Cada quien se protege a su manera en este mundo hiperconectado, en este mundo que no duerme, que no para, que se encogió gracias a la era digital. Las máscaras elegidas son de todo tipo. Duras, tiernas, dulces, grotescas, chistosas, superfluas, profundas. No es fácil desnudarse, mostrarse en pelota en esta galería en la que se nos convirtió la vida de la noche a la mañana. Ante la imposibilidad de escondernos, nos mimetizamos. Nos sabemos expuestos, vulnerables, y por eso es más lo que tapamos que lo que descubrimos. Detrás del insensible suele refugiarse un terrón de azúcar con miedo a derretirse. ¿Vemos lo que vemos, vemos a quien creemos estar viendo cuando chapoteamos en aguas ajenas? Las poses, las armas, las caretas, sirven para estar sin estar, para meter las narices y oler las porquerías sin ser manoseados de vuelta. Y en esta realidad ampliada algunos escudos son más efectivos que otros, ¿pero alguno más eficaz que la burla, que el sarcasmo?

El fenómeno no es nuevo. Bien dicen que es propio de gente inteligente esa extraña capacidad de burlarse hasta de sí mismo, de sacarle punta a todo, de ofender al otro sin que el otro se dé cuenta, de decir con gracia, a manera de chiste, todo lo políticamente incorrecto que se nos venga a la cabeza. Los burlones salen limpios, impunes la mayoría de las veces, luego de cada pilatuna. Lanzan golpes, con frecuencia bajos, y reciben de vuelta carcajadas. No hay mejor teflón. No hay mejor coraza porque en últimas la mayoría no entiende el sarcasmo o no sabe a ciencia cierta cuándo lo está utilizando el sarcástico. Es todo un misterio, un arte exclusivo de una minoría. Y por lo mismo es un arma. Y el burlón lo sabe. Y la usa.

En Colombia, el columnista más leído y últimamente más premiado es un gran ejemplo de burlón. Hijo de burlón. Pariente de burlones. Él mismo parece un chiste. Lo leen miles de personas a la semana, cien mil tal vez. Y lo ven miles más, gracias a que ahora también es youtuber. Y lo hace bien. Ahonda en temas pelicrespudos a punta de humor, de sorna. Toca callos mamando gallo. Él cree, como la mayoría de escritores que tienen ese estilo peculiar, que los temas serios se entienden mejor, se explican mejor, al son de la risa. Que el chiste, la broma, la burla, es la mejor herramienta para que el ciudadano del común, ese que no lee mucho, que no se informa más allá de las cadenas que le llegan por whatsapp interiorice un análisis divertido, lo haga propio, lo capte como si fuera un juego, y de paso se burle. Y entre los pocos que leen parece funcionar porque con humor todo entra mejor, ¿no? Las cifras no mienten.

La primera tonta que se creyó eso fui yo, la primera ingenua. “Si lo dices con humor, el mensaje llegará más lejos y calará más hondo”. Me tragué ese cuento íntegro hace un montón de años, los mismos que llevo siendo una sarcástica de medio pelo. Para no ir muy lejos, durante todos y cada uno de los doce meses del año 2016 participé activamente en Facebook y en muchas columnas de opinión expresando mi punto de vista sobre los acontecimientos decisivos de esos 365 días en un esfuerzo que consideré pedagógico y necesario. Lo hice con mi voz irónica -como lo hago en casi todo- y me ilusioné porque creí que como estaba en tertulias interesantes, divertidas, llenas de gente con ideas brillantes, personas sensatas y preparadas, íbamos bien. Mientras yo me burlaba, muchos se burlaban conmigo. No hicimos más que burlarnos, convencidos de que la burla les haría ver a los burlados su error, su miseria, su egoísmo, su ceguera. Nos atacaron con memes ridículos y respondimos con sarcasmo. Sí, ese que pocos entienden. ¡Guau, qué brillantes somos! Y caímos como pelotas en la red nefasta de la polarización sin saber que éramos una minoría ridícula, imperceptible, y que contribuimos con todo ello a viralizar, de manera gratuita, el mensaje de la otra orilla. A los inteligentes nos cogieron de pendejos. Y nos dejamos coger de pendejos. ¿Y todo por qué?, ¡por burlarnos!

