los diez por falla renal. Me radiaron, me dilataron, me torturaron, me hospitalizaron, me canalizaron una y mil veces en mi infancia. Y sin embargo, aquí sigo. He debido morir hace mucho, según ese pronóstico que se posó como un cuervo sobre los pelos de mi cabeza por largos años. Pero, contrario a los vaticinios apocalípticos, crecí, me desarrollé, me reproduje. De hija y hermana pasé a convertirme en esposa y madre. Toda una hazaña, dado mi historial de "debiluchez" crónica. Dos muchachitos salieron de mi vientre respirando, dos salieron amoratados, casi negros. Vida y muerte, caras de una misma moneda, ese círculo perfecto, esos puntos suspensivos...

Gracias a la pelona susurrándome con frecuencia al oído he sentido desde niña que no nací para semilla, para mañanas, para futuros, para planes de jubilación, para juramentos de parasiempres, para pactos de uniones eternas. El día es hoy. Mañana, ni idea. Me programé para una vida corta como el aleteo de una mariposa, sabiéndome prescindible, frágil, insignificante. Con todo lo necesario para ser exitosa, para convertirme en una ejecutiva de puesto importante, empleados a su cargo, sueldo jugoso y horario de seis a seis; opté por el jardín con enanitos, rechazando todo lo que la mayoría anhela: dinero, lujos, éxito profesional, reconocimiento. Y me quedé con la opción de Susanita, a pesar de ser tan Mafalda: ya saben, la casa con el perro, niñitos, labores escolares y un hombre amoroso derritiéndose por mis ojos raros de dos colores.

Así que me casé con la traga del colegio y hasta cuando durara. No hice la de los protagonistas de 'La la land', elegí el amor por encima de la carrera. Y duró. Duró mucho. Y valió todas las penas. Y se acabó.

¿Qué le sucede a una mujer cuarentona que decide separarse? ¿Cómo lidia con las nuevas posibilidades de amar y ser amada que se le presentan? No lo sabía, la verdad. No tenía ni idea. Debía sucederme para comprender que escucharía los mismos consejos que recibí en mi adolescencia, el mismo libreto, la misma tabla que me cantaron a los trece, catorce, quince, dieciséis años. "María Antonia, pilas, la mano en el freno de emergencia por si las moscas. No te apresures, no te regales. Cuidadito con andar por ahí de loca con el uno o con el otro, no olvides que para tus hijos varones debes ser una santa. Espera un tiempo prudente para volverte a enamorar -años, de ser posible-, para exhibirte en público, para ventilar que no te estás muriendo por la separación. Estás muy vieja como para que ahora no te importe la mala fama. No interesa para nada lo desvergonzado que sea el comportamiento en público de tu ex, tú eres ante todo una dama y los hombres pueden ser perros, las mujeres no. Cuida tu imagen. Ponte en pausa. No sigas. Respira y aguanta. Contén tus ganas, tu deseo, tus necesidades como hembra, que eso de andar a toda velocidad no es digno de mujeres decentes."

Concluí que así como los hombres no pueden llorar libremente, las mujeres no podemos amar libremente. Nos pasa a los quince y nos sigue pasando a los cuarenta. A pesar de lo grandecitas, de los caminos recorridos, ante una separación y la posibilidad de un nuevo comienzo, todos opinan. Todos meten la cucharada. Está mal visto amar en determinadas circunstancias, y está más mal visto aún dejar todo por amor, como lo hacen con tanta frecuencia los caballeros y sin parpadear. Si un hombre casado se enamora de otra es muy posible que deje a su esposa y monte rancho aparte sin mirar atrás, como Vargas Llosa. No cuida nada, ni reputación ni buenas maneras. Olvida los prejuicios. No espera tiempos prudentes, ignora el qué dirán. Es probable que se quede con los amigos de la pareja y que hasta sea capaz de vender la primicia a la prensa rosa sin sonrojarse. Lucrarse de los nuevos aires.

Pero cuando es al revés, cuando es la mujer la que perdió la cabeza por un nuevo amor, debe reprimirse para que no la condenen, para que no la tachen de vagabunda, para que no le hagan bullying a sus hijos, para que no la dejen de invitar a las reuniones, para que no se convierta en un potencial peligro para sus amigas casadas que de la noche a la mañana empiezan a verla como una "quitamaridos" en gestación.

A una separada le toca resguardarse. Eso es lo que se espera de ella, lo ideal. Los estrictos parámetros de buena conducta femenina no cambian aunque el exesposo, con los papeles de divorcio recién firmados, ande de rumba en rumba con otra, muy amacizado y colgando fotos o videos en redes sociales. La mujer separada, por el contrario, debe aguantarse el brinco, tragarse todos los sapos y esperar. Esperar porque es mujer. Esperar porque es madre. Esperar porque luego de un matrimonio lo que le corresponde es reservarse por un buen rato y hacerle el duelo correspondiente al "difunto". Nada de foforro, nada de romance, nada de fundingue, nada de manito sudada ni de besos robados bajo el árbol de una plaza en Usaquén. Eso de "a rey muerto, rey puesto" es propio de zuripantas, no de señoras.

¿Hasta cuándo nos tocará amar con culpa o en la sombra para no herir o escandalizar a quienes esperan de nosotras que seamos de palo? Yo digo que ni un día más. Ni uno. Por muchas razones, pero especialmente por la única certeza que tenemos desde que nacemos, que vamos a irnos pronto. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero sí pronto. Y en ese suspiro que es la vida, en este tránsito en el que tenemos de todo menos tiempo, el amor no se debería dejar para después.

Hombres, a llorar, que es la única forma de limpiar el alma. Mujeres, a amar, que es la mejor manera de liberarnos de nuestras amarras ancestrales. Si la vida es un ratico, que lo es, lloremos sin avergonzarnos, amemos sin pedir permiso. Sin pena, sin remordimiento. Y para que esto no quede como la perorata de una pontificadora mojigata que tira la piedra y esconde la mano, cuando por fin cuelgue los guayos pueden escribirme en la lápida este epitafio: María Antonia Pardo no hizo un carajo con su vida, pero amó sin restricciones hasta que le supo a bueno y lloró sin avergonzarse hasta que se le acabaron los mocos.⁠⁠⁠⁠