Si le preguntas a un joven de hoy, de esos que llaman Millenials, cuáles son sus mejores cualidades, casi siempre responde: “no juzgo a nadie, vivo y dejo vivir y soy tolerante”.

A uno de ellos le pregunté: “¿Si no juzgas a nadie cómo puedes ser tolerante?” No me entendió. Para tolerar algo debes hacer un juicio de valor. Si no desapruebas nada, no hay nada que tolerar. Tú toleras lo que no te gusta o no te gusta; eso es un juicio (si he entendido bien). Si no hay un juicio, la tolerancia simplemente no existe.

El malentendido de lo que es la tolerancia es quizá la explicación de una paradoja: cuanto más exaltamos la tolerancia como una virtud, menos tolerantes nos volvemos.  Somos como el hombre sin humor que dizque tiene un maravilloso sentido del humor, solo que no se lo entendemos.

Creo que fue Herbert Marcuse quien acuño el término de ‘Tolerancia represiva’. Según él, puedes expresar cualquier opinión sin temor a ser castigado, pero al final esto resultó en represión o engaño a la gente, ya que se le hace creer que es libre. Los jóvenes parecían imbuidos en un gran espíritu de libertad: podían decir o vivir como quisieran, pero estaban limitados a un sistema de leyes, convenciones y códigos morales que al final los reprimían. Tenían la idea de que eran libres, pero no se daban cuenta de lo reprimidos que eran.

Con los años, a las leyes, convenciones y códigos se le unió la ideología de lo políticamente correcto: en nombre de la tolerancia y el respeto se reprimen las opiniones impopulares. En muchas ocasiones hemos visto en las redes sociales cómo el temor a lo políticamente incorrecto marca el debate con frases como: “No soy,…. pero”, “Aclaro que respeto….”. Pero el premio a la corrección política imperante se lo ganan de lejos, los holandeses.

La carrera política del holandés Gert Wilders se ha desarrollado dentro del llamado Partido de la Libertad (PVV, sus siglas en holandés), uno de esos grupos de lo que hoy llamamos derecha alternativa, cercanos a los movimientos de Marine Le Pen, Nigel Farage y su UKIP, la AFIP alemana, que sueñan con alcanzar mayor poder en las próximas elecciones europeas. En el caso de Holanda, los sondeos son favorables al PVV, otorgándole una intención de voto de entre el 25 y 30 %, lo que lo convertiría en la fuerza más votada. Afrontan la campaña con optimismo, sobre todo después de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos –el lema es una copia del republicano: “Hacer a Holanda grande otra vez” -

La receta es la de muchos partidos de derecha alternativa. Su cercanía con la clase media y obrera (Lo cual ha tenido como consecuencia una erosión en el apoyo de los socialistas, acusados de ser ajenos a las preocupaciones de estos grupos) y sus necesidades. Wilders, sin ser muy específico, propone mejorar las condiciones de jubilación y reducir la edad para conseguirla.

También es un político en la mejor tradición islamofóbica holandesa. Crítico de la política de refugiados de Ángela Merkel, propone volver a controlar la frontera, cerrar las mezquitas, expulsar a los marroquíes, aumentar la seguridad y defender los valores europeos y holandeses de la invasión de los “barbaros islámicos”. Un discurso suyo donde hablo de pedir “un menor número de marroquíes en el país” le valió una denuncia por incitación a la discriminación. Lo cual se volvió una muestra de tolerancia represiva: el delito era incitación a la discriminación, no la discriminación misma. Es difícil que afirmar que la frase “Un menor número de marroquíes” pueda interpretarse como discriminatoria. Sin embargo, un juez lo encontró culpable del delito de incitación a la discriminación, y en un episodio que tuvo mucho de extraño, la sentencia no produjo castigo alguno; el juez considero que el hecho de ser culpable era castigo suficiente. El efecto fue contraproducente: la popularidad de Wilders se disparó y hoy continúa encabezando los sondeos. Wilders, además no ha tenido pelos en la lengua para culpar de muchos de los males que afectan la sociedad holandesa a los extranjeros. Ante las críticas ha señalado que: “No soy ningún racista, pero seis de cada diez presos en nuestro país son inmigrantes y, de todos ellos, más del 10% son de origen marroquí”.

Es probable que en una sociedad tan fragmentada políticamente como la holandesa, el PVV logre ganar las elecciones, pero que esto no sea suficiente para gobernar. Incluso si fuera el líder político más votado en las elecciones generales previstas para marzo, dadas las características del sistema político holandés de representación proporcional, las posibilidades de formar gobierno son inciertas, dadas las diferencias con las otras fuerzas políticas. Liberales, democratacristianos, verdes y socialistas, han expresado en mayor o menor medida sus reparos a un gobierno con el programa de PVV. Lo máximo que podría hacer Wilders es cambiar la naturaleza del debate político. Sin embargo, la América de Trump y Holanda de Wilders tienen mucho en común: nativismo, xenofobia, desprecio por lo diferente y el descontento de una sociedad que siente que no tiene futuro. Una sociedad que no aprende nada, pero no olvida nada.