Pido disculpas anticipadas porque me citaré a mí mismo a lo largo de este artículo, pero es que de eso se trata: de retractarme acerca de una afirmación que hice aquí hace unos meses: que "no hubo tal accidente ni tal suicidio, sino que a Luis Andrés Colmenares lo mataron."

Y no contradigo mis propias palabras simplemente basándome en el concepto emitido por Paula Astrid Jiménez, la jueza a quien le correspondió fallar en ese caso tan sonado en la historia reciente de Colombia, sino porque gracias al veredicto que se desprendió de allí -por medio del cual fueron absueltas Laura Moreno y Jessy Quintero-, y a la similar e insistente posición que con respecto a los hechos han sostenido dos de mis compañeros columnistas de El Diablo Viejo (Samuel Whelpley y María Antonia Pardo), tuve las herramientas necesarias para darme cuenta de que a lo mejor el equivocado era yo, y no todos ellos.

Pero es que fueron tantas las idas y venidas que tuvo el caso, las vueltas y revueltas, que incluyeron desde sueños reveladores hasta testigos falsos, que tuve un traspapeleo mental y pasé por alto un detalle importantísimo: que de las dos autopsias que le hicieron al cadáver de Luis Andrés fue la segunda, y no la primera -como yo creía-, la que se llevó a cabo con poco rigor científico. La misma a partir de la cual se deduce que el muchacho fue asesinado, que su muerte no fue producto del accidente que dictaminó la otra, la inicial.

En efecto: según el antropólogo forense español, Miguel Botella López, que lideró la exhumación de los restos de Cristóbal Colón y varios príncipes españoles, y que también ha ayudado en la identificación de restos de la Guerra Civil Española, de la dictadura chilena y de víctimas que ha dejado la guerra de carteles mexicanos de narcotráfico, el segundo procedimiento efectuado al cuerpo del joven Colmenares es "un ejemplo de todo lo que no debe hacerse en una necropsia”. De acuerdo a una entrevista que le concedió al diario El Espectador, "los materiales que se usaron -un cuchillo de cocina, unas tijeras, unas pinzas y un balde plástico con agua-, al igual que el lugar donde se realizó -una caja de cartón sobre un piso de tierra- habría afectado las conclusiones a las que llegaron el exdirector de Medicina Legal y su equipo."

Para quienes, con respecto a lo anterior, argumentan, leguleyos, que Botella no es un médico forense (que es el profesional oficial que firma una necropsia), sino 'apenas' un antropólogo forense, basta recordar que, salvo el juez correspondiente, nadie más está autorizado legalmente para resolver si la muerte de Luis Andrés fue el resultado de un acto criminal o de su caída al fondo del caño, fuese esta última accidental o derivada de un intento de suicidio. Y ya la juez decidió que no hubo homicidio. Tampoco, dicho sea de paso, y pensando en quienes opinen que Botella se vendió, veo a un experto de semejantes abolengos profesionales echando por la borda todo su prestigio en un solo caso.

Entonces aquella afirmación mía según la cual "los golpes y contusiones no corresponden a los que produciría una caída de ese tipo" queda sin piso, puesto que éstos han podido producirse a partir de los burdos procedimientos anotados más arriba, y no necesariamente por el ataque de un tercero. Resulta, pues, más que razonable conceder el beneficio de la duda a Laura y a Jessy. Quizás sea cierto que ellas no están encubriendo a nadie, y que en realidad Luis Andrés sí emprendió, de repente, una carrera loca que terminó con su humanidad estrellada en el canal que atraviesa el Parque El Virrey.

Sé que, de todos modos, quedan sin resolver algunos interrogantes nada menores. ¿Por qué no encontraron el cuerpo, si se supone que lo buscaron desde arriba dos policías valiéndose de la luz de su motocicleta, y desde abajo una cuadrilla de bomberos, además de la misma Laura quien - según su propio testimonio- bajó a buscarlo?

De nuevo el caos de versiones entra a jugar en el asunto: parece que en realidad, según datos oficiales, justo ese día cayó un aguacero descomunal. Hecho que pudo convertir la mansa corriente que por allí discurre en un arroyo capaz de arrastrar a un adulto hasta la mitad de la carrera 15, sitio que además de estar cubierto por la calzada tiene, en efecto, un desnivel que frenaría el avance de una masa de esas dimensiones.

¿Y los bomberos? La misma jueza que absolvió a Laura y a Jessy ordenó investigarlos, por haber realizado una búsqueda "superficial y mediocre".

Es también la misma jueza que aseguró haber tomado las decisiones "fundamentada en derecho", con base en "las pruebas que fueron presentadas en el juicio", porque "una cosa es lo que digan los medios y el ciudadano allá afuera, y otra lo que fundamentó en el juicio la Fiscalía". La misma jueza, incluso, a quien la propaganda negra había presentado, por medio de un video que se viralizó, como a una profesional de prácticas non sanctas.

Y como tampoco parece verosímil un pacto de silencio tan perfecto, que involucre a tantas personas y que se extienda durante tanto tiempo, retiro lo dicho antes y reconozco que la complejidad del caso me impide asegurar si el joven Colmenares fue asesinado o si murió víctima de una sucesión de hechos infortunados.

Tal vez, paradójicamente, en esta oportunidad la justicia colombiana por fin funcionó.