Los burlones de redes sociales, ese montón de pseudointelectuales que nos damos palmaditas de tanto en tanto, creímos que lo absurdo, todo eso que da risa y hasta lástima, no ganaría terreno por mezquino, por tonto, por inútil, por perverso. ¿Brexit? Nombe, esos ingleses son odiosos, pero no son tan brutos como para salirse de La Unión Europea. Y sí, se salieron. ¿Perder el Plebiscito? Nombe, nosotros somos violentos por naturaleza pero de ahí a que torpedeemos el desarme de miles de guerrilleros con los que nos hemos estado matando durante más de medio siglo hay un abismo. Y sí, Colombia votó a favor de la guerra (aunque los del NO se empeñen en decir lo contrario). ¿Creer en patrañas que a todas luces lo son? Nombe, qué va, aquí no tragamos entero, no nos dejaremos meter los dedos en la boca por la Cabal o la Paloma o el furibundo de Uribe, sujetos que solo dan para caricaturas de Matador y para alimentar nuestras burlas, para nada más. Y sí, la gente creyó en esos payasos de igual manera que ahora cree que el genio detrás de esa campaña mentirosa dijo lo que dijo porque se pasó de copas. ¿Trump? Nombe, ¿quién en su sano juicio va a votar por semejante figurín con peluquín, semejante bodrio impresentable? Ninguna mujer votará por él, misógino declarado, machista confeso. Y sí, ganó el señor de los realities. Y sí, millones de mujeres votaron por él. Y en todas esas, al perder miserablemente, me sentí desorientada, confundida, extrañada, fuera de lugar. ¿Qué pasó si íbamos tan bien, si todo mi Facebook la tenía tan clara como yo, si eran solo unos cuantos los loquitos amargados sin sentido del humor que estaban de acuerdo con el Brexit y con votar NO al plebiscito y con Trump? ¿Acaso nadie entendió mis burlas?

La burla de los inteligentísimos, de los analistas más preparados, de los más estudiados, de los más sensatos, de esos que tienen un comité de aplausos conformado por miles de seguidores virtuales en redes sociales, sumó miles de puntos en contra, muy pocos a favor. ¿Cuál inteligencia, cuál preparación, de qué valieron los estudios, para qué sirvió el genial uso del sarcasmo? Para un carajo. El resultado nos dio en la jeta a todos los sarcásticos que nos creemos lumbreras al mejor estilo uribista. Y si no terminamos de entender que por ahí no es, nos volverá a pasar. Por ahí no se guía a un pueblo que necesita guía. La burla ofende, no enseña, y a un pueblo inculto que no sabe ni quiere saber nada de política se le debe educar, no señalar a punta de bullying porque reaccionará en contra.

Ahora el señor Ordoñez, que salió por corrupción, organiza una marcha en contra de la corrupción en compañía del señor Uribe Vélez, el líder de un partido político lleno de condenados y de prófugos de la justicia, toda una incoherencia como su mismo nombre (no tiene nada de centro y mucho menos de democrático). ¿Qué haremos, nos burlaremos otra vez? ¿Le volveremos a sacar chiste a las tiranías del uno y a las crocs del otro mientras nos hacen conejo?

¿Y qué haremos con el pastor del NO, el de las marchas, el de las fotos al lado de Uribe y de Ordoñez? ¿Le dibujamos caricaturas porque ahora convirtió su púlpito en un lugar desde el cual le lanza amenzas de muerte a periodistas que osan meterse con la más sagrado que tiene, el diezmo que lo ha hecho millonario? ¿Nos quedaremos en el chiste fácil y en señalar con el índice a sus miles de seguidores que consideramos ciegos, sordos y mensos? ¿La burla y ya?

¿Qué hacemos con Odebrecht, cogemos el temita de material de divertidísimas columnas sarcásticas? ¿Nos seguiremos burlando de los cocotazos del señor Vargas, de la declaración de renta de los niños Jerónimo y Tomás que nada que aparece, de la justicia que no llega, de Arias y su pisa y corre, de la Cabal sin cabales, del sagrado corazón de la Paloma, del elefante que no vio Zuluaga?

Si es así, la volveremos a embarrar. Y no estamos para embarrarla más.

(Imagen tomada de https://alaskabibleteacher.files.wordpress.com/)