Por Lourdes Vargas*

Conversando con un amigo surgió una pregunta interesante: ¿Para qué se casa uno? Muy curioso porque él lleva tres matrimonios y tres hijos. Ha sido un padre responsable, dice él; a cada hijo le proporciona una madre exclusiva. Llegamos a la conclusión que la única razón que justifica el casarse parece ser: “para extrañar la soltería”. Resulta difícil creerlo si analizamos el matrimonio desde distintos puntos de vista: el amor, la construcción de una familia, la realización personal y social. Podemos encontrar miles de argumentos, pero ¿realmente estas justificaciones son válidas para sentirse un ser completo? No puedes dejar de cuestionarte cuando te levantas y te acuestas cada día al lado de la misma persona, unos días amándola como si fuera lo mejor de la vida, y otros días culpándola por todas las miserias que pasan a tu alrededor, en una especie de relación de odio y amor entre hermanos.

Yo fui una soltera empedernida que amaba la vida social, la rumba, la moda, los restaurantes y sobre todo dormir (nadie podía ganarme en ese arte); amaba vivir nuevas experiencias, amaba la vida de prisa pero con calma, las tardes enteras de domingo viendo Sex and the City. Muchas veces consideré una vida sin matrimonio y sin hijos, y me sentía como pez en el agua en España donde ser soltera después de los 30 o de los 60 no era digno de lástima sino una elección más, tan válida como elegir cualquier marca de carro.

Pero la vida te da sorpresas. Hoy me encuentro tratando de ser la esposa 10, la mamá 100 y la nuera 1000, y a la vez en una lucha diaria e incansable por no perder mi esencia, por no dejar de ser yo, ese ser humano único e individual, dueña de mi vida. Sin embargo, creo que esa lucha es más bien estéril, la veo más perdida que el hijo de Lindberg. Cada día soy más presa del bienestar familiar (sacrificando el individual), donde el simple plan de ir a cine implica un cargo de conciencia gigantesco por dejar a mis bebes de 2 y 4 años sin la presencia de su abnegada madre, donde si por fin logro desprenderme de ese sentimiento de culpa, tengo que complacer a mi esposo con ver la película de acción de moda porque si vemos la que me gusta a mí, que obviamente es de romance, termino sintiéndome mal por el sueño que este individuo desperdicia en esas 2 horas de su vida fuera del confort de su cama y su control remoto. Y eso sin contar la total imposibilidad de que yo gaste las mismas dos horas hablando por teléfono, Skype o similares con alguna amiga o tía desocupadas, o, ¿por qué no?, en el baño dándome una ducha relajante con mi música, tratamiento para la piel casero, masaje capilar, etc., porque ahora solo puedo durar máximo 10 minutos antes que alguno de los angelitos se aparezca en la puerta del baño o en su defecto mi amado esposo preguntando si me demoro.

Y ahondando un poco más en mi intimidad, el simple hecho de hacer el amor sin ganas, recurriendo al tradicional misionero para cumplir con mi deber conyugal y poder dormir a la hora establecida, pues de lo contrario el otro día será un completo caos por despertarme tarde.

Extraño tanto esos días de conquista y seducción el los que sentirme sexy o sensual para mi pareja - permanente o de paso- era lo máximo; cuando hacía el amor en un sinnúmero de posiciones hasta llegar al clímax, olvidándome de quien era; cuando el sexting o el cyber sex resultaba algo muy excitante y hasta adictivo, hasta el punto en que hacía llegar a mi amado a mi apartamento en menos de 10 minutos un miércoles a las 11:30 pm con el corazón a punto de salirse, y alguna otra cosa más.

Hoy, después de 5 años de casada con un hombre maravilloso a quien amo con todo mi corazón, con una vida cómoda, unos hijos inteligentes y amorosos, no me arrepiento ni un minuto de mi decisión, aunque tengo que decirlo: ¡Cómo extraño mi soltería! Cómo quisiera poder tener la posibilidad de escaparme una vez al mes a esa vida que solía tener y volver al día siguiente a esta que elegí y que amo, por más complicada que sea la mayoría de las veces. Porque, a pesar de mis nostalgias de juventud, tengo la absoluta certeza de que soy mucho más feliz al rodearme del apoyo y el amor de mi familia. Tal vez estos días de sinsabor que caen de cuando en vez sean el precio que hay que pagar por semejante felicidad, ¡Qué ironía!

*Nombre cambiado por petición del autor.