Hace poco, en medio del fragor de la Batalla de Flores del Carnaval de Barranquilla, el alcalde de esa ciudad, Alejandro Char, concedió una entrevista ante las cámaras. Lo inusual de ese hecho tan cotidiano consistió en que, según sugiere el registro audiovisual que no tardó en viralizarse en las redes sociales, no lo hizo en su sano juicio, sino en aparente estado de embriaguez.

En efecto: si uno observa con atención los 40 segundos que dura la respuesta de Char ante una pregunta que nunca conocimos, no mentiría quien dijera que el alcalde habló con dicción un tanto arrastrada, y que en su discurso se vio esa cierta tendencia a la grandilocuencia tan propia de la ebriedad. Eso para no hablar de la exacerbación de los afectos -fenómeno que se ajusta a todo estado de borrachera que se respete-, que también se notó en el fragmento de entrevista (o de, incluso, un momento en el que repentina y sospechosamente su tórax se eleva de forma espasmódica, lo cual podría corresponder a lo que llaman 'hipo de borracho').

Parece que Char estaba, pues, con más de dos tragos encima. Pero, ¿y? Pregunto esto porque más de uno puso el grito en el cielo con lo sucedido, argumentando que al ostentar el cargo más importante de la ciudad no debió haber actuado de esa manera. Pero a mí no me queda claro en qué, según esas personas, estuvo lo malo: si en el simple consumo de alcohol o si en el hecho de que lo hiciese en público.

El alcohol, para empezar, no es un recién llegado a la vida del hombre y la proclividad a su consumo parece estar grabada en nuestros genes: las levaduras producen etanol a manera de arma química para acabar con otros microorganismos que compiten con ellas por el azúcar de las frutas, y al ser eliminados esos microorganismos -muchos de ellos potencialmente peligrosos para el humano- los primates que preferían esas frutas alcoholizadas sobrevivieron y pasaron a las sucesivas proles venideras sus genes, incluida esa preferencia etílica. En cambio, los que se inclinaron por las aburridas frutas alcohol-free sucumbieron a las enfermedades antes de procrear.

Más aún: actualmente, y desde hace medio siglo, científicos como Jens Notroff, investigador del Instituto Arqueológico Alemán, están considerando el hecho de que, más que el pan, fue la cerveza el factor que motivó la transición que hizo el hombre primitivo de su condición de cazador-recolector a la de agricultor. El paso del nomadismo al sedentarismo, nada menos. Así las cosas, todas nuestras ciudades, nuestros carros, nuestros dispositivos electrónicos, nuestras edificaciones, nuestra ciencia, nuestro arte y hasta -o sobre todo- nuestra religión se la deberíamos a las ganas irrefrenables de experimentar una buena borrachera.

Habrá quien diga que su simple carácter ancestral no exime a una costumbre de cuestionamientos mayores. Y es cierto: el machismo es el mejor ejemplo de ello. La diferencia estriba en que mientras el machismo victimiza a un tercero, el alcohol no necesariamente lo hace. Fue el caso de Char: el alcalde en ese momento no estaba conduciendo un vehículo, ni operando maquinaria, ni armando una riña callejera. No: él estaba haciendo lo mismo que a esa hora hacían sus dos millones de gobernados: disfrutando en su tiempo libre de unas festividades que por poco no definen a la ciudad.

Además, ni consumir ni comercializar bebidas alcohólicas es ilegal. Enfurecerse porque alguien, por muy alcalde que sea, se mueva dentro de una legalidad que para muchos raya en la inmoralidad es estar a un paso de uno de los peores despropósitos cometidos por sociedad alguna. Hablo, por supuesto, de los delirios anacoretas que llevaron a que, contra la voluntad del presidente Woodrow Wilson, se aprobara la ley Volstead que dio origen, no sólo a la inútil Prohibición, sino también a uno de los episodios más sangrientos que recuerde la historia de Estados Unidos. (Despropósito que, dicho sea de paso, se repite ahora con creces cada día que pasa sin que las otras drogas sean descriminalizadas).

Ni siquiera podríamos señalar a Char de actuar con base en un comportamiento antiético, porque él mismo firmó una semana antes de los acontecimientos un decreto que permitía, sólo durante el Carnaval, el consumo de alcohol en la vía pública, práctica que prohíbe el Código de Policía que entró en vigencia el 30 de enero de este año.

Entonces, en este caso, no se trató de que el alcalde predicara una cosa e hiciera otra, manía que constituye el común denominador de la clase política colombiana. Tampoco -repito- infringió ninguna ley, ni perjudicó a nadie con su comportamiento. Y mucho menos se escondió en su casa para que nadie lo viera alegrarse con unos tragos, lo que sería hacerle el juego a la ya exasperante corrección política que ha invadido al planeta. La misma que provoca que ahora algunos no llamen ciegos a los ciegos ni viejos a los viejos, sino 'personas en condición de invidencia', o 'adultos mayores', aunque les siga importando un reverendo pepino si los viejos tienen o no qué comer o dónde dormir.

Me parece que todo ese alboroto representa una indignación digna de mejor causa. Bastantes problemas tenemos ya para ahora tener que inmiscuirnos en el fuero personal de Char, que tiene el derecho de hacer con su organismo lo que le venga en gana. Si quiere beber, que beba, siempre y cuando ese hecho no perjudique sus labores como alcalde. Y eso no sólo lo digo yo: lo acaba de decidir la Corte Constitucional. Es cuestión de libre desarrollo de la personalidad. Seamos consecuentes con la idea de democracia que tanto pregonamos defender.

Vivamos y dejemos beber.⁠⁠⁠⁠