Por Diana Forero

Para hablar del posconflicto es necesario que el conflicto haya terminado. Esa es la primera obviedad, que en los últimos tiempos no resulta tan obvia. Porque además sería preciso que alguna vez hubiese existido un conflicto. Segunda obviedad, ante la actitud de algunos que insisten en negar un conflicto de más de una ciencuentena, tercamente aferrados a una doctrina antiterrorista que por casi una década impuso su fuero y desafuero en nuestra de por si frágil democracia, amenazando con aniquilarla como a un enemigo más.

Pero en el posconflicto estamos, según dicen, y hay mucha tela que cortar del tema. Hace unos meses, delegados del Gobierno Nacional, lograron acuerdos con la que ha sido considerada la guerrilla más antigua del continente, y con la que se venía cruzando fuego por espacio de medio siglo, en desarrollo del conflicto más absurdo, cruel y fratricida de que se tenga noticia en suelo latinoamericano. Y, por extraño que parezca, un sector del pueblo colombiano, rechazó dichos acuerdos. “Paz sí, pero no así”, y otros lemas de igual talante fueron enarbolados como bandera por quienes rechazaron de facto la “entrega del país” a esos “bandidos, asesinos, terroristas y narcotraficantes”. Una aguda desazón se instaló por ese entonces en el corazón de quienes soñamos ansiosamente ver crecer a nuestros hijos sin tener que enfrentar el riesgo de proyectiles amigos o cilindros enemigos. Pero las cosas siguieron su curso, más o menos con algunos ajustes, y hete aquí que estamos ad portas del milagro que se espera pueda llevarnos de la mano a dejar por fin el medioevo, avanzando con paso firme hacia la revolución tecnológica e industrial que nos hará fecundos y prósperos, mejorando las condiciones de vida para todos y garantizando una equidad que solo la paz podría brindarnos. ¿Pudieron leerlo de un tirón y sin sentirse agobiados? Pues que bueno. Porque la realidad no es como la pintan, y habrá que masticar un poco para no tragar entero.

La economía de nuestro país, fundamentada principalmente en la producción de bienes primarios, en la última década se ha posicionado como la cuarta más pujante del continente, tras la de Brasil, México y Argentina, experimentando un auge creciente en la exportación de mercancía y presentándose atractiva a la inversión extranjera. Así, pues, la economía nacional se fortalece cada día, pero eso en vez de ser esperanzador, resulta agobiante, dada la alarmante inequidad y el abismal crecimiento de los cinturones de miseria en cada una de nuestras ciudades y municipios. La economía va bien, sí, pero eso en nada ha beneficiado a los desposeídos. El concepto de bienestar social se emplea con frecuencia en planes de desarrollo y rubros conexos que no llevan a la implementación de soluciones de fondo a los problemas de la población, sino a un lamentable activismo que deriva en el manoseo de las comunidades y que demuestra que, para una buena parte de las instituciones del Estado, lo importante no es ser, sino aparentar. La cereza del pastel, a cargo de la corrupción, se ha consolidado como el verdadero cáncer del país, infestando la administración del poder en todas sus ramas, ejecutiva, legislativa y judicial.

En ese estado de cosas, el posconflicto pinta un horizonte gris, en el cual los viejos carruseles de la contratación y las nuevas maquinarias del prevaricato paraestatal podrán campear a sus anchas gozando de renovadas inversiones, de la cooperación internacional y de la buena fe de los habitantes de este país del Sagrado Corazón que, merced al mandato de la paz, abrirán sus territorios a programas, planes y acciones que en poco o nada les beneficiarán, pues los grandes desembolsos, como se acostumbra, irán a abultar las cuentas de operadores y carteles, caciques y politiqueros. No resulta más esperanzador el panorama medioambiental, ante la creciente horda de proyectos de exploración y explotación de los recursos que, en últimas, es lo que motivó toda esta ola de pacificación. Pues no hace falta escarbar muy hondo para encontrar los hilos, la lista es larga: China, Alemania y la Unión Europea, EEUU, entre otros, estarían tras la puja por el repunte del mercado de materias primas colombianas, que podrá ser posible mientras nos deleitemos en las mieles del posconflicto. Sacar a las FARC de la ecuación, haría posible la explotación en zonas hasta ahora vírgenes, y cuyo potencial biológico y natural apenas se imagina, como Chiribiquete.

Y como 2 + 2 son 4, no resulta casual, entonces, el aniquilamiento sistemático de líderes sociales, de defensores de derechos humanos, quienes representarían la última talanquera a superar en zonas abandonadas históricamente por el Estado, consideradas desde siempre “tierra de nadie”. En una verdadera feria del horror, quizás digna de una película de Hitchcock, vemos como el camino a la paz se ha visto alfombrado por la muerte. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, estima que en 2016 cada tres días fue asesinado un líder social. Una cuota macabra que este año se ha seguido cumpliendo con precisión matemática, ante la mirada impávida de las instituciones que se supone deben estar ahí para garantizar la seguridad y la integridad física de todos los colombianos, eso, aunado a la complacencia de una opinión pública imperturbable y adormecida. Aunque Mindefensa salga al paso y argumente que son “casos aislados”; y aunque quizás yo esté siendo conspiranoide y exagerada, los hechos son los hechos y ahí están mucho más de cien tumbas que lo certifican, en cada rincón del país.

Para colmo de males, crecen las denuncias de incumplimientos en la instalación y dotación de las zonas veredales en las que la guerrilla se ha concentrado, cumpliendo el cronograma acordado. Lo que ellos tildan de violaciones al protocolo, y que no son otra cosa que la vergonzosa evidencia de la falta de gerencia e improvisación del gobierno. La imposibilidad de acceder a baterías sanitarias, falta de agua potable permanente, escasez de implementos de aseo e incluso incomunicación, pintan un cuadro preocupante de enfermedades de la piel, diarrea y vías respiratorias, entre otras, ante el cual las FARC ha respondido en los últimos días proponiendo dilatar el calendario de entrega de armas.

Sin embargo, ésta, como muchos dicen, es la paz de Santos. Y de Uribe. Y de todos nosotros. Esperemos que de este carnaval del posconflicto resulte algo provechoso y sea que, en últimas, al menos aprendamos a tramitar nuestras diferencias sin recurrir a la violencia. Que dejemos de ser indiferentes. Que empecemos a ocuparnos en la defensa de lo público, que es de todos aunque no sea de ninguno. Que encontremos fórmulas para expulsar de nuestro seno a los corruptos y depurar nuestras instituciones. Que el prometido desarrollo llegue por fin a las regiones. Como solía decir la abuela, que Dios nos oiga, y el diablo se vuelva sordo.