Ahora que hay un elefante en la Casa Blanca, que dice proteger a sus ciudadanos del peligro que entraña China, no dejo de recordar la historia del peligro amarillo, esa visión eurocéntrica que mostraba el temor de Occidente frente a los asiáticos, del cual el Dr. Fu Manchú es el ejemplo más acabado en la literatura y el cine.

El nombre de Arthur Ward no parece propicio para un escritor de novelas, sobre todo cuando el talento es escaso y su obra se limita a los folletines en periódicos y revistas. De ahí que Arthur Ward pasara a ser Sax Rohmer, nombre que según explicó viene del sajón Sax, que quiere decir “Filo o amigo” y de Rohmer “Vagabundo”. Algo así como el amigo vagabundo; vea pues. Sax Rohmer quería lograr el éxito y el reconocimiento literario; consiguió lo primero, mas no lo segundo. Fue autor de un serial de novelas muy vendidas en su época, 17 en total, y un personaje inolvidable: El Dr. Fu Manchú.

El narrador de Rohmer y su héroe -si héroe es la palabra más apropiada para supuestamente describir al hombre más perverso del mundo- son doctores. Quien cuenta la historia es el Dr. Petrie, y el héroe es el Dr. Fu Manchú. El primero es un médico general con práctica muy escasa (quizá porque pasa la mitad de su tiempo persiguiendo al héroe criminal), algo ingenuo, que es ayudado por un inglés de clase alta llamado Nayland Smith, a veces con el apoyo del gobierno británico, a frustrar los planes y proyectos del Dr. Fu Manchú, una figura sombría de gran inteligencia que tiene la intención de dominar el mundo en nombre de China. Petrie toma nota de los eventos, a la manera del Dr. Watson, para su posterior publicación. De hecho son tan evidentes los paralelos entre Petrie y Watson, Smith y Holmes (Nayland es alto, ascético, inteligente y fuma pipa) y Fu Manchú y el Profesor Moriarty, que es difícil no creer que Sax Rohmer copió algunas de las técnicas creadas por Conan Doyle.

No se crea, sin embargo, que Rohmer se limitaba a repetir una fórmula de éxito. Quería ser leído, y durante muchos años lo logró. Sin embargo, el juicio del tiempo ha sido duro con él. Mientras Conan Doyle es un genio, Sax Rohmer es una mediocridad. Sus libros hoy son indigestas caricaturas que han envejecido cruelmente. Para escribir este texto me leí El diabólico doctor, y lo tuve que dejar por la mitad. De todas formas, Rohmer forma parte de un grupo en el destacan nombres como Edgar Rice Burroghs, Conan Doyle y Bram Stoker, que son mucho menos conocidos que los personajes que crearon.

El Dr. Fu Manchú es un genio criminal chino que odia a Occidente y la raza blanca. Las razones de ese odio no son conocidas. Se dice que es miembro de la familia imperial china, viste como mandarín, tiene la cabeza rapada con coleta, ojos felinos y es dueño de una gran inteligencia. Parece estar dotado de medios económicos ilimitados, tiene grupos de guerreros, ninjas, esbirros y sectas orientales a su servicio. Pero su fuerte es la medicina: conoce los secretos de la medicina oriental, y en alguna parte de los relatos se indica que estudió en cuatro universidades de Occidente. Sus logros médicos no son convencionales. Tiene un gran conocimiento acerca de venenos y bien entrenados animales asesinos, algunos genéticamente modificados: escorpiones venenosos, babuinos etíopes, ciempiés de la India, entre mucho otros.

Pero, aunque cuenta con estas armas, una astucia feroz, un gran cerebro y planes grandiosos de dominación (uno de ellos poner a un títere suyo como presidente de los Estados Unidos) parece incapaz de matar al aburrido Dr. Petrie cuando lo tiene enfrente; este siempre escapa 80 o 90 paginas después, ayudado por Nayland Smith. Ed igual manera, el Dr. Petrie es incapaz de asesinar a Fu Manchú, aún si lo tuviera enfrente desarmado y amarrado.

Rohmer probablemente influyó en George Orwell para crear la sala 101 de 1984, donde otro Smith (Winston en este caso) se enfrenta a ratas hambrientas con una jaula atada al rostro; la escena parece tomada de un relato donde el Dr. Petrie debe matar a Nayland Smith para evitar ser comido vivo por un grupo de ratas cantonesas –las más voraces del mundo, según Fu Manchú–. Sobra decir que escapan.

Al final, el Dr. Fu Manchú, aunque hoy se vea como una caricatura, es un reflejo literario del temor de Occidente hacia los pueblos orientales. Los occidentales reclaman para sí la pureza frente a lo viejo, lo decadente e, incluso la enfermedad que representa el amarillo. Los chinos en particular, para los europeos, son demasiados, retorcidos y traicioneros. En el pasado se representaron de manera perversa con personajes como Fu Manchú, y ese imaginario ayudó a dictar leyes que restringían la inmigración oriental por temor a contaminar la sociedad que los recibía. Después de la guerra, esa retiscencia se expandió a los productos japoneses o coreanos, y por último a la China comunista y su economía. Un miedo que el elefante de la Casa Blanca azuza de nuevo, prometiendo defender a su pueblo, como un Nayland Smith barrigón. El peligro amarillo se llama hoy China, no Fu Manchú.