Cierto es aquello de que “el ojo no ve pa´ dentro”, como reza la champeta titulada Los trapitos al agua, cantada por el original Míster Black. Prueba de esto es ver la felicidad desbordada esta semana en Colombia con la eminente salida del presidente ecuatoriano Rafael Correa. Un país que ha tenido de gobernante a un ciego que no ve elefantes, a otro que regala un país por una silla vacía y a un “mesías” traicionado por sus apóstoles parapolíticos (solo por mencionar a algunos Santos presidentes), no veo cómo tiene la osadía de mirar por encima del hombro a sus vecinos.

Una de las cosas que no nos gusta de Correa es que no lo podemos caricaturizar, no podemos reducirlo a “indio” como a Evo. Con su metro ochenta y tres centímetros de estatura y sus facciones apuestas no hay manera de atacarlo desde un flanco tan bajo como el físico.

Tampoco podemos minimizarlo apuntando a su incapacidad intelectual, o a su falta de credenciales académicas, y menos podríamos decirle “Chabestia”o “Maburro”. Lo más cercano que tiene a un Equus africanus asinus tal vez sea su homónimo padre, que por allá en 1968 fue detenido por mula en el aeropuerto de Nueva York. El saliente presidente estudió Economía becado en Guayaquil; luego hizo su maestría en Lovaina, Bélgica, también subvencionado; y para cursar su doctorado en la Universidad de Illinois fue auspiciado por la Universidad San Francisco de Quito, donde fue docente y decano de Economía. Bruto no es.

Otros le acusaban de dictadorzuelo y tirano, esos mismos que aplauden a la demócrata Angela Merkel, quien después de 3 períodos y 12 años en las mieles del poder alemán se apresta para buscar un cuarto mandato. Correa tuvo el control del Congreso para modificar la Constitución y permitir su reelección indefinida, pero para su grandeza resistió la tentación, y si bien sí se modificó la Carta Magna en ese sentido, los efectos regirán a partir del 2021. Es interesante notar las acérrimas críticas a la reelección indefinida por estas latitudes, mientras en otras las críticas se convierten en vítores y alabanzas. Lo que es blanco es blanco.

Tampoco lo podemos ridiculizar con aquello de haber nacido en cuna de oro o de ser un patricio, un delfín. Correa se hizo a pulso, nadie le regaló nada, enfrentó la tragedia del ahogamiento de su hermana menor mientras era un adolescente, la separación de sus padres, el suicidio de su padre y las consabidas dificultades económicas que su madre encaró con gallardía.

En algún momento le critiqué sus populistas camisas indígenas, luego le indulté parcialmente al saber que dedicó un año de su juventud en una zona rural ecuatoriana de extrema pobreza, donde prestó asesoramiento en microempresas y alfabetizó a nativos indígenas; en ese tiempo también fue alfabetizado en la lengua quichua. Es político, no puede ser perfecto.

De todo su legado me quedo con sus fantásticas entrevistas (no duden en consultarlas en Youtube), especialmente las que concedió a Ana Pastor, la periodista española. En varias ocasiones le dio sopa y seco, también a Jorge Ramos, Ismael Cala y Ángela Patricia Janiot, entre varios comunicadores que fueron desbordados por la claridad y dominio del economista. No dudó en atacar el servilismo, hipocresía y parcialización de los medios de comunicación, sirviendo más a intereses particulares que a su vocación de buscar la verdad. Lo irónico de todo fue que Ana Pastor terminó siendo despedida de Televisión Española (una vez Rajoy tomó el poder) por hacer preguntas incómodas a figuras del Partido Popular.

Correa termina estos doce años en el poder con un balance más que positivo: redujo 16 puntos las pobreza, sacando a casi 2 millones de ecuatorianos de la miseria; durante su gobierno el PIB creció al 4%, un punto por encima del promedio de la región; supo sobrellevar una crisis petrolera en un país productor de crudo; y, lo más importante, trajo estabilidad y devolvió el orgullo a sus compatriotas. Por otro lado construyó cientos de kilómetros de carreteras de última generación (con 4 y 6 carriles), incrementó la educación pública y le dio independencia energética a Ecuador, (recordemos aquellos años en que le vendíamos electricidad).

En este país nos sentimos hijos de mejor madre cuando nos comparamos con nuestro vecindario latinoamericano. En este barrio venido a menos creemos que somos los carolingios que damos señorío y dignidad, error craso: históricamente hemos sido más sombra que luz, más foco de corrupción y violencia que otra cosa. Por eso, con ignorancia, atrevimiento y miopía, despreciamos un fenómeno político tan importante como el liderado por Rafael Correa e intentamos sin suerte sacarle trapitos inexistentes. Mientras celebramos su salida (y de paso hacemos fuerza al candidato opositor) seguimos escamándonos como el pescao, tal cual la canción de Mr. Black.