La primera vez que visité a Nueva York yo no era más que un adolescente. Fui con mis padres y hermanos, en plan turístico familiar. Recorrimos Manhattan a pie, pero aún recuerdo el consejo que nos daban en los hoteles y restaurantes: ir con cuidado en algunas zonas, aún en horario diurno, y evitar los paseos nocturnos en casi todas. ¿La razón? En esa época en "la ciudad que nunca duerme" parece que, en efecto, no dormía nadie: los delincuentes por andar cumpliendo con su deber y el resto de habitantes por físico miedo de aquellos.

Por esos años Barranquilla, donde yo vivía, era un sitio relativamemte ajeno a incidentes callejeros de inseguridad. Sin embargo, para mí como colombiano no era un fenómeno desconocido: desde Bogotá nos llegaban las terribles historias acerca de cotidianos asaltos callejeros en los que la víctima quedaba hasta sin zapatos, sobre todo si éstos eran deportivos y de marca.

Pasaron los años y mientras Bogotá no hizo sino agregarle otros ingredientes a su coctel de inseguridad (los tenebrosos paseos millonarios, por ejemplo), Nueva York experimentó un notable cambio, hasta el punto de que cuando muchos años después, con los restos de las Torres Gemelas todavía humeantes, volví a visitarla en compañía de otras personas, uno de nuestros anfitriones se burló un poco de mis excesivos temores. De hecho, nos acompañó hasta una rumba que anunciaban en el Down Town, para asegurarse de que la encontráramos, y después se devolvió a su casa solo, a las dos de la madrugada, en el subway.

No estaba muy bien enterado yo de que desde el 1 de enero de 1993 y hasta el 31 de diciembre de 2001 Rufolph Giuliani había sido elegidos dos veces consecutivas alcalde de la ciudad, período durante el cual el crimen general se redujo en un 65% y los asesinatos en un 70%. ¿Cómo lo hizo? Si bien es cierto que algunos le atribuyen ese descenso a un fenómeno común a muchas grandes ciudades de Estados Unidos en ese momento, derivado de la bonanza económica que trajeron las administraciones de Bill Clinton, lo cierto es que la enorme diferencia en las cifras sugiere que allí hubo algo más.

Y en efecto así fue: Giuliani diseñó una política de 'tolerancia cero', basada en un importante incremento de la presencia policial (aumentó el pie de fuerza hasta casi 40.000 hombres), en el desarrollo de un fuerte vínculo entre los policías y el resto de la comunidad, y en la feroz persecución de todos los delitos, por muy insignificantes que éstos parecieran (incluso saltarse el torniquete del metro, por ejemplo).

Al respecto, y sustentado en una visita que hiciera a la Argentina en 2009 el jefe de policía de Nueva York durante aquellos años, William Bratton, el columnista Manuel Torino de La Nación de Buenos Aires escribió: "Esta última medida estuvo inspirada en la teoría de las 'ventanas rotas', del profesor de la Universidad de Harvard James Q. Wilson, quien expuso la idea de que si en un edificio abandonado hay una ventana rota y no es arreglada rápidamente, los vecinos apedrearán el resto de las ventanas y, eventualmente, será destruida la propiedad entera.".

Traigo todo esto ahora que una verdadera avalancha de noticias referentes a la inseguridad en Barranquilla saturan las redes sociales. No pasan apenas 10 minutos sin que me llegue al chat de Whatsapp el video de un atraco a mano armada ocurrido en algún restaurante del norte de la ciudad, o sin que me encuentre en el Facebook con que, acompañado de un comentario tipo "Barranquilla está imposible", uno de mis contactos ha compartido la noticia de un hurto colectivo de relojes y billeteras.

Aun teniendo en cuenta que la actual ubicuidad de videocámaras -que todo lo registran- puede estar inflando un problema que ya existía, asumiré que sí es cierto que la situación está a un paso de volverse inmanejable.

Barranquilla en muchos aspectos me recuerda a la Bogotá de hace 30 años: su economía ya cuenta con una masa crítica de consumidores que ha fortalecido tanto el sector público como el privado: no hay sino que ver la magnitud de las actuales obras de infraestructura (que, entre otras cosas, acabaron con los arroyos) y la proliferación de restaurantes de primer nivel -o de gigantescos centro comerciales- que se mantienen atestados (para no hablar del dinamismo sin precedentes en el sector inmobiliario). Pero así también se asemeja a aquella Bogotá en la que se robaban hasta las zapatillas deportivas de los peatones. Sería cándido pretender que el crecimiento sólo trajese fenómenos positivos.

Sin dejar de señalar las gigantescas diferencias entre Estados Unidos y Colombia (la inoperancia de la justicia, por ejemplo, que podría dar al traste con una estrategia del tipo 'ventanas rotas'), y entre Nueva York y Barranquilla (quizás un alcalde gringo tenga mayor autonomía que uno colombiano; o quizás sea al contrario…no lo sé), lo cierto es que las soluciones efectivas existen: no de otro modo se explica cómo, en escasos 8 años, la 'Gran Manzana' pasó de ser un caos urbano a la ciudad más segura del país, pese a ser también la más populosa.

Hay que buscarlas. Y rápido